LA CINA E VICINA


La Cina e vicina cn en - 00hr 18min 11sec

Es el título de una película italiana de Marco Bellochio, del año 67: “La China está cercana”.

Uso el título en este post porque el país asiático es cada vez más influyente no solo en el Perú, sino en el mundo. La China está cada vez más cerca y su imagen de gigante proyecta una sombra ineludible sobre la humanidad.

En el país un antiguo lazo histórico nos une; curiosa y arqueológicamente hablando, yo he visto en un museo la representación de una figura en arcilla – uno de nuestros “huacos”- donde un hombre con rasgos inconfundiblemente orientales, está sentado sobre sus piernas cruzadas y dobladas. Hay una teoría que dice que los chinos descubrieron América  y el arroz chaufa, que tiene su origen en la cocina china, se ha acriollado instalándose como plato de la gastronomía nacional. El barrio chino de Lima es importante y mantiene un sabor que es producto de una fusión que sin embargo respeta costumbres. Los chinos siempre estuvieron presentes en mi infancia porque a la bodega más cercana, se le llamaba “el chino de la esquina”, siendo generalmente de propiedad de uno, como “Perico” en la avenida San Martín, en Barranco, que colocaba la bandera de China nacionalista para celebrar su día patrio.

Hoy la China es mucho más que un tópico: automóviles chinos, textiles, electrodomésticos y todo lo que uno pueda imaginar es comprado y usado en el Perú. La China ya no solo está vecina sino que está aquí y todo indica que para quedarse.

¿Qué somos al lado de ella? Un pequeño país.

¿Qué es China para nosotros? Creo que una incógnita y una esperanza. Una incógnita que se pierde entre las brumas del tiempo y la esperanza no solo de un mercado inmenso sino de una cultura sin par, enorme,  que nos ofrece maravillas.

China, el país de la seda y las fabulosas ciudades es ahora compañero de un viaje en el que podemos aprender mucho si sabemos escuchar.

NO ES LO MISMO OPINAR QUE DECIR ALGO


Hace muy poco se ha levantado una polvareda por el comercial dirigido por Claudia Llosa para PROMPERÚ, que es en realidad un comercial para generar visitas al país.

Especialmente Facebook se ha convertido en un campo de tiro al blanco virtual, donde muchas personas dejan sus comentarios-balas. La cineasta ha salido a responder a sus “críticos” con un argumento contundente: El comercial no está dirigido a ellos sino a quienes son potenciales turistas para nuestra nación. Es muy fácil decir “me gusta” o “es horrible”, pero si no es a nosotros a quienes se dirige la persuasión publicitaria, las palabras tienen tanto valor como cero. Una regla clarísima de toda estrategia publicitaria, es tener en cuenta en un lugar principal al grupo objetivo. Lo que la premiada realizadora cinematográfica ha hecho, es componer con imágenes, un mensaje dirigido no a los peruanos de casa, sino a quienes pueden visitar el Perú. Ha seguido un guion y seguramente participado con sus sugerencias, pero detrás hay toda una pila de investigación y muchas opiniones de entendidos.  De eso estoy convencido. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a invertir dinero y a lanzar al aire un comercial que no tuviera verdaderas bases. Muchos de los “Faicebukeros” ponen sus impresiones, que pueden ser legítimas en cierto contexto, pero aquí se trata de una pieza publicitaria con dirección precisa a un grupo de potenciales consumidores,  grupo del cual no formamos parte, a no ser que nos consideremos italianos, creamos que somos alemanes o naturales de otros países.

Dejemos que los profesionales hagan su trabajo: “¡Déjenlos trabajar!” diría Alejandro Toledo. Un “me gusta o no me gusta” no significa “funciona o no funciona”. Creo que lo que pasa es que tratamos de opinar en todo, cuando lo que decimos tiene muy poco que ver con la realidad. Como en muchas cosas, desgraciadamente.

¿PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD?



