CHOCOLATES


Soy diabético y Alicia también. Ella tuvo hace unos años un episodio grave: Cayó en lo que se conoce como “coma diabético”, con mil ciento quince (1,115) de nivel de azúcar. En realidad, como suelo decir, murió y aquí está de nuevo, resucitada, gracias a Dios. Los médicos que la vieron sólo habían sabido de un caso similar, en una persona que siguió viva a pesar del enorme desbalance.

El hecho es que mi diabetes al lado de esa, es de juguete, pero como con la salud no se puede jugar, nos controlamos el azúcar dejando un día  (ya me han dicho que es una exageración, pero prefiero, como dicen: que sosobre a que fafalte). Seguimos dieta y Alicia toma pastillas (no se aplica insulina). Es decir, somos dos más dentro de las estadísticas de lo que se ha dado en llamar “la enfermedad silenciosa”.

De vez en cuando, un chocolate se hace extrañar y para ello recurrimos a los que venden, “especiales para diabéticos” donde el azúcar brilla por su ausencia y es sustituida por algún edulcorante. De paso por las tiendas Wong, vimos unos chocolates “Costa” de ese tipo. Al cogerlos y mirar que como precio marcaban más o menos 16 soles cada tableta, los dejamos y digamos que el precio nos quitó las ganas: ¡Dieciséis soles por una tableta de chocolate!

Otro día, Alicia llegó con dos chocolates “Costa”  para diabéticos. Le dije que no éramos millonarios y lancé una parrafada  sobre las cosas suntuarias y hablé hasta por los codos. Alicia me miró riendo (lo que me sulfuró más) y entonces me dijo que en un mercado de San Borja, donde ella compra a veces, vio los chocolates en un puesto y sin mucho ánimo, preguntó el precio. Le dijeron que ocho soles (S/.8.00) cada uno. ¡Eran los mismos “Costa” y valían cien por ciento (100%) menos que en Wong!

Y ayer, como paseando, fuimos a ese mercado. Compramos algo de “tofu”, pan integral y preguntamos por los chocolates. No tenían “Costa”, pero nos ofrecieron unos alemanes, también para diabéticos, a nueve soles (S/. 9.00) cada uno.

Digo yo, los primeros chocolates se hacen en Chile, es decir aquí al lado y los otros en Alemania, que está un “poquito” más lejos; digamos que la lejanía y el idioma extranjero valen un sol.

Sin embargo, cuando me doy cuenta que Wong también está en San Borja como el mercado y me quieren cobrar el 100% más por un chocolate “Costa”, me pregunto cuanto querrán (si lo importan) por uno alemán. De acuerdo que hay un tema de servicio, “comodidad”, ambiente  y surtido que hace que Wong  sea un lugar deseable para ir. Pero al final uno va por los productos y no “para dejarse ver”: Va a comprar. Hace lo mismo que en el mercado. De pronto van a decir que no es lo mismo y que por ahí en el mercado no tengo seguridad y pueden estarme vendiendo contrabando. Esto último me sonó un poco y pensé que si los impuestos son del arden del casi 100% (porque alguito deben ganar), mal estamos: Muy mal. Porque resultaría que se está gravando algo (ya sé que superfluo) que pueden consumir los pacientes de una enfermedad extendida en todo el mundo y que aquí en el Perú avanza inexorablemente. Se lo está gravando para impedir su consumo por quienes menos tienen o hacer que algunos despistados paguen.

No creo que sea cuestión de impuestos. Me parece que en la diferencia de precios, hay un 100% de oportunismo aprovechador. “Total”, puede ser el pensamiento, “los que compran en Wong tienen plata, los diabéticos creen que algo dulce para ellos, como no tiene azúcar, DEBE ser más caro: Hay que sacarles la mugre por ser unos enfermos exquisitos que tienen plata”.

Escribo esto, no por roñoso, sino porque me indigna que alguien, quien quiera que sea, aproveche indebidamente de una situación dada. Al final, me dirán que esto es un libre mercado y es cierto, pero también hay que pensar que no es un superlibre supermercado.

