PASTEL DE CHOCLO


PASTEL DE CHOCLO

Tal vez esto no tenga mucha importancia pero para mí sí la tiene porque hace un par de días he comido el mejor pastel de choclo que comí en mi vida y a estas alturas del partido no hay mucho que me llame la atención, nada verdaderamente nuevo y menos un descubrimiento que podrá parecer menor pero provoca verdadero entusiasmo. Por lo menos a mí.

 

Como decía, hace un par de días me “aventuré” solo –aprovechando que Alicia había salido-  a caminar despacito para botar dos bolsas de basura al lugar indicado para eso en esta etapa del condominio; puede parecer tonto pero para mí que no veo bien y camino con dificultad (porque me duelen la cadera y la pierna derecha) era casi una excursión.

 

Me animé y después de deshacerme de las bolsas seguí un poco más allá por el estacionamiento hasta la pequeña tienda que se llama “Bodega Doña Lucy”; alguien que compraba me ayudó a subir el escalón porque resulta un poco alto para mí y hacerlo sin auxilio es probable que termine en una caída, cosa que hasta ahora no me ha sucedido, temo que ocurra y trato que no.

 

Me “entretuve” mirando (sin distinguir mucho, claro) lo exhibido y luego pedí pan, queso fresco, un par de chocolates y ese queso Edam que viene empaquetado y en tajadas iguales, separadas cada una por una lámina de plástico, para evitar el cortar y facilitar el manipuleo a la hora de hacer un sándwich; doña Lucy, que con paciencia me atendía, dijo que tenía tamales y pastel de choclo recién hecho…

 

Sucumbí a la tentación y pedí dos tamales y dos pedazos de pastel de choclo: Alicia y yo tendríamos un festín de calorías pero dividido en dos tandas porque la refrigeradora conservaría lo no consumido ese día.

 

Ya en casa y con Alicia de regreso, decidimos que los tamales los dejábamos para el día siguiente (era ya de noche y siempre he tenido la impresión de que un “tamal nocturno” no es una buena elección gastronómica ni tampoco la más saludable) y servimos el pastel de choclo que estaba fresco y con una pinta de recién hecho muy buena…

 

He comido mucho pastel de choclo en casa de mi madre (años ha) y alguno en casa, pero NUNCA había probado nada así: suave, consistente, con un delicado sabor a naranja…; por supuesto me dirán ¿y el choclo? Yo me hice la misma pregunta y le dije a Alicia, “creo que se equivocaron y me dieron queque de naranja”.

 

Tuvo tan poca significación mi atingencia que ni las migas creo que quedaron en los platos; nos miramos y yo fui en busca del celular para decirle a doña Lucy que tal vez se había equivocado…: “No”, me dijo, “ES pastel de choclo…” Quedé medio desconcertado y lo único que atiné fue decirle que era el MEJOR PASTEL DE CHOCLO QUE HABÍA PROBADO NUNCA, agradecerle por habérmelo recomendado y que la llamaba porque quería que lo supiera.

 

Como ven, para todos es una pequeña anécdota y nada más, salvo para mí, que fue un descubrimiento y probablemente para doña Lucy, que tal vez haya pensado que tiene un cliente algo loco.

 

Loco, pero agradecido.

 

Imagen: gastrolamas.blogspot.com.es

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LAS DULCERAS DE TONY


dulcera 2

Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.

 

 

 

 

 

SALSA DE AUTOR.


SALSA DE AUTOR.

 

 

Almorzábamos los tres, Alicia, Paloma y yo, un rico plato de comida peruana, llamado “carapulcra” hecho con papa seca, acompañado con arroz blanco y preparado por Paloma, que es una exquisita cocinera,  cuando pedí que me pasaran la salsa de picante (que nos trajo Alicia María de un viaje a Iquitos) que estaba en un pomito cuya etiqueta nuestra hija miraba atentamente: “No hay” me dijo, “lo que hay es salsa de autor…”; de inmediato reí imaginándome salsa de Vargas Llosa o de García Márquez, por ejemplo, pero ella me retrucó: “Si al autor le dicen Mono…”, primero me quedé “en neutro” y luego reí más fuerte porque al ají del que está hecha esa salsa, se le llama “pipí de mono”…

 

En este caso, lo explico, “pipí” no significa orines, como puede creerse, sino “pene” y se llama así a este tipo de ají, sumamente picante, por su forma (lo dejo a la imaginación); claro, visto así, el asunto no es muy recomendable si uno está comiendo…

 

Para finalizar diré que la salsa es buenísima y la preparan en la Amazonía: “Sabores de la Selva”, es la marca; solamente espero que la selva no sepa ni a Mario, a Gabriel, ni tampoco a esa parte de un simio.

 

Imagen: http://www.spicegarden.eu

TÓXICO.


FRASCO DE VENENO

El aire que respiramos en las ciudades es tóxico; tóxica es la “comida chatarra”, tóxicas son algunas “amistades”;  tóxico es el pez que nada en aguas contaminadas, que después se convierte en pescado y comemos alegremente.

 

Tóxico es todo aquello que hace daño pero admitimos cada día como símbolo de “la modernidad”: ¡y se dice que avanzamos a pasos agigantados!

¡UNA CUCARACHA, MARTÍNEZ!


