LOS MEJORES SE VAN PRIMERO


Está demás decirlo: Constantino Carvallo ha muerto hoy.

Con él se han ido una lucidez, una pasión y un modo de hacer las cosas que son inusuales en nuestro Perú. No lo conocí personalmente, pero me fue entusiasmando saber sobre él; ése lado público que resultaba contestatario y evidentemente apasionado por lo que hacía. Allí están Los Reyes Rojos y Alianza Lima. La poesía de Eguren y la poesía de los victorianos en la cancha.

Se escribirá mucho sobre Constantino Carvallo, porque es un referente. Estas líneas sólo quieren rendir un pequeño homenaje al hombre que hizo lo que creía que debía hacer: “Viene la noche y firmes combaten foscos los reyes rojos”.

Desde la aurora

combaten dos reyes rojos,

con lanza de oro.

Por verde bosque

y en los purpurinos cerros

vibra su ceño.

Falcones reyes

batallan en lejanías

de oro azulinas.

Por la luz cadmio

airadas se ven pequeñas

sus formas negras.

Viene la noche

y firmes combaten foscos

los reyes rojos.

José María Eguren

EL ALABASTRO VIENE DEL SUR


Natalia y Sebastián son argentinos.

Trabajan el alabastro sacándole formas que están ocultas en él. Hacen figuras, adornos, piezas utilitarias.

Alabastro del Sur se llama su empresa y están en plena tarea de darle identidad, crear catálogo y acumular realizaciones. Supe de Natalia y Sebastián por unas fotos de lo que hacen, que mi hija Paloma envió por Internet. Y luego ellos me escribieron para contarme.

En un chat reciente con Natalia, conversando sobre la marca que desarrollan le dije que Alabastro del Sur evocaba para mi toda una fantasía literaria. Y es cierto, porque cuando vi el nombre, acudió a mi memoria Hugo Pratt y su libro “Viento de tierras lejanas”; ése viento que traía el recuerdo austral de una Argentina patagónica. Y el alabastro me retrotajo a Salgari y sus historias para el niño que fui.

Es cierto que el diccionario te hace aterrizar rápidamente al decirte que el alabastro no es sino

Alabastro

  1. m. Variedad de caliza, translúcida, generalmente con visos de colores, que se emplea como piedra de ornamentación:
    estatua de alabastro.
  2. Variedad translúcida y compacta del yeso, también conocida como alabastrita: el alabastro se emplea para hacer baldosas y objetos de adorno.

Pero cuando las palabras dan paso a la imagen (que pongo aquí sin permiso de Natalia & Sebastián, abusando de su confianza)

se convierten en algo tan delicado como el nombre: Alabastro del Sur.

Translúcido, con una cualidad casi lechosa, casi de neblina o calima que nos hace pensar en marismas, en acantilados blanquecinos y porqué no, en ésos mares ignorados que se forman con las letras de las novelas de aventura.

Es curioso, pero las palabras gatillan imágenes y estas afloran desde el fondo de nuestra edad, de nuestra conciencia, para tomar cuerpo y convertirse en objetos que puedes tocar, que a su vez evocan sueños que creiste olvidados.

Natalia y Sebastián, con nombres también de novela, crean mundos imaginarios allí en Argentina, el país de la pampa, de los grandes silencios, de las tolderías y el malón.

El país que no conozco pero por el que he viajado tantas veces cada vez que abro un libro de Borges o de Sábato o al leer a Bruce Chatwin en su maravilloso “En la Patagonia”; o por qué no, cuando releo los cuentos del “Negro” Fontanarrosa y recorro con fruición sus historietas.

Mundos imaginarios que se convierten en piezas de alabastro, ése yeso translúcido que por cierto no es patrimonio argentino ni del sur, pero que a mí me sirve para dar cuerpo aunque sea fotográfico a mis viajes imaginarios y como diría Fernando Savater, a “La infancia recuperada”.

OTRA VEZ ZORPIA


ES LA SEGUNDA VEZ QUE “ZORPIA” SE APODERA DE MIS CORREOS Y HACE UN ENVÍO MASIVO INVITANDO A SUSCRIBIRSE, EN MI NOMBRE.

ESTE ES UN VIRUS QUE SE VOLVIÓ A COLAR EN LA COMPUTADORA. PIDO DISCULPAS A QUIENES LEAN ESTO Y LES LLEGARA ÉSE CORREO. YA LIMPIÉ LA COMPUTADORA, PERO NADIE SABE.

