EL COLOR


EL COLOR

 

Al abrir los ojos lo único que vio era un color crema.

Parpadeó pero el color seguía  allí y entonces no supo qué pasaba; no sabía si estaba dormido y ra un sueño o qué.

 

Sus  manos al  tantear, casi por instinto, tocaron lo que parecía ser un fierro: frío y delgado.

 

Entonces oyó la voz: “No se asuste. Tuvo un ACV y ahora no ve, está en la clínica; yo soy el médico, aquí están su madre y su esposa. Tranquilo. No ve, pero va a pasar…”

 

Se acordó del sonido de la sirena que fue lo último que escuchó antes de oír la voz. Todo era un solo color crema, como si mirara una pared: movió los ojos y la cabeza pero el color seguía allí, atrapándolo. Como si estuviese en un lugar donde sólo existiera el color crema.

 

Estaba en una cama, en un hospital o una clínica, no veía, había un médico y allí estaban su esposa y su madre, pero no veía o mejor dicho, la maldita barrera crema no lo dejaba ver.

 

Volvió a escuchar la voz, que ahora sabía era la del médico: “Tranquilo, descanse…”, y la voz conocida de su esposa: “Aquí estamos…”

 

Sí, estaban; él también estaba pero todo lo que veía era un color crema.

 

Estoy ciego…” pensó y algo se derrumbó de pronto dentro de él.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

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EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS


EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS

Cuando yo era chico, Madrid era una caja de discos de 78 rpm que tenía mi madre de esa “revista lírico-cómica, fantástico-callejera en un acto” llamada “La Gran Vía”  que en la tapa mostraba el dibujo a un señor con monóculo y creo que sombrero de copa negro (como el “clac” que guardaba mi padre en el ropero); claro que fue tiempo después que supe que el sombrero se llamaba así, no porque fuera un recipiente para tomar vino y que el del ropero tenía ese nombre por el sonido que hacía al desplegarse, porque se achataba para que no ocupara espacio.

 

Monóculo me parecía entonces un nombre gracioso para eso que se ponía delante de un ojo, como una especie de la mitad de unos anteojos y que se sostenía casi mágicamente en la cara…

 

Madrid era esos discos, el señor con monóculo y sombrero de copa y yo tenía unos cinco años; sentado en el suelo de la sala, a los pies de mi madre que estaba sentada en un sillón, la acompañaba a oír música, donde lo clásico predominaba pero intervalos como “La Gran Vía”, “Luisa Fernanda”, “La del soto del parral” y algunos otros que no guarda sus nombres mi memoria, eran frecuentes y bienvenidos por mí –que prefería las canciones cuya letra entendía, aunque muchas palabras fueran todavía una incógnita -.

 

Así imaginé un Madrid con sombrero de copa, elegante, musical y alegre. “Mi” Madrid no era la capital de España sino esa Gran Vía que yo fantaseaba como una avenida ancha por donde se paseaban “los ratas” y el “caballero de gracia” – que no sabía bien quién o cómo era- pero sí que tenía una imagen “señorial” (otra palabra rara para los 5 años) y jovial, como él mismo se definía (palabra que lo hacía “joven” en mis cavilaciones musicales de entonces)…

 

Escribo esto porque hace unos días estuvieron viniendo a mi memoria las canciones que escuchaba con María Antonieta y ahora lo cuento como una especie de homenaje atrasado a su cumpleaños, que era el 26 de junio; el homenaje agradecido de este hijo de 72 años al que cuando tenía 5 su madre le descubrió la música, las palabras sonoras (que a veces no entendía), el queque que ahora llaman “marmoleado” y que en esa época era simplemente un “dos colores” y… Madrid.

 

Imagen: http://www.dntstopmadrid.com

EL SABOR DEL COLOR


COLORES

Los sabores tienen colores que estallan en el paladar y suben, proyectándose y tiñéndola, a la imaginación.