CUCARACHA

No se trata del personaje del cuento infantil  “La Cucarachita Martina”, sino de la protagonista de un reality que hace que la fantasía, verdaderamente, supere a la realidad.

La cucaracha en la pizza y el aluvión de denuncias y descubrimientos que esta punta de iceberg cucarachoso ha producido en los medios locales, demuestra que un boom gastronómico, por descuido y desinterés se puede convertir en un ¡bum! explosivo que estalla en la comida, ante nuestras propias narices.

Cucarachas, gusanos y otros insectos o cuerpos extraños (¡una hoja de afeitar!) son algunos de los encuentros “del tercer tipo”, desagradables y peligrosos que los consumidores han encontrado en lo que se llevan a la boca.

Es cierto que se pueden quejar a INDECOPI, correr la noticia por las redes sociales y aparecer en la televisión, en periódicos y revistas, pero eso no repara el terrible momento pasado ni compensa lo que a todas luces es incompensable. El acto de consumo, en general, es un acto de confianza y en el caso de alimentos es mayor aún porque tiene que ver con la salud.

Esto tiene que ver con el desinterés que existe por el otro, por los demás. Tiene que ver también con la actitud personal a la que no importa nada con tal de “salir del paso”. Nos hemos acostumbrado a no exigir y cuando lo hacemos nos encontramos con la extrañeza y el rechazo de quienes, a fuerza de no exigir lo que es justo, piensan y creen firmemente que el reclamo “está fuera de sitio”.

El maltrato es una actividad diaria que sufrimos en diferentes frentes y “a llorar al río” si queremos quejarnos.

Claro, una cucaracha en la pizza o ratas en el cine son el resultado de una incuria doble: sucede por descuido y porque nos dejamos. Ojalá que a partir de ahora se tome conciencia que como ciudadanos, como seres humanos, tenemos deberes y derechos. Hay que cumplir a rajatabla unos y reclamar por los otros. Siempre.

 

 

EL SABOR DEL COLOR


COLORES

Los sabores tienen colores que estallan en el paladar y suben, proyectándose y tiñéndola, a la imaginación.

La piña tiene sabor a sol: esa luminosidad amarilla que nos invade y provoca la alegría de estar vivo. El sabor de la lúcuma, lo decía Martín Adán, es opaco y pienso que las naranjas hacen honor a su nombre y tienen ese sabor: magenta y amarillo al mismo tiempo. El de la canela me recuerda a la infancia, como el del clavo de olor y el punzante sabor de la pimienta y también el sabor a vainilla: son colores de confianza, de casa, de familia, lo mismo que me produce el amable sabor del chocolate.

¿Y el sabor del café?: tiene el color del tiempo.

Las mezclas de sabores me dan nuevos colores y de pronto me encuentro sumergido en una sinfonía cromática difícil de describir con palabras. Supongo que es lo mismo verbalizar la música, explicar un acorde.

Creo que el blanco es el sabor del hambre y el negro el color que pinta los  excesos.

 

CHUNG YION


TALLARIN SALTADO

El domingo nuestra hija nos invitó a almorzar fuera y fuimos al chifa en Barranco. Pensé que iba a ser un viaje hacia el pasado, por lo menos geográfica y gastronómicamente. Y sí, fue un viaje, porque dimos vueltas y vueltas porque había calles cerradas y problemas de tránsito (y eso que era domingo). Llegamos y la calle Unión donde queda el chifa Chung Yion desde que tengo memoria (o desde que abrió) estaba llena de gente, autos estacionados y un ambiente digamos festivo. Por fuera y a la entrada, el chifa confirmó que el viaje al pasado era un hecho. Había sin embargo mucha gente haciendo una especie de cola amontonada y pensé que no habría un solo sitio, pero eran los que esperaban chifa para llevar. Dentro había otro mar de gente y caminamos despacio, yo asombrado porque aunque los “apartados” eran los mismos, pintados del mismo color, el local había crecido enormemente hacia el fondo; nos sentamos a esperar una mesa libre, en sillas que estaban en hilera, enfrentando a… ¡los baños! Para mi sorpresa (ante la cantidad de gente) nos llamaron a los diez minutos y entramos a un salón lleno de mesas abarrotadas y diría festivas. Nuestra mesa (eran dos) estaba numerada, nos sentamos, vimos el menú (que estaba impreso en los colores rojo y azul que recordaba de antes) y pedimos.

Mientras venía la comida, los mozos atendían sorteando mil obstáculos, trayendo fuentes con platos humeantes. Velozmente llegó el wantán previo, Inca Kolas chiferas, cubiertos e innumerables servilletas de papel. Antes de terminar los wantanes fueron arribando un tallarín especial, chicharrón de gallina, chancho al ajo, gallina enrollada con espárrago y chaufa (especial también)…

¿Qué tal estuvo todo?: ¡delicioso!

Los sabores se habían renovado, guardando lo verdaderamente esencial, pero agregándoles un maravilloso “no sé qué”.  Creo que así lo entienden todos, porque los comensales seguían llegando a pesar de ser las cuatro de la tarde.  Fue todo un delicioso viaje al pasado, viaje un poco bullanguero, es verdad, pero que remató con el obsequio de unos caramelos blancos “de conejito”, de esos que se comen con el papelito interno que los rodea. Solo faltó el té, pero no había sitio…

Chung Yion, sigues siendo un gran chifa.

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