MIL GRACIAS!

MANOLO

EL MAR.


Un amigo me escribe porque vio mi blog. Comenta que la fotografía que puse en la cabecera bien podría ser del lago Titicaca en la parte boliviana. Podría ser. Es tan grande el lago y no conozco precisamente ésa zona pero me cuenta él que habiendo vivido en Bolivia por varios años, le parece.

Bueno, yo mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario, seguiré pensando que es el mar lo que en la fotografía se ve. Porque a mi el mar, como creo que a todos, me produce una sensación extraña y especial.

Estoy acostumbrado a él porque vivo en Lima, cuya costa está bañada por ése océano equivocadamente llamado Pacífico por los españoles. El mar, la mar. La mar océana. El océano Pacífico.

La palabra mar es mucho más doméstica. Mar era el Egeo griego, es el Mar de las Antillas de nuestras historias de piratas y el mar de los sargazos, donde los barcos de vela quedaban atrapados en las algas. El mare nostrum de los romanos y el Mar de las Sirtes de la novela que en 1951 ganó el premio Goncourt y que su autor, el francés Julien Gracq (seudónimo de Luis Poirier) rechazó creando un escándalo.

El Pacífico, el Atlántico, el Índico, el Ártico y el Antártico son nombres que usamos para llamar a ése río gigantesco que griegos y romanos pensaban que circundaba la tierra. Río que era un dios llamado Océano.

En el océano navegan barcos y esperanzas. El mar llega hasta nuestras playas a mojarnos los pies y destruye castillos de arena que construimos soñando.

playa-con-club-regatas.jpgÉse mar doméstico que viene de ser océano impetuoso a pesar de su nombre, para convertirse en olas que sobrevuelan las gaviotas al atardecer. Mar del que no puedo prescindir. Por hermosas que sean las ciudades mediterráneas, finalmente terminan ahogándome con su falta de horizonte y su carencia de aguas inabarcables. Porque aunque sea casero, nuestro mar se proyecta más allá de donde el sol se pone.

Recuerdo el mar de Pacasmayo que corría entre las rocas sembradas de lapas persiguiendo a ése chico feliz que era yo en alguna vacación norteña donde conocí la refrigeradora a kerosene y el negro aparato de radio Zenith Transoceánico.

El mar amigo de Agua Dulce, donde las carpas a rayas se levantaban para que los bañistas se cambiaran y proteger del sol a los mayores. O el de los Baños de Barranco, que iba y venía manso debajo de la estructura de madera por donde paseaban las parejas y los muchachos exhibicionistas se tiraban desde barandas pintadas de verde. Ése mar al que entrabas caminando sobre piedras y agarrado a una soga para no resbalar.

O después el mar de La Herradura, testigo de amoríos adolescentes y veraniegos y espectador de

playa-de-la-herradura.jpg

borracheras inocentes en el malecón, sin plata suficiente para quedarnos en “El Suizo”.

El mar de mi ciudad es muchos mares. Desde los populares de Conchán y Pucusana, hasta los que ahora mueren en las playas exclusivas que genéricamente tienen nombre de continente. Sin embargo esos están lejos y precisan de casa en el lugar o excursión.

El mar que respiramos cuando nos damos cuenta en ésta Lima es otra cosa. Es ése mar que tiene sus leyendas como el Salto del Fraile o moja a los socios del club Regatas Lima. Porque La Punta tiene también su mar y su Regatas. Pero distintos, con apellidos de sonido italiano y pulperías de similar origen.

Está el mar del Callao, metido ahí en el puerto, donde la dársena acuna aguas cubiertas de una película de aceite que se mecen tranquilas con el soplo del viento. Mar para no bañarse sino para ir en lancha y pasear la bahía en un domingo ocioso y casi provinciano.

Muchos mares el mar éste de Lima. Mar que se extraña si falta por un tiempo. Mar donde de modo insólito arroja desperdicios una ciudad que parece darle esquiva la espalda, convirtiéndolo en una letrina gigantesca de la que nadie se hace cargo.

El mar llega a la playa para mojar mis pies y recordarme que a pesar de los años sigue haciéndome falta y que en las noches silenciosas sigue “roncando”como lo hacía allá, pasando la quebrada, en mi casa barranquina de la calle Ayacucho, número 263.