LA HAYA


 

 

 

Mapa RPP

Ayer no publiqué en el blog nada porque la atención, por lo menos en el Perú, debe estar centrada en el caso jurídico que el país presentó frente a la Corte de La Haya.

Todos los medios se han explayado contando al detalle los sucesos y lo único que queda es esperar el fallo que deberá darse en base a la justicia. Como decían en Chile: “Nada nuevo”, eso significa que el pensamiento es el mismo y que no habrá ninguna sorpresa. No puede haberla cuando las argumentaciones son transparentes y citan hechos. Las sorpresas son propias del azar y en este asunto, el azar está absolutamente descartado.

Los hechos hablan por sí solos y no vale la pena comentar más sobre ellos. Por lo menos aquí.

LA FUERZA DE LA RAZÓN


No mencionar el inminente fallo del tribunal de La Haya sobre el diferendo Perú-Chile, sería estar fuera de la realidad. Creo que los argumentos de ambos se sopesarán de acuerdo a Ley y las conclusiones serán las que deban ser. Ambos países deben acatar la sentencia y la razón prevalecerá. Esto es muy importante porque demostrará la madurez de las dos naciones que transitan por el siglo XXI en un camino de colaboración.

Estoy seguro que en Santiago y en Lima los temores existen, pero también soy un convencido de que ellos, siendo naturales, son infundados.

En todas partes hay “halcones” pero las palomas de ambos lados cubren el cielo y harán imposible que aves extrañas vuelen.

La Haya tiene la decisión. A Chile y al Perú toca seguir construyendo para levantar  juntos  el edificio del futuro: ése que anhelamos dos pueblos que queremos vivir unidos.

 

LA ATLÁNTIDA EN BERMUDAS


“Los científicos canadienses Paul Weinzweig y Pauline Zalitzki afirman haber confirmado la existencia de la Atlántida, dentro de los límites del legendario Triángulo de las Bermudas. 

El mítico continente que, según la leyenda, desapareció hace unos 10.000 años bajo las aguas del Océano Atlántico.

Mediante el uso de un robot sumergible, confirmaron su existencia en el fondo del océano, a la profundidad de unos 700 metros cerca de las costas de Cuba, señala el medio español RT.

La ciudad, que incluye al menos cuatro pirámides gigantes, una de ellas de cristal, además de otras estructuras, se encuentra sorprendentemente dentro de los límites del legendario Triángulo de las Bermudas.

Según se apunta, el complejo cuenta también con magníficas esfinges y un idioma escrito grabado en las piedras, que tienen varios cientos de toneladas.

Zalitzki afirma que el complejo pertenece a un periodo preclásico de la historia de América Central, poblado por “una civilización avanzada, similar a la cultura Teotihuacán”.

“No sabemos con certeza lo que es, pero no creemos que la naturaleza sea capaz de producir arquitecturas simétricamente planeadas, a no ser que sea un milagro”, señaló.

Se cree que la Atlántida, mencionada y descrita por primera vez por el filósofo griego Platón, desapareció por una inundación, un gran terremoto o una erupción volcánica.” (Fuente: RPP).

 

La Atlántida es una obsesión de los descubridores.

Sus diferentes “hallazgos” por diversas personas y expediciones la ubican en sitios disímiles. Cuando bajo el mar se encuentran rocas inexplicables, se la alude y también para referirse a civilizaciones pretéritas. La Atlántida parece ser historia convertida en mito. Ahora, dos científicos del Canadá afirman haberla descubierto, lo cual hace que las expectativas por identificar un  hecho histórico y convertir el mito en realidad total, crezcan.

Si lo encontrado en el Triángulo de Las Bermudas, que tanta fama tiene en materia de sucesos extraños, son los restos de una ciudad que formaría parte del continente sumergido, el misterio se dilucidaría y la historia, abriéndose paso, daría bases sólidas al mito y pondría un escenario real a los miles de relatos que sobre él se han escrito.

Mientras se espera la confirmación, se puede seguir soñando. Nos despertaremos con lo que puede haber sido la erupción de un volcán y la irrupción de las aguas del mar que hasta ahora guardaron silencio.

