GARGAMEL


Gargamel_and_Azrael_from_the_Smurfs

En la ya clásica historieta de los Pitufos, del belga Peyo (Pierre Culliford), existe un personaje que odia a los azules protagonistas: Gargamel.

Me parece que hay un cierto personaje en Lima que trata de demostrar que “los Azules” son un fiasco y que si por él fuera desparecería el Corredor Azul, porque no funciona, porque es más caro, porque los buses no se detienen en cada esquina, porque hay que hacer colas para subir, porque los “azules” demoran mucho, porque uno llega tarde a todas partes si es que se viaja en ellos, porque es parte de una maniobra reeleccionista, porque es una improvisación, porque…

A nuestro GARGAMEL no le gusta el azul.

No le gusta porque supone orden, como no gusta a los reyes del caos, a los que viven felices en la cultura combi del grito, el empujón, la carrera asesina, la mugre y el “al fondo hay sitio”. No le gusta porque es lo que no hizo ni se atrevió a hacer. Por eso hay que acabarlo ahora que está empezando, ahora que necesita ajustes, ahora que es algo nuevo que atenta contra lo conocido y habitual, eso que hace de nuestra pobre Lima la ciudad donde es más peligroso manejar. A GARGAMEL no le gustan los azules y se pone amarillo de la furia. Bueno, en la historieta a pesar de ser mago, siempre pierde. De pronto así sucede y gana el orden esta próxima vez.

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PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

APRENDIENDO A DIBUJAR POR CORRESPONDENCIA


Cuando era chico envié un cupón que venía en un “chiste” (las revistas de comics de mi época se llamaban así) y me matriculé en una escuela de dibujo por correspondencia. “Continental Schools” se llamaba y como la revista era editada en México, supongo que los envíos me llegaron de allí, aunque la “central” decía estar en Los Ángeles, California. Nunca lo supe a ciencia cierta pues en ese entonces y a esa edad, uno no averiguaba mucho y por supuesto no existía Internet para resolver dudas al instante (o crearlas, también). Lo cierto es que mientras mandé unos giros de dinero por correo, me enviaron las lecciones que se detuvieron al poco tiempo de yo no poder seguir pagando. Recuerdo bien la esperanza que tenía y la importancia que me daba con la llegada de cada sobre por correo. Ya me imaginaba un dibujante famoso y esperaba con ansia el paquete que me traería de regalo un muñeco articulado, “de finísima madera” y “que adoptaba cualquier posición”. Nunca llegó porque dejaron de enviar algo, salvo recordatorios de pago, en cuanto detuve los giros por imposibilidad económica.

Recuerdo que las primeras lecciones trataban de como dibujar un rostro humano (en comic) usando una plantilla cuadriculada. Sé que era lo más fácil pero yo me creía todo un profesional por poder copiar un modelo dibujado que mandaban, de la cabeza sonriente de un hombre con una pipa en la boca.

No recuerdo mucho más de las pocas lecciones que mis propinas ahorradas pudieron comprar, pero el bichito del dibujo enraizó  y muchos de mis compañeros de colegio se acuerdan de mi, dibujando. Es curioso, pero hace muchísimo tiempo que no lo hago. Descubrí que escribía más rápido que dibujaba y que las palabras necesitaban más tiempo y atención que lo que un dibujo podía concitar.

Sin embargo en toda la niñez, adolescencia y parte de mi juventud el dibujo jugó un papel importante. Mi primer trabajo fue como jefe de diseño de una organización italiana, que asesoraba al entonces Ministerio de Fomento y Obras Públicas en el Plan Vial Nacional. Diseñaba una revista, ideaba folletos y supervisaba la impresión de todo el material. Como la juventud es audaz me arriesgué a cosas que apenas comprendía y aprendí mucho. Esa fue mi época de aprender de impresión, reproducción gráfica y los “secretos” de algo que ahora veo como parte de un pasado hermoso. Dibujando, me arriesgué a hacer escenografía en el Teatro de la Universidad Católica, crear las piezas su parte gráfica y diseñar vestuario. El dibujo siguió llevando mi vida: hice afiches, folletos, puertas y letreros de tiendas. Hice todo lo que creía que debía hacer dibujando. Los libros de Andrew Loomis habían sido en realidad mi escuela, la que siguió al correo, porque en ellos aprendí proporciones y las maravillas del trabajo a lápiz, el claroscuro y el trazado de las formas. Como manejar luces y sombras. El color, curiosamente, nunca se me dio. Pasé a la tinta china y vivía orgulloso de mis colecciones de Graphos y Rotring, de los cuales salían mi lettering (que intenté estudiar sin éxito, como alumno libre de la PUCP) y los dibujos aún los de grandes superficies.

Cuando llegué a la agencia de publicidad y me ofrecieron un puesto de reactor, pensé que pronto estaría en la parte de dibujo. Grande fue mi sorpresa al ver a verdaderos monstruos de la ilustración, frente a los trabajos de los cuales mis “obras” eras borrones en un cuaderno escolar. Así lo vi, lo entendí y me dediqué a escribir.