La piña tiene sabor a sol: esa luminosidad amarilla que nos invade y provoca la alegría de estar vivo. El sabor de la lúcuma, lo decía Martín Adán, es opaco y pienso que las naranjas hacen honor a su nombre y tienen ese sabor: magenta y amarillo al mismo tiempo. El de la canela me recuerda a la infancia, como el del clavo de olor y el punzante sabor de la pimienta y también el sabor a vainilla: son colores de confianza, de casa, de familia, lo mismo que me produce el amable sabor del chocolate.

¿Y el sabor del café?: tiene el color del tiempo.

Las mezclas de sabores me dan nuevos colores y de pronto me encuentro sumergido en una sinfonía cromática difícil de describir con palabras. Supongo que es lo mismo verbalizar la música, explicar un acorde.

Creo que el blanco es el sabor del hambre y el negro el color que pinta los  excesos.

 

CON OJOS DE GATO


ojosgatogatos 1gatos 2Nosotros vemos al mundo de diferentes maneras. Unos tienen visión 20/20, otros somos miopes  o  présbitas, otros son daltónicos y algunos bizcos.

Los animales ¿cómo lo ven?

Se ha escrito y especulado mucho sobre eso. Hay un lente “ojo de pez” que se supone que lo ve como ellos. Sin embargo estoy seguro que varía muchísimo y no soy ni físico ni neurólogo, solo un simple escribidor que se hace preguntas y a veces encuentra teorías y estudios interesantes, notables por su aporte.

He visto en varias partes la referencia a un trabajo realizado por Nickolay Lamm (http://nickolaylamm.com/ ), que es un artista americano que se ha puesto en contacto con oftalmólogos y veterinarios para obtener la mayor cantidad de datos y usarlos en su “obra”: cómo ven los gatos al mundo que los rodea.

El campo de visión de los gatos es un poco más amplio que el humano, son 200° en vez de nuestros 180°, lo que hace que nuestra visión a distancia sea más definida que la del gato, pero ellos ven mucho mejor (hasta seis veces, dicen) las imágenes con poca luminosidad, gracias a los foto receptores que tienen en la retina.

Ven los colores menos vibrantes que los humanos.

Su capacidad de “ver en la oscuridad” les da ventajas, lo mismo que percibir los movimientos rápidos de forma más lenta, pero estas serían compensadas porque nosotros vemos mejor.  Según un post que leí sobre esto, la conclusión es que viendo las imágenes de Lamm, los gatos ven a este mundo como si estuvieran en un permanente estado de embriaguez.

Ahora pienso que esa placidez de Pierce es producto de su visión del mundo. Y creo que es feliz así.

 

Imágenes de la visión del gato: Nickolay Lamm.

 

 

 

 

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

EL COLOR QUE TENEMOS


 

 

El otro día veía al “Chema” Salcedo, mi compañero de colegio, entrevistar en TV a un médico sobre lo que era evidentemente su especialidad, que tenía que ver con las lecturas del “aura” personal, que él veía y diagnosticaba. A los peruanos nos veía un halo mayoritariamente rojo,

, signo de la violencia. Hablaba también de otros colores, pero se me quedó grabado cuando dijo el significado del color que pintaba nuestros contornos. Volví a ver al entrevistado, respondiendo a Milagros Leyva en otro canal sobre este mismo tema y creo que lo que proponía era certero.

La violencia se ha apoderado del país. No solo aquella que se manifiesta en disturbios que recorren el Perú, sino en la violencia que subyace en actos como los que se dan en muchos hogares, los referidos a los niños, las mujeres y aquellos que acechan a lo que antes, al parecer, era un más tranquilo devenir.