 

El Timeo y el Critias

Las primeras referencias a la Atlántida aparecen en el Timeo y el Critias, textos en diálogos del filósofo griego Platón. En ellos, Critias, discípulo de Sócrates, cuenta una historia que de niño escuchó de su abuelo y que este, a su vez, supo de Solón, el venerado legislador ateniense, a quien se la habían contado sacerdotes egipcios en Sais, ciudad del delta del Nilo. La historia, que Critias afirma verdadera,1 se remonta en el tiempo a nueve mil años antes de la época de Solón,2 para narrar cómo los atenienses detuvieron el avance del imperio de los atlantes, belicosos habitantes de una gran isla llamada Atlántida, situada más allá de las Columnas de Hércules y que, al poco tiempo de la victoria ateniense, desapareció en el mar a causa de un terremoto y de una gran inundación.

En el Timeo, Critias habla de la Atlántida en el contexto de un debate acerca de la sociedad ideal; cuenta cómo llegó a enterarse de la historia y cómo fue que Solón la escuchó de los sacerdotes egipcios; refiere la ubicación de la isla y la extensión de sus dominios en el mar Mediterráneo; la heroica victoria de los atenienses y, finalmente, cómo fue que el país de los atlantes se perdió en el mar. En el Critias, el relato se centra en la historia, geografía, organización y gobierno de la Atlántida, para luego comenzar a narrar cómo fue que los dioses decidieron castigar a los atlantes por su soberbia, momento en que el relato se interrumpe abruptamente, quedando la historia inconclusa.

[editar]Descripción de la isla

Los textos de Platón sitúan la Atlántida frente a las Columnas de Hércules y la describen como una isla más grande que Libia y Asia juntas.3 Se señala su geografía como escarpada, a excepción de una gran llanura de forma oblonga de 3000 por 2000 estadios, rodeada de montañas hasta el mar.4 A mitad de la longitud de la llanura, el relato ubica una montaña baja de todas partes, distante 50 estadios del mar, destacando que fue el hogar de uno de los primeros habitantes de la isla, Evenor, nacido del suelo.5

Según el Critias, Evenor tuvo una hija llamada Clito. Cuenta este escrito que Poseidón era el amo y señor de las tierras atlantes, puesto que, cuando los dioses se habían repartido el mundo, la suerte había querido que a Poseidón le correspondiera, entre otros lugares, la Atlántida. He aquí la razón de su gran influencia en esta isla. Este dios se enamoró de Clito y para protegerla, o mantenerla cautiva, creó tres anillos de agua en torno de la montaña que habitaba su amada.6 La pareja tuvo diez hijos, para los cuales el dios dividió la isla en respectivos diez reinos. Al hijo mayor, Atlas o Atlante, le entregó el reino que comprendía la montaña rodeada de círculos de agua, dándole, además, autoridad sobre sus hermanos. En honor a Atlas, la isla entera fue llamada Atlántida y el mar que la circundaba, Atlántico.7 Su hermano gemelo se llamaba Gadiro(Eumelo en griego) y gobernaba el extremo de la isla que se extendía desde las Columnas de Hércules hasta la región que por derivación de su nombre se denominaba Gadírica.8

Favorecida por Poseidón, la isla de Atlántida era abundante en recursos. Había toda clase de minerales, destacando el oricalco (cobre de montaña) más valioso que el oro para los atlantes y con usos religiosos (se especula que el relato hace referencia a una aleación natural del cobre); grandes bosques que proporcionaban ilimitada madera; numerosos animales, domésticos y salvajes, especialmente elefantes; copiosos y variados alimentos provenientes de la tierra.9

Tal prosperidad dio a los atlantes el impulso para construir grandes obras. Edificaron sobre la montaña rodeada de círculos de agua una espléndida acrópolis10 plena de notables edificios, entre los que destacaban el Palacio Real y el templo de Poseidón.11 Construyeron un gran canal, de 50 estadios de longitud, para comunicar la costa con el anillo de agua exterior que rodeaba la metrópolis; y otro menor y cubierto, para conectar el anillo exterior con la ciudadela.12 Cada viaje hacia la ciudad era vigilado desde puertas y torres, y cada anillo estaba rodeado por un muro. Los muros estaban hechos de roca roja, blanca y negra sacada de los fosos, y recubiertos de latón, estaño y oricalco. Finalmente, cavaron, alrededor de la llanura oblonga, una gigantesca fosa a partir de la cual crearon una red de canales rectos, que irrigaron todo el territorio de la planicie.13

 

Fuente: WIKIPEDIA.

