EL SABOR DEL COLOR


COLORES

Los sabores tienen colores que estallan en el paladar y suben, proyectándose y tiñéndola, a la imaginación.

La piña tiene sabor a sol: esa luminosidad amarilla que nos invade y provoca la alegría de estar vivo. El sabor de la lúcuma, lo decía Martín Adán, es opaco y pienso que las naranjas hacen honor a su nombre y tienen ese sabor: magenta y amarillo al mismo tiempo. El de la canela me recuerda a la infancia, como el del clavo de olor y el punzante sabor de la pimienta y también el sabor a vainilla: son colores de confianza, de casa, de familia, lo mismo que me produce el amable sabor del chocolate.

¿Y el sabor del café?: tiene el color del tiempo.

Las mezclas de sabores me dan nuevos colores y de pronto me encuentro sumergido en una sinfonía cromática difícil de describir con palabras. Supongo que es lo mismo verbalizar la música, explicar un acorde.

Creo que el blanco es el sabor del hambre y el negro el color que pinta los  excesos.

 

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CON OJOS DE GATO


ojosgatogatos 1gatos 2Nosotros vemos al mundo de diferentes maneras. Unos tienen visión 20/20, otros somos miopes  o  présbitas, otros son daltónicos y algunos bizcos.

Los animales ¿cómo lo ven?

Se ha escrito y especulado mucho sobre eso. Hay un lente “ojo de pez” que se supone que lo ve como ellos. Sin embargo estoy seguro que varía muchísimo y no soy ni físico ni neurólogo, solo un simple escribidor que se hace preguntas y a veces encuentra teorías y estudios interesantes, notables por su aporte.

He visto en varias partes la referencia a un trabajo realizado por Nickolay Lamm (http://nickolaylamm.com/ ), que es un artista americano que se ha puesto en contacto con oftalmólogos y veterinarios para obtener la mayor cantidad de datos y usarlos en su “obra”: cómo ven los gatos al mundo que los rodea.

El campo de visión de los gatos es un poco más amplio que el humano, son 200° en vez de nuestros 180°, lo que hace que nuestra visión a distancia sea más definida que la del gato, pero ellos ven mucho mejor (hasta seis veces, dicen) las imágenes con poca luminosidad, gracias a los foto receptores que tienen en la retina.

Ven los colores menos vibrantes que los humanos.

Su capacidad de “ver en la oscuridad” les da ventajas, lo mismo que percibir los movimientos rápidos de forma más lenta, pero estas serían compensadas porque nosotros vemos mejor.  Según un post que leí sobre esto, la conclusión es que viendo las imágenes de Lamm, los gatos ven a este mundo como si estuvieran en un permanente estado de embriaguez.

Ahora pienso que esa placidez de Pierce es producto de su visión del mundo. Y creo que es feliz así.

 

Imágenes de la visión del gato: Nickolay Lamm.

 

 

 

 

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

EL COLOR QUE TENEMOS


 

 

El otro día veía al “Chema” Salcedo, mi compañero de colegio, entrevistar en TV a un médico sobre lo que era evidentemente su especialidad, que tenía que ver con las lecturas del “aura” personal, que él veía y diagnosticaba. A los peruanos nos veía un halo mayoritariamente rojo,

, signo de la violencia. Hablaba también de otros colores, pero se me quedó grabado cuando dijo el significado del color que pintaba nuestros contornos. Volví a ver al entrevistado, respondiendo a Milagros Leyva en otro canal sobre este mismo tema y creo que lo que proponía era certero.

La violencia se ha apoderado del país. No solo aquella que se manifiesta en disturbios que recorren el Perú, sino en la violencia que subyace en actos como los que se dan en muchos hogares, los referidos a los niños, las mujeres y aquellos que acechan a lo que antes, al parecer, era un más tranquilo devenir.