Claro que después tuve oportunidad de usar el lápiz para decir lo que se me ocurría “más o menos” en gráfica, pero decidí que el dibujo no era mi camino. Mejor dicho: la redacción publicitaria me escogió y ya no la dejé.

Por eso, hoy que recuerdo con cariño a ese chico que depositaba sus esperanzas en un cupón mandado por correo, pienso que de alguna manera, la publicidad, me hacía guiños personales.

OTRA VEZ ANDRÉS…


 

Las noticias otra vez.

Resulta el único modo de enterarse de los sucesos cuando uno no es testigo de ellos. Una vez más se demuestra que en lugar de dar información, lo embarullan todo, queriendo llevar agua para su molino, siendo escuchados aunque lo que digan sean fabulaciones (por no llamarlas mentiras), medias verdades u omisiones tan clamorosas que saltan a la vista.

Prácticamente todos los medios contribuyen a la desinformación en los varios casos importantes que luctuosos o no, atañen al país. Parecería que cada cierto tiempo me “ensaño” con los medios y publico estas cosas pero es que e da mucha pena tener que enterarme de los asuntos que a todos nos interesan, por conversaciones, correos de amigos o simplemente comparando lo que un medio dice y lo que los otros afirman. Estoy seguro que esto le sucede a mucha gente y no me parece bien que quienes debieran mantenernos al día con los sucesos, los enreden a su gusto y dirección impidiéndonos o dificultando el que lleguemos a la verdad.

Sé que pedir un periodismo verdaderamente independiente a la mayoría de los medios es iluso, pero no me cansaré de reclamar un derecho, por el cual, además, estoy pagando.

Es cierto también que uno debería sacar sus conclusiones de este galimatías, pero me pregunto yo ¿y aquellos ciudadanos que tienen una sola fuente de información…? ¿Están condenados a opinar como lo hace la voz sesgada (otra vez no quiero usar la palabra “mentirosa”) que leen o escuchan? Los grandes negocios de los medios parece que se basan en el aniquilamiento del conocer de su público: preocupan más las ventas o el rating que la verdad.

Esto parece que nos deja al garete en cuanto a la misión esencial de los medios noticiosos, que es informar. La opinión sobre la noticia es otra cosa, pero no nos las pueden mezclar al darlas. Y es claro que eso es lo que hacen. ¿Qué no es novedad? Ello no hace que sea una lástima que tengamos que creer en patrañas o arreglados datos que convienen a los intereses finalmente económicos, porque el que ostenta el poder económico es fácil que se haga con el Poder, con mayúscula.

Comprendo bien ahora porqué decaen los medios noticiosos en todo el mundo, no solo en nuestro país: porque no se les cree y una cosa es mirar las peripecias de los Simpson y otra enterarse de los sucesos de una nación.

 

PORNOTERÍA


 

El título es por cierto una palabra inventada, compuesta por dos reales: pornografía y piratería.

Como se dice en os cuentos: “Había una vez…”

Ayer, Alicia decidió hacerle un regalito a nuestro nieto Manuel. Algo simple, que lo entretuviera. Para ello en un kiosko de diarios compró un CD de Barney, el dinosaurio, que anunciaba inclusive karaoke y lo mejor de lo que el bicho hace en su show. Envase con una atractiva base de cartón impreso, en funda plástica cerrada.

Alicia vino muy contenta con el nuevo CD y al colocarlo en el lector, en la pantalla del televisor comenzaron a aparecer las imágenes de un video… ¡pornográfico! Sin revisarlo y sin darse cuenta si el envase anunciaba autenticidad, Alicia lo compró a un precio no desdeñable. Las fallas estaban cometidas, el error hecho y el niño se quedó sin regalo.

Todo por dos malditas costumbres que vaya usted a saber por qué, se combinaron.

Piratería y pornografía juntas, resultaron mucho. Mi hija y yerno hicieron bromas, mi mujer se avergonzó, Manuel no entendió nada y yo decidí escribir esto.

Decidí hacerlo, porque aunque mi opinión sea una gota de agua en el océano, es lo que pienso y estoy seguro que más de uno que me lea pensará parecido. Ambos componentes de la palabreja inventada que da título a esta nota, esconden detrás gigantescos negocios.

La pornografía y la piratería son industrias mundiales que mueven muchos millones de dólares, son industrias que en ambos casos con sus productos, atacan la integridad del ser humano.

La pornografía mueve ese oscuro deseo de conocer más de lo que en teoría está vedado al ser humano “normal” en materia de sexo. El ser humano tiene un cerebro, donde se desarrolla todo, desde las sensaciones y ansia por algo, hasta las figuraciones de todo tipo. A ése cerebro ataca la pornografía.

La piratería es en nuestro país una lacra mayor. Significa, en este caso, apropiarse de algo que alguien ha inventado y desarrollado, sin que el que reproduce, por ejemplo, pague absolutamente nada por las ideas y la realización de estas. No paga nada prácticamente y cobra a quienes por una u otra razón caen en sus garras. No cobra mucho, pero si sumamos la cantidad que vende a costos casi 0 de producción y el obvio no pago de impuestos de algún tipo, la ganancia es mayúscula.

