PARA COMER PESCADO…


 

El dicho dice algo más fuerte: “Para mentir y comer pescado, hay que tener mucho cuidado” ”  es muy cierto, así como “La mentira tiene patas cortas”. Pero no vamos a ocuparnos aquí de los refranes, sino que quisiera hablar sobre el pescado.

Lo hago porque hoy me llegaron varios correos sobre el tema y la posible insalubridad de los frutos de mar, en Lima, viene dando vueltas por Internet hace un tiempo. Cada año, con la llegada del verano, se escuchan historias de intoxicaciones producidas por virus, pescado en descomposición u o mal manejo de la comida preparada con este animal.

Es cierto que en el verano, provoca comerse un cevichito, acompañado con su cerveza heladita más. Es cierto. Lo es también que la estación calurosa lo descompone todo muy rápidamente, especialmente la comida y como no siempre se siguen las reglas de higiene al preparar ni se observan las precauciones necesarias para guardar, el “cevichito” puede ser una bomba de tiempo. Puede ser letal. Una intoxicación con pescado no se la deseo a nadie. Pero de allí a las historias que circulan, hay mucho trecho.

No niego que un ceviche donde se haya usado el limón con escasez y el pescado no se haya “cocinado” en su jugo debidamente, puede ser peligroso. A veces, el tratamiento a este no es el más adecuado y la acidez del limón asegura, en cierta manera una especie de desinfección. Los virus extraños son más difíciles de erradicar y en una época en que muchas veces nos ofrecen ( sin decirlo) especies marinas no muy comunes que llegan con el calor y algunos fenómenos como “El Niño” traen, cuentan que con ellas arriban virus muchas veces desconocido, de graves consecuencias para la salud.

Hay que fijarse donde come uno y observar las reglas que todos conocemos, siguiendo la máxima “ante la duda abstente” que tan buenos resultados da.

Esto no dice que debemos abstenernos del ceviche, sino tener cuidados mínimos. El otro día vi en TV que había gente que pintaba con mercuro cromo las agallas de ciertos pescados, para que parecieran frescos y vendían especies en franco estado de descomposición. Eso es un crimen. Especialmente porque a veces son comprados por personas que no saben, creen en lo que les dicen extraños o no tienen olfato para oler y ojos para ver. No todo es como lo dicen. Creo.

EL OLOR DE LOS RECUERDOS.


Esta mañana me llegó un suave y fresco olor que hizo que me transportara inmediatamente a la Arequipa de los años cincuenta. A una mañana con sol y a la sobra de la entrada de una pequeña tienda, me imagino, donde una grada de piedra da acceso a ese interior que adivino fresco por el olor y el contraste con la calle, donde el sol de enero pone su acento serrano en el ambiente.

Recordar nuevamente y con el recuerdo viajar por la memoria, gatillada por un cierto olor fresco que no puedo definir. Es una sensación recordada, que inmediatamente arrastra otros momentos, personas y hechos que están allí es algún lugar del cerebro, esperando a ser llamados y prontos a venir desordenadamente, en tropel.

Recordar, lo dije algún momento, se convierte en un ejercicio que a veces nos hace compartir vivencias, El gato en el zaguán, las escaleras de mármol y los helechos son comunes a mucha gente. Vamos afinando nuestra puntería cuando se trata de personas de una misma edad y entornos similares.

Este olor mañanero que me asaltó hoy con memorias imprecisas de lugar, pero curiosamente bien ubicadas y ligadas a algunos detalles me hizo viajar en la memoria hasta unas vacaciones, que sumaron todas mis vacaciones de niño en Arequipa.

El olor me llevó a la vieja fábrica de helados “Mercedes” que estaba en una casona a la que se llegaba luego de pasar portón y patio en la calle Lira, casi frente al asilo. Allí me llegó también el olor a la vainilla y me vi. con mi primo Lucho, sabiendo que dentro estaba mi tía Luisa, su madre, hermana menor de mi padre, con el mandil a cuadros azul con blanco sobre la ropa de calle, riendo y contando las historias del “Besador”.

Nos veo entrando a un almacén o depósito, donde se guardan la existencias de la fábrica en ordenados anaqueles de madera, hasta llegar a paquetes que guardan las galletas “wafer” usadas en los sándwiches y que están aún sin cortar y en láminas que a un niño le parecen inmensas. Cogemos una de ellas, la partimos y salimos triunfantes al sol de un mes que empieza un año, con el secreto temor que nuestro tío Domingo, también hermano de mi tía Luisa y de mi padre, que es el responsable de la fábrica familiar, nos encuentre. Tenemos temor porque su hosquedad que es sólo aparente, nos amedrenta. Pero confiamos en que no esté por los alrededores por haber salido a efectuar unas cobranzas y mordemos gozosos nuestros pedazos de galleta, delgada y muy grandes, para salir a la calle y ser la admiración de los chicos del barrio y alguno que otro transeúnte.

Entonces vuelvo a la fábrica, donde sé que nos esperan las congeladoras con helados ya listos y vemos como la batidora mezcla la pasta fría que viajará seguro hasta Mollendo, para refrescar a los mollendinos que acceden a un helado de cono porque a veces no tienen lo suficiente  para un helado ya envasado. Pobre heladería de una ciudad que exporta su orgullo y sus pequeñas cosas, primero a los alrededores y luego más lejos.