LA FUERZA DEL OLOR


A veces uno fuerza la memoria, tratando de extraer recuerdos y un cierto olor gatilla  la extraña cadena de asociaciones que nos trae el pasado al presente y nos lleva a él. Hoy por la mañana, de pronto sentí lo que para mí era el olor característico de la pintura. No una pintura cualquiera sino la del esmalte. En el momento de detectarla, un cúmulo de imágenes del pasado vino a mi mente. La más nítida tenía que ver con una mesita de noche que alguna vez, chico, pinté con lo que seguramente eran los restos de un esmalte del color que hoy llamaríamos “hueso” y que entonces era una especie de blanco indefinido, un poco crema. Me quedo con ese recuerdo porque una vez escogido, me permite ver la forma del pequeño mueble y cómo mi absoluto desconocimiento hizo que el cajón, muy bien pintado, se pegase, impidiendo después su normal apertura. Una vez, dificultosamente extraído (con ayuda segura y reconvenciones lógicas) se mostraba en forma de gotas rotas de pintura chorreadas y secas, la trampa que impedía el normal deslizamiento del cajón. Deben haberme indicado que dejase secar fuera el cajón y que después lo colocase, una vez que la pintura estuviese BIEN seca. Lo habré hecho así, pero en la parte baja del cajón siempre quedaron restos de esas gotas rotas y dificultaron el cierre. ¿Resultado? Otra vez se esparció por el aire, fuertemente, una y otra vez tiempo después, el olor a pintura. A esmalte llamado curiosamente en un alarde de modernidad, “sintético”.

Tiempo después, cada vez que abría el cajón de la mesa de noche que quedaba cerca de la cabecera de mi cama, sentía el olor característico. Ese olor que hace un rato me devolvió a un momento de evidente impericia y deseo de terminar algo empezado, inmediatamente.

Y entonces también recordé cuando en ésa misma habitación de la casa de Ayacucho 263, en Barranco, el éter despedido por un chisguete de vidrio, de carnavales marca  “Amor de Pierrot” que yo había escondido precipitadamente bajo mi almohada y que se rompió, me hizo dormir profundamente, digamos que me anestesió y felizmente, al no moverme, los vidrios del envase roto no me produjeron ningún corte. El olor a éter no se borrará nunca de mi memoria y estará asociado a los carnavales, sí, pero a que uno de niño suele hacer cosas que ya crecido nunca haría, porque las consecuencias pueden ser desastrosas.

Hay mucho escrito sobre los olores, desde tratados como “El mono perfumado” y cuentos como “La nariz” hasta novelas tan notables como “El perfume”, que tratan de la estrecha relación entre los olores y el recuerdo. Hay mucho escrito y he leído bastante sobre el tema, pues en mis cursos de creatividad, lo he tocado extensamente, sin embargo el misterio persiste para mí. Siempre me parecerá de fábula que lo olido active la memoria y haga surgir momentos, sabores y texturas del pasado. ¿O es que el olorcito de un lomo saltado haciéndose no ha conseguido que “salive” de gusto?

 

POR NAVIDAD


Este blog ha tenido sus silencios, pero no puede quedarse callado ante una fecha que es lo mejor que ha pasado al mundo. Es Navidad y la paz debe llegar a todos los corazones que la necesitan y desean. Esa paz que sólo da el saberse amigo de todos en este planeta.

FELIZ NAVIDAD para todos!!

KIT KAT CON SABOR A SALSA DE SOYA?


Como dirían los gringos, “only in Japan”….

La noticia llega vía Advertising Age, donde nos dicen que Kit Kat (los “dedos” de wafer bañados en delicioso chocolate) al que junto con “Rolo” muchos recordamos como una de las golosinas inglesas más populares de nuestra infancia, en una variedad con sabor a salsa de soya (será el shoyu, el sillao o siyau?) es uno de los 19 sabores (parece ser que el de mayor éxito) que Nestlé ofrece en el Kit Kat, solamente en Japón. La nota dice también que la marca es la número uno en ventas en el país del sol naciente y una de las de mayor vendidas en el mundo.

Cosas veredes, Sancho…