 

MALVINAS


Cuánta cosa buena nos ha llegado de la Isla… empezando por la música de los Beatles.

Sin embargo ahora los ingleses reclaman nuevamente como suyas las islas Malvinas. Las reclaman porque dicen que son suyas seguramente por “hermandad de territorio”,  es decir Albión y las mal llamadas Falkland son trozos de tierra en el mar.

Inglaterra se ganó a pulso su fama poco agradable gracias a piratas como Francis Drake, que expoliaba en nombre de la corona inglesa, aterrorizando mares y territorios que en realidad nada tenían que ver con los británicos. Inglaterra compitió con España por tener el imperio más grande y rico y ambas naciones hicieron turumba y mil por donde pasaron y estuvieron. Los tiempos pueden variar pero ahí están la India y Las Indias como ejemplo. Cuando se cree que el tema está formando parte de los libros de historia, resulta que los muchachos de las islas neblinosas reclaman las islas de las ovejas. Luego de una guerra desastrosa en la que se mataron hombres por la posesión de unas rocas y el derecho a llamarlas a su manera, en idiomas distintos, donde está visto que nadie aprendió nada, Inglaterra vuelve a la carga y está batiendo tambores que no son precisamente de alegría y Argentina ve de nuevo un horizonte donde, Dios no lo quiera, se asoman barcos y aviones de combate.

La insensatez es tremenda. Tanto que los muertos no parecen importar. Allá quienes buscan explicaciones geopolíticas, de propiedad ancestral o de “yo las vi primero”. Allá quienes en otra isla lejana y en el Continente quieren un territorio golpeado por el viento y las olas. En medio están los hombres que murieron insensatamente ahora poco, en un increíble enfrentamiento entre dos naciones, se supone que civilizadas. No ha ganado nadie, por supuesto. Hemos perdido todos porque creímos que estos eran casos que la historia no repetiría. Hemos perdido porque la fe en el ser humano demuestra que hay excepciones a la regla. Hemos perdido porque la ambición humana ha mostrado una vez más su rostro miserable.

  • El conflicto no tiene visos de llegar a una solución por el acuerdo: Los tirones de lado y lado resucitan y viejas rencillas ennegrecen el sol. Mientras tanto, en unas islas donde pastan las ovejas, la oscuridad ha caído para decirnos que nuestra raza a pesar de sus adelantos, sus barcos movidos por energía nuclear y sus aviones más rápidos que el sonido, sigue sumergida en la noche de una historia que creímos pasada, sin llegar a ver más allá de sus narices.

EL NAUFRAGIO DE LA RESPONSABILIDAD



 

 

Por las conversaciones del capitán del crucero que naufragó hace unos días, que circulan en Internet, se puede colegir que el señor subió a uno de los botes salvavidas de la nave, antes que muchos de sus propios pasajeros. Esto destroza el dicho “Mujeres y niños primero”, para convertirse en un “ampay me salvo” fraseado en italiano.

El hecho es que este marino no observó para nada la tradición de “hundirse con su nave” y prefirió ponerse a buen recaudo, aduciendo después extrañas razones y fortuitas circunstancias.

Hay muertos, heridos y desaparecidos: el capitán Schettino tuvo la suerte o la previsión de salvarse. No se le hubiera reprochado que lo hubiera hecho, después de asegurarse que todos los pasajeros y tripulantes a su cuidado estaban seguros, fuera del crucero. Sin embargo no sucedió así y a las imputaciones de falla humana y los rumores sobre su ingesta de bebidas alcohólicas se suma un abandono culposo de sus obligaciones  y  las conversaciones escuchadas muestran a una persona que no parecía tener idea de los muertos y la gravedad de la situación.