Los recuerdos siguen agolpándose y veo tardes enteras pasadas haciendo nada en esa fábrica, matizadas por un lonche que prepara mi tía con bizcochos y panes diversos de “La Luucha”, jamonada y mantequilla de Velando, que nosotros también comemos en Lima. Veo las tazas dispares y el café con leche humeante, en una mesa multiuso que deja sitio para este rito del atardecer.  Entonces pienso en mi tía Luisa, ya ida, que tenía en su mente todos los secretos de hacer helados y las fórmulas que permitía a nuestra imaginación volar entonces, cuando el chocolate caliente iba cayendo sobre los rectángulos de helado de vainilla, sin derretirlos, para formar unas delicias que se llamaban “Pingüinos” creo. Los recuerdo chiquitos, en realidad daditos y también más grandes. Los chiquitos venían varios en un envase y los más grandes y rectangulares envueltos uno a uno en papel con marca. Creo pues que estos últimos se llamaban “Pingüinos”.

Es curioso que un olor recordado pueda traer tanto al presente, desde tan lejos y tan atrás.

Recordar el manía de viejos y espero no aburrir con mis simples recuerdos.

FRIGOBAR


El frigobar está en el escritorio para comodidad y es de marca DAEWOO, coreana, como los automóviles de igual nombre y una serie de otros artefactos para el hogar.

Allí rodeado de libros y papeles, está desde que vino casa hace años ya. Es una caja sencilla que produce frío, es decir un refrigerador pequeño.

Allí ahora que estoy enfermo se guardan algunas vituallas, especialmente las del desayuno y consisten en fruta, yogurt y agua. Antes, el frigobar era mi escondite para quesos, jamones y embutidos en general, así como las aceitunas que normalmente no faltaban; así eran “protegidas” estas delicadezas de la voracidad arrasadora de mis hijas y la ocasional glotonería de mi nieta. Si estaban en el  frigobar había que pedir permiso para consumirlas.

Ahora, su raleado interior acumula hielo en la parte superior, porque sólo de tarde en tarde se descongela para una limpieza. Por fuera tiene puestas pegatinas magnéticas que van desde un viejo recordatorio del chifa Internacional para servicio a domicilio y los teléfonos de serenazgo de varios distritos hasta el físico en plástico de un chocolate Sublime, mordido. Hay un par de loros e infinidad de recordatorios de comida rápida, repartidores de gas y lavanderías. Todo un universo doméstico reducido a teléfonos de necesidad cotidiana.

El frigobar ha pasado a ser parte importante del escritorio. Es cierto que antes guardaba más cosas y que su uso era intensivo, pero  aporta ahora además de la utilidad a veces salvadora, su cuota de “casa” que se pierde en muchos ambientes.  A veces me he preguntado si está bien allí.

Y mi respuesta  siempre ha sido que es mejor que esté allí cerca de donde leemos y escribimos y cerca también de donde dormimos. Por si acaso.

Su pequeño “run-run” producido a veces por el motor, nos dice que está ahí, que dentro nos aguarda cierta comida y bebida y digo yo que mientras fui chico, no conocí las ventajas de una heladera en casa, qué maravilla es tener esta preservación por frío a la mano.

Parece banal poseer un frigobar.  ¿Por qué no está en la cocina o el comedor? En la cocina está la refrigeradora grande que alberga  lo necesario para cocinar y también lo que no cabe en el frigobar y en el comedor no hay sitio. Además queda lejos de mi lugar habitual.

Entonces está ahí acumulando hielo y con algunos alimentos a la mano. Está en el escritorio por comodidad.

¿Qué más puedo decir de él? Un hermano gemelo suyo funge de refrigerador en el departamento de mi hija mayor y el que tengo ostenta un cierre hermético que es una tira de jebe, rota y que me prometo cambiar siempre. Es curioso, pero el pequeño ruido que produce, me tranquiliza diciéndome que estoy  acompañado y que no faltará de comer, aunque se esté a dieta rigurosa.

GLORIOSO PATO.


Mi amigo Edy promociona delicias.

Affumicato Gourmet es una marca que pone al alcance de los paladares más exigentes las delicias que provienen del pato.

Aquí una receta que me llegó hoy.

Receta Affumicato Gourmet

TIMBAL DE QUESO                                            

Servir como aperitivo.
Ingredientes:
– 1 paquete de queso crema Philadelfia
– 1 pomo de musciame de pato AFFUMICATO GOURMET ahumado picado (reservar lonjas para decoración y luego de cortar, volver a dejar el pato en el aceite hasta la hora de armar).
– 50 gr de pecanas picadas en brunoise
– Champiñones picados en brunoise
– Aceitunas verdes picadas en brunoise (opcional)
– Perejil

Preparación:
* Batir el queso crema hasta conseguir una masa homogénea, incorporar el perejil y las pecanas. Servir en molde engrasado (con el aceite del musciame).
* Topar el moldeado con champiñones, (opcional en este momento: aceitunas), y por último con el pato que retire del frasco (incluir algunas de las especias, ajo y aceite que vienen en el musciame)
Servir en una fuente con tostadas variadas y grisinos.

Quien quiera disfrutar de los productos que AFFUMICATO ofrece, lea estos datos:

Musciame ahumado y sin ahumar x 165 gr, en oferta a S/. 17,50 inc. IGV.

Recuerde que nuestros productos los encuentra también en Wong y tiendas gourmet, así como haciendo sus pedidos por DELIVERY al correo: ventas@affumicatogourmet.com,  o llame a los teléfonos 243.2832 o 989013120.

Nos encargamos de dejar el producto en la puerta de su casa.

Buen provecho!!