Las redes sociales andan alborotadísimas y muy activas con lo sucedido en un cinema, parte de una cadena de salas. El movimiento es muy fuerte, un pequeño terremoto, diría, que involucra a muchísimas personas y hace aflorar opiniones fuertemente cargadas. El desaguisado provocó que la Gerente de Marketing de la empresa (he leído alguna s versiones que la tildan de “agresora”), apareciera, diera declaraciones y estas tuvieran un eco a todas luces negativo para la empresa en la que trabaja. Milton Vela, en su blog “Café Taipá” hace un muy buen análisis de lo sucedido y lo enfoca como un típico caso de crisis de comunicación.  Evidentemente lo es y un mal manejo de esta situación lleva a revisar conductas inaceptables que se dan en todo lugar que, al depender del ingreso de personas tienen que ver con ellas. Recordemos, fresquito nomás, lo sucedido con el grupo boricua “Calle 13”, que ante una situación de crisis optó por “ningunear” al público, generando una protesta que llegó a pedir devolución del dinero de las entradas. Las “excusas” vinieron después y fueron de lo más variopintas. El hecho es que una crisis real, mal manejada, se convirtió en una hecatombe, opinando todos,  de rey a paje, con la intervención de la Ministra de Cultura. Sin ahondar más en los sucesos, fuera del despropósito que estos suponen, la comunicación de ambos casos estuvo muy mal llevada. Sucede generalmente lo mismo y se suele echar la culpa a “los medios” por la difusión de los hechos. Bueno, parece ser que aquí los medios “tradicionales” no han tenido mucho que ver. Ha sido a través de Internet que se han oído las voces de un público que es espectador de la TV, radioescucha, lector de diarios y revistas y cuyos canales de expresión proveídos a veces por esos medios, es más bien débil y tenue, ¿o alguien toma decisiva atención a la sección “Cartas al Director” o está pendiente de algún comentario telefónico? No niego que los medios- otra vez entrecomillo-  “tradicionales”, hayan tocado los temas, levantándolos, pero las voces primigenias se han dado en la Web y su eco es inmenso allí. Muchas veces los demás medios “se nutren” de esta.

En el caso de los cines (y como no, en el del grupo musical) el remedio parece haber sido peor que la enfermedad. Vuelvo a decirlo, un mal manejo, sirvió como amplificador de cada caso, generando opinión y esta no ha sido nada favorable. Todavía se están recogiendo los trozos rotos por el desastre en las dos ocasiones.

Es que, repito, un manejo de crisis no es cosa de “salir a tapar huecos” y no cualquiera puede manejar bien una crisis. Una crisis, es una oportunidad y si dejamos pasar a esta, lo único que conseguiremos es tener entre manos un problema que puede volverse inmanejable. Hay mucho cuento en esto del manejo de crisis y se cree que teniendo a los medios del lado de uno, basta. No basta. Las crisis se manifiestan a través de los medios, pero tienen raíces más profundas. ¡Existe racismo en el Perú?: Existe. ¿Hay discriminación?: Mucha. Uno escarba un poquito y este país de “desconcertadas gentes” deja salir comportares muchas veces atávicos que se transforman en asesinatos por las masas, muertes del más débil y atropellos mil. La “ley del más fuerte” emerge. Lamentablemente ningún “manejo de crisis” puede transformar un cáncer en un resfriado.  Esta “crisis del manejo de crisis” debe hacernos pensar profundamente, revisarnos y dejar de echarle la culpa a todo lo imaginable, cuando ella está en nosotros. Como su remedio.

LOS HÉROES DESCONCERTADOS*


El local tenía pinta de haber sido un cine. En el barrio lo afirmaban los “esquineros” más viejos y decían que a veces albergó compañías de revistas “con hembritas que andaban casi calatas”. Ahora, la portada adusta y con carteles pintados a plumón, pregonaba que “Cristo viene esta noche”, “Tu salvación no esperará a mañana” y “”Tu futuro, orando. 

Por el Predicador Internacional Roberto Antúnez”. Desde que la “Iglesia de la Vivificación Pura” había, primero alquilado el sitio y luego comprado, las películas y las calatas habían dejado paso a sermones, charlas y reuniones de fieles que resultaban extraños a la zona y llegaban desde múltiples lugares.

Las viejas puertas de cristal y marcos de bronce estaban cerradas casi todo el día y recién por las tardes el público era admitido. El público al principio venía por la perspectiva de un rato sentado, protegiéndose del ventoso invierno, descubría que al final de la conferencia pasaban sánguches de queso y chicha morada y de paso –cómo no-  escuchaba al predicador de turno hablar sobre las asechanzas del demonio, el trabajo ennoblecedor o el cercano fin de los tiempos. Lo que no les gustaba mucho es que una voluntaria “donación de lo que fuera su voluntad” era pedida cuando ya habían comido y bebido, pero pensaban que “todo cuesta alguito, pues” y que al final era un sencillo para buenas obras el que daba. Esta atracción se ejerció al principio para los habitantes desocupados de las calles aledañas, que fueron adquiriendo la costumbre de ir, escuchar y comer algo. Con el tiempo, los sánguches se acabaron, los concurrentes locales ralearon y empezó a llegar la feligresía desde otros lugares. Algunos vecinos iban de vez en cuando, pero nada permanente. Las reuniones se redujeron a los sábados y domingos. El sexto día de la semana, por la tarde-noche y el domingo al final de la mañana, en la tarde y en la noche.