Es cierto que estar al mando de una nave que tiene a bordo tal cantidad de personas y llevarla de un lugar a otro no es cosa fácil. Los instrumentos modernos, la profesionalidad de los oficiales y marineros hacen un poco más sencilla esta tarea, pero el capitán, que por eso es la autoridad máxima en el buque, tiene o debe tener TODOS los conocimientos técnicos y la experiencia necesaria, para desempañar su papel. Un naufragio en su hoja de servicios es malo, heridos, muertos y desaparecidos, agravan su situación. Lo que a todas luces es imperdonable es que haya preferido salvarse él, sin, al parecer, haber comprobado que todos se ponían a salvo.

Creo que en el naufragio de ese barco, naufragó también la responsabilidad.

Si tantas personas confían en alguien, porque les han dicho que lo hagan y ese alguien traiciona la confianza en él depositada, podrá hablarse de tragos, de fallas, de obstáculos imprevistos y no marcados en el mapa de la zona: La verdad es que todo eso es una excusa para algo que es muy común y se llama miseria humana. No de otra manera se explica en realidad la aparente conducta del marino. Digo aparente, pues todo lo señala, pero hasta ahora son especulaciones y pruebas que se van acumulando. Es que tendemos a culpar a alguien y señalarlo o diluir la culpa y convertirla en nada. La verdad se abrirá paso y se sabrá de responsabilidades. Ello no devolverá la vida a los muertos ni hará que los desaparecidos aparezcan: Un crucero de placer y diversión se convirtió en un viaje hacia la muerte y la desesperación. Por lo que parece, lamentablemente, el hombre falla cuando menos lo esperamos. Y lo terrible en este caso, es que el hombre no es un palurdo cualquiera sino el depositario de la confianza de armadores, tripulantes, pasajeros y de las familias de todos ellos. Es un capitán que le falló a la humanidad entera que sigue incrédula las noticias.

 

CARPAS A RAYAS


Lo aquí escrito (ida a la playa) ya lo debo haber contado, pero en otra forma. Lo que sucede es que a veces el tiempo influye al llamar a los recuerdos y en Lima hace un calor…

La playa tiene carpas a rayas: unas azules, otras rojas y otras verdes. Están ubicadas una junto a la otra a distancia prudente de la orilla del mar. Las levantan a las seis de la tarde, porque después sube la marea y lo inunda todo. Sin carpas, quedará un terreno removido, rastrillado apenas, con alguna pluma de gaviota clavada como una pequeña bandera. Quedará cierta basura que el mar se encargará de remover y si permanece, a la mañana siguiente los rastrillos de limpieza la harán desaparecer, preparando el territorio para la colocación de las carpas y para un día más de verano.

Delante de las carpas hay algunas tumbonas hechas de madera y con tela igual a la que tienen las carpas. Los colores se repiten, pero no guardan ningún orden. Ambas cosas se alquilan para proporcionar un poquito de sombra y privacidad para cambiarse de ropa y prepararse para un chapuzón en traje de baño y descanso, aunque sea al sol, echado sin hacer nada  más que mirar el brillo del mar que se agita manso, enviando olas que vienen a morir entre los pies deshechas en espuma.

De pronto una pelota de jebe cae y viene seguida por un muchacho que salta intermitentemente porque se quema los pies cada vez que toca la arena caliente. Son casi las doce y la playa se va llenando de bañistas que juegan metiéndose a un agua que no cesa de ir y venir, creciendo y decreciendo en altura conforme se acerca. El muchacho en ropa de baño azul se lleva la pelota y prefiere correr por sobre la arena húmeda donde sus huellas quedan hasta que se aventure a llegar más allá. El bullicio crece y no parece importarle al que lee echado boca arriba, con un sombrerito que protege un poco su cabeza. A su lado una toalla, bronceador y dos slaps hablan de frugalidad. Cerca, una señora gorda, con tres chicos, discute el precio del alquiler de una carpa. Parece que regatea, pero no logra su objetivo. Dos de los niños la acosan y el tercero sube y baja las piernas, como si marchara en el sitio. Finalmente se adueñan del espacio pequeño que está delante de su trozo de sombra achicharrante: Tienden las toallas y demarcan su territorio.