Esto no parece haber ocurrido de un momento a otro, sino que poco a poco ha ido ganando espacios porque hemos cedido mayoritariamente a la tentación de resolverlo todo aplicando la ley del más fuerte, la del que grita más, la de aquel que primero golpea y después pregunta. Claudicamos porque sentimos que es más fácil que razonar. La fuerza versus la razón: el eterno dilema que a veces es la lucha entre el mal y el bien. En nuestro Perú parece estar en avanzada la fuerza, que sin atender a razones cree que es capaz de avasallarlo todo. Es curioso y triste que nos perciban así, ya sea a través de un color o de lo que los medios informan cada día. Se piensa que lo de los colores del “aura” no es sino palabrería, pero el identificar lo que está sucediendo en general, con un color violento, debe llamarnos la atención. ¿Es que estamos eligiendo “vías rápidas” y poco ortodoxas para resolver nuestros problemas? ¿La disconformidad se traduce en secuestros, asonadas y actos que en cualquier parte merecen sanción? Nuestra bandera es blanca y roja, pero el color rojo simboliza la sangre de los héroes, no la ira violenta de un pueblo que siempre fue pacífico. Y razonable.

¿QUIERES UN “NIZZA”?


Ahora que el verano está avanzado y todavía hace calor en esta Lima que vive de espaldas al mar, recuerdo las carretillas blancas, empujadas por un heladero que hacía sonar las campanillas que el pequeño vehículo llevaba y que traían la frescura de los helados NIZZA. Competían con los triciclos y carretillas manuales de D´ONOFRIO y sus tradicionales reclamos con una corneta. Sin embargo, eran las campanillas las que anunciaban algo distinto, con los chupetes de hielo de colores verde y rojo para sabores de menta y fresa. No me acuerdo si tenían más variedades, pero sí que eran totalmente distintos a los otros: Eran más grandes, más frescos, más dulces… ¡más helados!

Las variaciones del primero, que se movían en los distintos tipos de helado de crema y algunas paletas de agua eran lo que se acostumbraba a comprar. Los heladeros de los triciclos y carretillas amarillas estaban por todas partes. En cambio los de NIZZA pasaban de vez en cuando y para mí, por lo menos para mí, era una fiesta, porque eran raros, ricos y venían envueltos en papel “manteca” sin ninguna impresión.

Creo que su central quedaba en San Antonio, en lo que después fue Solari, una cafetería que quedaba cerca del cine San Antonio. Nunca lo comprobé y si lo hice alguna vez lo he olvidado definitivamente. Recuerdo, sí, por lo menos una congeladora blanca, repleta de paletas de colores y agradable frío en algún sitio. ¿Dónde? No puedo ubicarla, pero es parte de mis imágenes personales, aquellas que se grabaron en mi memoria cuando era niño y el verano era una estación de sol, playa y helados, allá en Barranco.

Seguramente, pienso ahora, los helados en mención no eran los más saludables ni los mejores, pero ERAN. En una época en que podíamos comer turrones de color casi naranja, rellenos de una miel roja, cortados de una matriz grande, que llevaba el turronero en una tabla azul, en equilibrio sobre la cabeza y acomodaba sobre un soporte que llevaba al hombro para estacionarse cerca de la “Bajada de los baños” y también barquillos de los vendedores ambulantes, que los tenían dentro de un cilindro pintado con los colores de la bandera peruana o las “bombas” de masa dulce, redondas, rellenas de crema pastelera y cubiertas de azúcar. En esa época digo, no nos pasaba nada y las manzanas acarameladas, brillantemente rojas eran una delicia, sin pensar en gérmenes, suciedad o enfermedades del estómago. No sé si entonces éramos más fuertes, los que nos vendían esas golosinas eran más conscientes o simplemente tuvimos suerte. Nunca más he visto los helados NIZZA y lo demás seguro existe, pero para mí ya no es lo mismo, porque crecí, porque los días de infancia están lejanos, se fueron y con ellos mucho de lo que ahora son solo recuerdos.

Nota: He agregado una Z al nombre original, porque un amigo, memorioso, me hizo ver la falla.   🙂