Esto no parece haber ocurrido de un momento a otro, sino que poco a poco ha ido ganando espacios porque hemos cedido mayoritariamente a la tentación de resolverlo todo aplicando la ley del más fuerte, la del que grita más, la de aquel que primero golpea y después pregunta. Claudicamos porque sentimos que es más fácil que razonar. La fuerza versus la razón: el eterno dilema que a veces es la lucha entre el mal y el bien. En nuestro Perú parece estar en avanzada la fuerza, que sin atender a razones cree que es capaz de avasallarlo todo. Es curioso y triste que nos perciban así, ya sea a través de un color o de lo que los medios informan cada día. Se piensa que lo de los colores del “aura” no es sino palabrería, pero el identificar lo que está sucediendo en general, con un color violento, debe llamarnos la atención. ¿Es que estamos eligiendo “vías rápidas” y poco ortodoxas para resolver nuestros problemas? ¿La disconformidad se traduce en secuestros, asonadas y actos que en cualquier parte merecen sanción? Nuestra bandera es blanca y roja, pero el color rojo simboliza la sangre de los héroes, no la ira violenta de un pueblo que siempre fue pacífico. Y razonable.

¿QUIERES UN “NIZZA”?


Ahora que el verano está avanzado y todavía hace calor en esta Lima que vive de espaldas al mar, recuerdo las carretillas blancas, empujadas por un heladero que hacía sonar las campanillas que el pequeño vehículo llevaba y que traían la frescura de los helados NIZZA. Competían con los triciclos y carretillas manuales de D´ONOFRIO y sus tradicionales reclamos con una corneta. Sin embargo, eran las campanillas las que anunciaban algo distinto, con los chupetes de hielo de colores verde y rojo para sabores de menta y fresa. No me acuerdo si tenían más variedades, pero sí que eran totalmente distintos a los otros: Eran más grandes, más frescos, más dulces… ¡más helados!

Las variaciones del primero, que se movían en los distintos tipos de helado de crema y algunas paletas de agua eran lo que se acostumbraba a comprar. Los heladeros de los triciclos y carretillas amarillas estaban por todas partes. En cambio los de NIZZA pasaban de vez en cuando y para mí, por lo menos para mí, era una fiesta, porque eran raros, ricos y venían envueltos en papel “manteca” sin ninguna impresión.

Creo que su central quedaba en San Antonio, en lo que después fue Solari, una cafetería que quedaba cerca del cine San Antonio. Nunca lo comprobé y si lo hice alguna vez lo he olvidado definitivamente. Recuerdo, sí, por lo menos una congeladora blanca, repleta de paletas de colores y agradable frío en algún sitio. ¿Dónde? No puedo ubicarla, pero es parte de mis imágenes personales, aquellas que se grabaron en mi memoria cuando era niño y el verano era una estación de sol, playa y helados, allá en Barranco.

Seguramente, pienso ahora, los helados en mención no eran los más saludables ni los mejores, pero ERAN. En una época en que podíamos comer turrones de color casi naranja, rellenos de una miel roja, cortados de una matriz grande, que llevaba el turronero en una tabla azul, en equilibrio sobre la cabeza y acomodaba sobre un soporte que llevaba al hombro para estacionarse cerca de la “Bajada de los baños” y también barquillos de los vendedores ambulantes, que los tenían dentro de un cilindro pintado con los colores de la bandera peruana o las “bombas” de masa dulce, redondas, rellenas de crema pastelera y cubiertas de azúcar. En esa época digo, no nos pasaba nada y las manzanas acarameladas, brillantemente rojas eran una delicia, sin pensar en gérmenes, suciedad o enfermedades del estómago. No sé si entonces éramos más fuertes, los que nos vendían esas golosinas eran más conscientes o simplemente tuvimos suerte. Nunca más he visto los helados NIZZA y lo demás seguro existe, pero para mí ya no es lo mismo, porque crecí, porque los días de infancia están lejanos, se fueron y con ellos mucho de lo que ahora son solo recuerdos.

Nota: He agregado una Z al nombre original, porque un amigo, memorioso, me hizo ver la falla.   🙂