Unos señores barrigudos  caminan conversando por la orilla, esquivando algún pelotazo que termina en el mar y mujeres jóvenes  están echadas boca abajo, brillantes de bronceador,  con pequeños bikinis, anteojos para el sol y chismes detenidos hasta mejor oportunidad.

Es verano, es playa, es casi mediodía y hay un intenso calor.

A esa hora llegamos nosotros. Nos lleva don César, en su Mercury guinda, flamante, chillando. Interior crema. Cómodos asientos, cuatro puertas. Don César es papá del Chino, amigo desde que nos encontramos haciendo fila con guantes blancos, en el patio del colegio. Toda una vida hasta este momento, en que los 14 o 15 años nos hacen sentirnos mayores. No sé si el papá del Chino está de vacaciones o se ha venido desde el banco en el que trabaja, en el centro, cumpliendo la promesa que hizo a su hijo de llevarlo con sus amigos a la playa.  Nos deja y recogerá más tarde, como a las dos. Mientras tanto, nosotros aprovechamos: Con las propinas pagamos el alquiler de una carpa y una silla. Somos cuatro y no hemos ido mucho a la playa, o sea que estamos blancos y hay que cuidarse de la erisipela. Por lo menos eso es lo que nos recomendó la mamá del Chino (que es chino sólo por el apodo) antes de salir de su casa, donde nos habíamos reunido para salir, dejando nuestras bicicletas.

Tenemos como dos horas para nosotros. Esta vez hemos venido a “La Herradura”, mucho más bacán que irse a los Baños de Barranco, bonitos, con construcción de madera, orquesta los domingos y cuartos con candado para cambiarse y dejar la ropa. Con viaje en funicular para llegar a la playa. “La Herradura” es mucho más para nosotros que somos “grandes”: Una playa-playa, donde hay malecón, restaurantes que venden cerveza  y escaleras de piedra para llegar a la arena.

Don César nos ha dejado en el malecón, cerca de las escaleras y nos recogerá ahí mismo.

Ahora nos echamos bronceador con olor a coco y Lucho se pone una crema sobre la nariz, porque es su parte más delicada. Nos echamos en las toallas, pero pronto las metemos a la carpa y corremos hacia el mar. Entramos salvando los tumbos que dócilmente llegan hasta la costa y cuando una ola más o menos se levanta antes de reventar, nos zambullimos y la dejamos atrás. Braceamos un poco y nos parece que fuéramos los únicos, de pura felicidad.

Volvemos a salir, entramos de nuevo y calculando para no llegar tarde a nuestro  circunstancial transporte, vamos chorreando agua hasta la carpa para tomar las toallas y secarnos. El Chino entra al espacio  caliente por ellas. Nos secamos y emprendemos el camino hasta el malecón. Como falta casi media hora, nos aventuramos y descubrimos que en un restaurante venden butifarras. El Loco no quiere y nosotros sí. Tres butifarras y cuatro Coca-Colas  (porque bebida sí, dice el Loco) hacen cama hasta el almuerzo que nos espera en casa del Chino. Comemos, parados nomás para después sentarnos en el malecón a esperar al Mercury guinda. Puntuales, a las dos nos estamos yendo;  ahora el carro sube la cuesta, da vuelta y enfrenta al túnel. Con  las ventanillas  abajo y ya en la oscuridad, gritamos para escuchar el eco de nuestras voces. Los faros del auto disipan un poco la oscuridad y el túnel acaba. Salimos a la luz, don César apaga los faros y enrumbamos a la calle Tarapacá, en Barranco: Nos espera el almuerzo, nuestras bicicletas y todo el verano. Tenemos 14 o 15 años, ya somos “grandes” pero seguimos siendo niños.