TONY.


 RED ROSES

Te fuiste una mañana

en que no quise estar

porque adivinaba que te irías

y preferí recordarte

como eras cada día.

Quise escuchar tu música y tu risa;

acompañarte en los silencios

y seguir tu mirada

hacia un tiempo mejor.

Tiempo de trepar árboles,

de tocar timbres y correr;

el tiempo que hoy está

en mi memoria,

gracias a ti.

Ahora que hace años

que te fuiste

solo quiero decirte

lo que Manuel Enrique

hubiera escrito

en la tarjeta blanca:

Rosas rojas para ti

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REGALO SIN FECHA NI TAMAÑO


 

Cuore

Hoy es el Día de la Madre, en el Perú. Una fecha que ha ganado en popularidad perdiendo su sentido. La arremetida comercial hace a un lado todo lo que no sea “regalo”, que mientras más costoso seguramente dice de un cariño más “grande”.

Pero no es de regalos comerciales de lo que quiero escribir hoy. Hace unos días vi el caso de una niña que vendió sus cabellos por un poquito más de diez dólares para conseguir algo de medicina que curara a su madre. Estoy seguro, porque fue muy difundido, que mucha gente se enteró del hecho. Y ese es el espíritu del Día de la Madre. Un día que aunque esté marcado en calendarios, abarca todo el año. Para quien es un hijo o una hija, o sea para todos, cada día es de celebración. Estamos aquí gracias a nuestras madres que tuvieron nueve meses de paciencia y toda una vida dedicada a sus hijos.

Escribo esto con la gratitud de hijo, el orgullo de padre de dos madres, abuelo y el cariño inmenso del esposo. Diría que me rodean las madres y desde niño tuve dos: mi mamá y mi hermana. La primera ya no está con nosotros y se fue a hacer compañía a mi padre y a mis dos hermanos; Teresa, Teté, sigue viviendo su alegría tranquila en Arequipa. Madres mis hijas y madre la compañera de mi vida. Soy el espectador privilegiado de cariños inmensos, el objeto de múltiples halagos cada día. Siempre es una madre quien me mima y gracias a ellas aprendí a caminar, a ser hombre, a amar, a ser abuelo. Aprendí a ser hijo de todas así fueran mis hijas, mi esposa o mi hermana.

Tengo mucho que celebrar en este día, aunque como dije al principio no haya para el amor una fecha fijada.

Y el mejor regalo que les puedo ofrecer es este corazón que está latiendo lleno de esperanza y mucha gratitud.

ELLA TOCABA PIANO


El domingo fue Día de la Madre en el Perú y escribí sobre alguno de  mis recuerdos acerca de Tony. Pero también recordé y tengo siempre presente a esa mujer, que silenciosamente entró a mi vida cuando nos casamos con Alicia.

Doña Hortensia, que vino a vivir con nosotros cuando el señor Ernesto falleció, parecía distraída, era callada y tratando de “no molestar”, como decía, acomodó sus días, nos ayudó en todo lo que pudo y se hizo una presencia cotidiana y humilde en casa.

Tocaba el piano y a veces por las tardes se la escuchaba acariciar sus recuerdos y la música lo llenaba todo maravillosamente.

Recuerdo mucho las carnes jugosas que me preparaba cuando enamoraba a su hija, porque sabía que no me gustaban las verduras y como se esmeraba en que todo estuviese perfecto.

Me vienen como flashes sus actitudes siempre solícitas, con voluntad de complacer cualquier capricho de niñas de Alicita y Paloma. Cuando mi madre vino a también a vivir con nosotros, después de morir Manuel Enrique, se hicieron cómplices, más que amigas y esperaba que Tony le pasara la voz a cierta hora a  diario, para juntas, tomar un lonche conversado y unir los “me acuerdo” de cada una que se prolongaban hasta que ella subía a su habitación y mi madre iba a la suya.

Es curioso, pero no vi en ella a “la suegra” de los cuentos, porque nunca lo fue. Jamás se entrometió y sus consejos siempre eran discretos: su manera de ser le impedía una salida de tono. Debió ser muy difícil para ella como seguramente lo fue para mi madre, pasar del papel de ama y dueña de una casa a ser un miembro más de la familia. Tal vez por eso ambas congeniaron: es que se descubrieron mujeres que vivían con sus hijos y las hijas de ellos. Una vida distinta a la que habían llevado, pero llena de ese cariño grande que siempre estuvo pleno de pequeñas cortesías, alegría y el saber que la palabra “familia” es una realidad que construimos cada instante.

SUNNY MEMORIES


 

 

Hoy domingo, en Perú, es Día de la Madre y este post se perderá seguramente entre los miles de comunicaciones que cruzarán el ciberespacio felicitando, abrazando o comentando a y sobre la mujer que nos dio la vida. Sin embargo creo que poner unas palabras ayuda a ordenar los sentimientos que si bien están presentes siempre, la fecha no recuerda puntualmente una celebración.

En un mundo como en el que vivimos, en que lo comercial parece invadir todo, este día no se salva y desde hace un par de semanas se nos anima a regalar a la madre de todo, desde un perfume a una lavadora o como dice la frase que escuchamos: “lo que ella siempre quiso”. El comercio, lo sabemos, siempre querrá aprovechar cualquier resquicio.

Esta es una oportunidad y la toma para que se efectivice el cariño en un regalo material. Sin embargo aunque suene a lugar común, lo mejor que se le puede dar es el cariño. Lo digo, porque por ejemplo a mi madre, Tony, que ya no está con nosotros hace tiempo, no puedo darle nada material y sí, hoy, avivar su recuerdo. Es lo que hago al escribir y recordarla con amor. Es mi regalo.

Tony, “La Mariscala”, fue desde el ministro de economía de la familia, administrando el sueldo de mi padre, hasta la mujer que vio atravesada su vida por la muerte de mi hermano Luis, que tenía siete años y yo no conocí.  Solo la vi llorar una vez, cuando Manuel Enrique tuvo que adelantarse. Y sé que mezclaba la pena por decirle adiós al hombre bueno que compartió con ella tantos años, con la alegría que Dios hubiese oído su pedido para que él se fuera antes, porque solo no hubiera podido seguir viviendo, como ella lo decía…

Recuerdo que escuchábamos juntos a Beethoven en las tardes oscuras de un Barranco pasado, en la “salita chica” de la casa de la calle Ayacucho. Recuerdo que me contaba que le hubiese gustado aprender a tocar la guitarra en vez del piano, porque este no podía viajar con mi padre y mi madre de un lado a otro, donde el destino de un ingeniero civil los llevara, especialmente allí donde no había caminos porque era su trabajo construirlos.

Mis recuerdos parecen fragmentarios y sin embargo se resumen en solo un pensamiento: gracias a ella fui feliz y aprendí que se tiene más dando lo poco que se tiene.

La riqueza que ella me enseñó a compartir, siempre fue esa: “por poco que tengas, siempre podrás dar algo al que lo necesita más que tú”. Regreso a su imagen luchadora, feliz por ser madre, abuela y bisabuela; feliz por ser esposa. Pícara y sonriente, juguetona.

Hoy, que es un día especial para evocarla, escucharé la 5a. de Beethoven, no comeré verduras (aunque se empeñó en que lo hiciera), leeré algún verso suyo y miraré sus fotos en un álbum que dice “Sunny Memories” en la portada.