Durante la semana el local permanecía cerrado y sólo los viernes un grupo de mujeres, feligresas ellas, hacían limpieza y barrían el polvo que se acumulaba y a las cucarachas muertas que aparecían de vez en cuando. Dejaban el lugar listo para el sábado y se iban en noche.

Una tarde de viernes vino un grupo que iba a adornar el gran auditorio, porque el fin de semana sería de celebración. Pusieron flores y cadenetas de papel. Pero faltaban cadenetas y dos, quedaron en hacerlas y colocarlas.

Salieron las mujeres de la limpieza avanzada la noche, porque habían estado abrillantando los marcos de bronce de las puertas. Una de ellas le entregó las llaves de los candados de afuera a Yovana que se quedaba con Elizabeth, diciéndole que volviera al día siguiente a las tres de la tarde, para abrir.

En el salón con filas de sillones tapizados de un terciopelo granate que había conocido mejores épocas, las dos amigas estaban enfrascadas en realizar su trabajo. Faltaban como tres hileras más, cuando de pronto, un ruido sobre el escenario las sobresaltó: “Debe ser una rata” dijo aguzando el oído Yovana.

Las luces titilaron apagándose y las dos amigas se abrazaron. De pronto una especie de luminosidad apareció al fondo del escenario y fue creciendo en definición conforme se acercaba al borde. Un hombre alto, vestido como un cow-boy caminaba hacia adelante mirando a todas partes. De pronto otra luz y otra y otra y otra aparecieron a diferentes distancias sobre el escenario. Todas eran figuras humanas, una con un faldellín corto  y un collar pectoral dorado, otro ser vestido con sobretodo y sombrero, un niño que venía como corriendo y un hombre con capa que se embozaba en ella. Todos sin tocar el piso de madera limpiado con petróleo, sin proferir ningún sonido. Miraban los alrededores y detrás solo se veía la negrura. Las dos amigas, entre aterradas e incrédulas, veían como estas extrañas apariciones luminosas iban hacia abajo por las escaleras, pasaban a su lado y se perdían en el foyer del viejo local cinematográfico hoy convertido en templo. La luminosidad que despedían duró hasta que ellas supusieron que habían ganado la calle.

Volvió la luz y  sin poder articular palabra, las dos amigas salieron a la carrera, sin detenerse para nada, hasta llegar afuera y atisbar en una calle tranquila y extrañamente silenciosa. Pusieron los candados y echaron a andar. Yovana se acordó que no habían apagado las luces: “¡Consumirán corriente!” dijo Elizabeth, “¡Vámonos rápido, te acompaño a tu casa y ahí me quedo….!”

Dentro del cine-teatro-templo, la luz volvió a apagarse y regresaron los espectros de John Wayne, el vaquero, Yul Brynner, el faraón de Egipto, Mickey Rooney cuando era un niño-actor, James Cagney el “duro” de siempre y Bela Lugosi en su eterno papel.

Subieron por las escaleras hasta el escenario, sin tocar el piso y comentando lo extraño del lugar, los espectros olvidados de grandes papeles del cine se devolvieron a la nada, para contar a otros lo que habían visto, aunque esos otros vendrían alguna noche para ver con sus propios ojos lo que oyeron contar.

*Sí, sé que hay un magnífico libro de escritos de Arturo Pérez Reverte, recopilados por José Belmonte Serrano que se titula “Los Héroes Cansados”. Estar cansado no es estar desconcertado. Y de todas maneras este pequeño cuento no le llega ni a los zapatos a la prosa del escritor español. En todo caso, es el homenaje humilde a un título que se me quedó en la memoria.

Manolo.

FILMACIÓN.


Por más que tratamos, no se puede subir el video que iba a liustrar esta entrada.  He quitado lo referente a él. Creo que el texto funciona solo. Seguiremos buscando la forma que había de subir videos ( sin pagar, claro), pero prefiero publicar hoy.

Espero que los pensamientos aquí expresados sirvan para algo.

En este caso, salvo algún comercial del que guardo slides, no tengo registro fotográfico alguno. Ahora, al escribir esto, me doy cuenta que no conservé momentos que pudieron ser importantes para mi carrera y dicho de otro modo, para mi vida.

Claro que todo este tiempo pasado haciendo publicidad, en el lado creativo, ha dejado una cierta huella, pero repito, especialmente de comerciales para TV o cine, no guardo archivo.

Es curioso, pero los creativos publicitarios suelen hablar de “su” comercial. Será de su idea, porque una vez puesta en marcha la maquinaria que convertirá esa idea en una pieza publicitaria acabada, no se detiene hasta el final y muchas cabezas participan transformándola y aportando hasta que se convierte en lo que vemos expuesto. Por eso, decir “mi” comercial es en este caso, una falacia. Uno puede ser propietario de la semilla, pero en el crecimiento y fructificación de esa planta interviene un sinnúmero de personas.