La piratería es “sacarle la vuelta” a alguien. Es un delito.

Es cierto que cuando compramos piratería nos llenamos de razones para hacerlo. La mayoría tiene que ver con la libertad, lo económico y ésa sensación de ser muy “sabidos”.

Alicia no compró piratería a sabiendas. La engañaron de dos formas: le dieron gato por liebre en ambos casos. Compró piratería sin saberlo y le dieron pornografía disfrazada de  cuentos para niños.

El tema es mucho más grave aún: ¿cuántos menores de edad se han visto expuestos a pornografía creyendo que iban a mirar a Barney? ¿Ése es el “negocio”?

La lección es simple: fijarse antes de comprar.

Saber que la piratería mueve ilegales millones y está en todas partes. Especialmente en nuestro país. La pornografía es un asunto de mayores de edad y elección. En algunos lugares está prohibida y en otros no, pero que suele hacer daño, creo firmemente que sí.

ATERRIZAJE CULTURAL.


 

Mi amiga psicóloga D. en un tiempo viajaba mucho, especialmente a su patria, por trabajo. Un día se me ocurrió (o fue a ella no lo recuerdo bien) que a la vuelta de cada viaje con permanencia prolongada fuera, nos reuniéramos a tomar un café y a efectuar lo que le dimos en llamar “aterrizaje cultural”. Bien sencillo: de vuelta a un país caótico como el nuestro, viniendo de otra realidad (cultural al menos) nuestra charla era para ponerla al día con lo que había sucedido en el Perú durante su ausencia. No es que no leyera periódicos (la Web no se soñaba entonces como realidad) sino que quería una visión distinta, generalizadora y que si era preciso diera algunas interpretaciones y emitiera opinión. No se trataba pues de contar hechos, cosa bastante fácil, sino hilvanar sucesos y después hacer posibles escenarios.

Nos reuníamos en la cafetería del hoy desaparecido hotel “Cesar’s”, en Miraflores y pasábamos un buen rato charlando, primero de generalidades para después entrar en los temas que nos interesaban a ambos.

D. era pareja de un medio pariente mío, pintor y soporte de las actividades empresariales de ella. Vivían y sus oficinas estaban en una casa muy grande en San Isidro, que recuerdo bien y ya no existe, convertida en uno o más edificios. Daba frente a un parque y quedaba cerca de Javier Prado. Allí nos reuníamos a veces por la noche, a conversar, con un grupo que ella armaba, de amigos cercanos. Iban un cura francés que había sido legionario en Vietnam, la jefa de servicio a bordo de una importante aerolínea y su marido suizo, un personaje de mucha edad y pocas palabras, el presidente de un banco local que era doctor en literatura, su esposa y Alicia y yo. D. y su pareja completaban el número y lo pasábamos muy bien charlando hasta que mi amiga se cansaba y anunciaba que ella se iba a dormir, mientras nosotros nos quedábamos como ella decía “en casa”.

Las sesiones de “aterrizaje cultural” se sucedían unas tras otras y D. me traía como obsequio libritos de Fontanarrosa, editados por De la Flor. Así conocí a Inodoro Pereyra y a Boogie el Aceitoso, entrañables personajes que aún me acompañan y que me demostraron que no sólo Quino hacía las cosas bien. Los dibujos de “el negro” traían consigo, en el caso de Inodoro, una argentinidad insoslayable y con Boggie uno entraba en la novela negra, llevada al extremo junto con el racismo y desinterés por todo lo que no fuera matar. Hoy, desaparecido su autor, son piezas importantes de mi colección de libros la mayoría de sus cómics, muchos comprados después y un  “Veinte Años con Inodoro Pereyra” que empieza desde cero al popular gaucho y a su perro “el Mendieta”. Otras historias fueron sumándose y Fontanarrosa se convirtió en un referente importante para mí, tanto que lo uso mucho en las clases de creatividad.

He hecho esta larga digresión porque agradezco a D. haber pensado en mí tan precisa y personalmente. Creó una pasión que ha superado muchos avatares. Incluso ahora que no la veo porque el diario vivir nos fue separando, cada vez que veo al “Inodoro” me acuerdo de su risa franca, su humor ácido y su inteligencia.

Los “aterrizajes culturales” que interpretaban la realidad de algo tan complejo como el Perú, me hacían leer a Julio Cotler y conversar mucho con la gente que, en mi entorno, hacía país. D. Me enseñó a conocer más mi patria y a comprender, para después tratar de explicarlos, fenómenos que de otro modo seguramente hubieran pasado inadvertidos y que con el tiempo demostraron ser gravitantes.

El compañero de D. murió y yo perdí contacto. Hoy que escribo puedo recordar por ejemplo que antes de conocerla, él alquiló una habitación que usaba como taller en “La Ermita” de Barranco y que después, en su casa, al asombrarme ante un Cristo de la escuela cuzqueña, él me dijo que notó en una desvencijada puerta algo raro. La compró y resultó que debajo de capas de pintura estaba el Cristo. Convenientemente limpiado y restaurado se convirtió en una presencia dominante en la casa de San Isidro.