¿Hay comercial sin música si la necesita? ¿El vestuario no recibe aportes varios? Nadie puede atribuirse la paternidad total. Es un colectivo el que logra al terminar el la edición, el resultado. Porque un comercial no está listo si no se ha hecho la edición de este. Puede intervenir directamente el creativo publicitario en ella. Dije bien: intervenir. Su opinión pesará más. Pero el director y el editor tienen siempre mucho que decir.

Por eso creo que la creatividad publicitaria en general es una serie de chispazos que unidos, hacen un todo. Es muy rara la chispa exclusiva que abarca todo.

Por eso, cuando entro a conversar con un editor, sé que tiene en sus manos una pieza donde yo colaboré con la idea y poco más. Trato de pasarle toda la información posible. Un “brief” vamos, que contenga las líneas maestras y todo aquello que es necesario para que sepa bien qué y porqué lo hace. El cómo ya es materia suya, pues para eso es un profesional.

Mis charlas con directores y editores, siempre tendieron a imbuirlos del producto y su periferia. Es decir, del mercado de ese segmento, con sus características y el porqué de algunas de ellas. La investigación cualitativa juega un papel preponderante aquí así como la observación que está basada en experiencia.

Parece muy sencillo hacer un comercial. Muy rápido también. Pocas veces, gente que no está en el negocio, se imagina que es tan complejo. A treinta o sesenta segundos de tiempo en el aire, se reduce muchas veces el que un producto siga con vida. Dirán que exagero y que invento cosas para complicarlo todo y cobrar más. Pero ese productor confía en que lo ofrecido y aprobado por él, hará caminar y crecer sus ventas. ¿Y si no es así, quien tiene la culpa? Es cierto que la publicidad es una de las cuatro “P” clásicas del marketing y todas tienen al final igual importancia, pero lo tremendo es que la publicidad está hecha para ser exhibida. Dicen que los médicos entierran sus errores, los abogados los meten presos y los creativos publicitarios los ven publicados, en un auditorio de varios cientos de miles.

¿Cómo no va a tener responsabilidad un creativo publicitario? Los éxitos suelen tener muchos responsables y los fracasos uno solo.

Lo que suele suceder es que el sentimiento de propiedad crece con el éxito y mientras el creativo tiene poco que mostrar. Cuando el tiempo pasa, los comerciales se convierten en una especie de rutina. No descuidada por serlo, pero rutina al fin, que exige una entrega total en cada acción pero que va restándole importancia a las acciones.

Este es un tema difícil, porque el creativo publicitario se siente y dice artista, sin ser más que una pieza más o menos importante de lo que se conoce como una bien aceitada maquinaria.

No es mi intención vapulear a quienes tienen la diaria tarea de crear para publicidad. Nada más alejado de mi intención y tampoco echar mano del usado “todo tiempo pasado fue mejor”, pero situarlos en el lugar de la escala a la que pertenecen, sobre todo si trabajan en una agencia de publicidad.

 

CUMPLIR AÑOS…


Hoy, 14 de febrero cumpliría años mi amigo Alfonso Maldonado, que ya no está aquí para hacernos reír con sus bromas y asombrarnos con sus sencillos trucos de magia. Hoy le llamaría por teléfono para desearle feliz cumpleaños como cada año. No puedo hacerlo más porque mi amigo decidió irse o se lo llevaron sin que él tuviera mucha participación directa.

Ya he escrito sobre él aquí en este blog y sigue pareciéndome extraño no escuchar su voz y no quedar para reunirnos mañana y que hoy lo pase en familia, con Marisa y sus hijos.

Pero la vida es así. Y los que seguimos por aquí , únicamente podemos recordar la infinidad de anécdotas y momentos vividos. Alfonso tendría mucho que contarnos de su vida rica y plena. Ahora queda acordarse y con la multitud de amigos de Alfonso, recordar. Recordar al hombre que hizo del cine publicitario su bandera y que vino al Perú desde su Bolivia natal para echar raíces y quedarse. No concibo la publicidad sin Alfonso. No la concibo sin su modo de ser intemperante y exigente.

Es curioso, pero Alfonso Maldonado fué tal vez una de las personas que hicieron que la publicidad me gustara más. Que me gustara para siempre. Para toda la vida.

Gracias Alfonso por caminar junto a mí parte del camino y enseñarme a valorar las cosas de la profesión justamente. Ahora que estás un poco lejos es cuando más aprecio tus enseñanzas.