EL SABOR DEL COLOR


COLORES

Los sabores tienen colores que estallan en el paladar y suben, proyectándose y tiñéndola, a la imaginación.

La piña tiene sabor a sol: esa luminosidad amarilla que nos invade y provoca la alegría de estar vivo. El sabor de la lúcuma, lo decía Martín Adán, es opaco y pienso que las naranjas hacen honor a su nombre y tienen ese sabor: magenta y amarillo al mismo tiempo. El de la canela me recuerda a la infancia, como el del clavo de olor y el punzante sabor de la pimienta y también el sabor a vainilla: son colores de confianza, de casa, de familia, lo mismo que me produce el amable sabor del chocolate.

¿Y el sabor del café?: tiene el color del tiempo.

Las mezclas de sabores me dan nuevos colores y de pronto me encuentro sumergido en una sinfonía cromática difícil de describir con palabras. Supongo que es lo mismo verbalizar la música, explicar un acorde.

Creo que el blanco es el sabor del hambre y el negro el color que pinta los  excesos.

 

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LADRILLOS PARA EL DESAYUNO


REVISTA GONZAGA 63 CARATÚLA LADRILLOS J.M. SALCEDO

La leche chocolatada que toma mi nieta, me recuerda a lo que para los que fueron alumnos del colegio de la Inmaculada que estaba en la avenida La Colmena, en Lima, era, junto con un chancay, el desayuno que podía comprarse y tomarse después de misa. A cambio de un boleto celeste que vendían a la entrada, en portería, se podía acceder al tradicional “ladrillo”, que no era otra cosa que leche con cocoa, en una botella de Coca-Cola (de esas de vidrio) acompañada del ya dicho chancay (especie de pan dulce).

¡Cuántas interpretaciones se le dieron al A.M.D.G que estaba impreso en los boletos! En mi época se relacionaban con el hermano Arándiga, subprefecto de cuarto de primaria, profesor de inglés, fotógrafo oficial y encargado de las “góndolas”  (los ómnibus, transporte del colegio). “Arándiga Murió Dando Gritos” o “Arándiga Murió De Gordo” eran algunas de las acepciones dadas al Ad Maiorem Dei Gloriam (“A mayor gloria de Dios”), que es lo que significa la frase en latín y es divisa de la Compañía de Jesús.

Me acuerdo bien de las colas para recibir el “ladrillo”, después de misa en la mañana que decían de los que habían comulgado…

El “ladrillo”, los “concursos exámenes”, el “paraninfo”, las horas de comienzo y final de cada clase y del fin del recreo marcadas por la campana, la formación alrededor del mástil con la bandera peruana, la piscina… ¡Cuántos recuerdos de esos años felices!

Sí, volvería al colegio, pero creo que me esforzaría mucho más en matemáticas y física-química, para que no me “jalaran” de año, por su causa, en tercero de media.

 

*ILUSTRACIÓN: Los “ladrillos” de la fachada del colegio, por José Ma. Salcedo. Parte de la portada de la revista de la promoción “Gonzaga 63”. Dentro se puede leer: “Estos ladrillitos, esta pared a medio construir quieren, pretenden, tal vez sin éxito, ser un símbolo, con todo lo que la palabra significa.

Esa pared inconclusa es nuestra vida escolar. Los ladrillos que faltan se irán colocando rápidamente en el transcurso de estor pocos días de vida escolar que nos quedan. Esos ladrillos son días. Días de pitos, campanas y colegio que no volverán, porque el cemento fresco del tiempo los apuntalará irrevocablemente, sin lugar a reclamos, sin derecho a huelga ni protesta.

Por eso están allí, en la puerta de entrada a esta revista de Promoción. Es, tal vez, la pared más liviana en la historia de la albañilería.  J. M. Salcedo.”

SABORES FUERTES


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A mis dos hijas les gustan los sabores fuertes. Como a mí.

Sabores definidos, que dicen pan al pan y vino al vino. No es que esté en contra de los que, mezclados, producen uno nuevo y maravilloso. Lo que pasa es que un café, por ejemplo, pienso que hay que tomarlo sin azúcar (herejía seguro para muchos); el queso “azul” con las justas, para mí, admite un poco de pan. Las aceitunas solas son más ricas. Nunca me gustaron los sabores “blandengues” ni las mezclas de tragos: lo siento, siempre preferí un whisky o un pisco puro al tan famoso pisco sour.

Si es que puedo comerlo, sí, me gusta el caviar.

¿El chocolate?: dark o bitter, mi elección es segura.

Es cierto que los años y las enfermedades me han alejado de muchos de los sabores de los que disfrutaba, pero queda el recuerdo. Es curioso, me pasaba lo mismo cuando fumaba (hace ya cuatro infartos) en pipa: me gustaba el tabaco que no olía tan bien para los otros, pero era el que mejor y “más puro” sabía, o al menos lo pensaba.

Escribo esto de los sabores porque siempre yo comí por sabor, nunca por moda. Repito, que no me niego a mezclas, pero sin miedo a equivocarme, prefiero un sabor solo, definido. Eso sí: yo no como verduras; hay algo en mí que las rechaza. Desde chico me han dicho que son buenas, pero nada. Los vegetales y este servidor no nos llevamos.

Mi madre me contaba que me paseaba en coche, cuando bebe, bajo los ficus grandes de la avenida Pedro de Osma en Barranco: ¡temblaba! Mayo era un mes cruel para mí en el colegio, porque tenía que llevar flores a la Virgen… Ahí está, como prueba de mi “fobia”,  la película que allá por los cincuenta tomó mi padre en el parque de Barranco: mi hermana mayor, Teté, me persigue con un ramo de flores como si me amenazara con un arma. Sí, me gustan los sabores fuertes, no las verduras.

 

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

ÉL SABOR DE LOS DÍAS


Cada día tiene un sabor diferente: los hay dulces, amargos, ácidos, con sabor a fresas, chocolate, a pastel de choclo y a pan recién hecho. Sabores de la infancia que acompañan a la lluvia o al sol; sabores que se disuelven lenta y perezosamente como un caramelo. Cada día tiene el sabor de un sueño y casi siempre deja huellas que se borran y son remplazadas al promediar el siguiente o al empezar la mañana. Sabores que van desde la alegría luminosa hasta el mal sabor de los momentos malo. Ningún día es soso o desabrido.

Y de sabor en sabor va pasando nuestra vida que está signada por gustos diversos que nos dicen de un hoy familiar, de amigos o solitario. Por gustos que no se mezclan y que conservan lo que los hace únicos para nosotros.

Llevo ya muchos años de este probar sabores y me doy cuenta que son tantos que agradezco poder probar cada día uno nuevo: eso me mantiene vivo, expectante y con la curiosidad puesta en el sabor de mañana. Diría que el descubrirlo, me hace avanzar y eso es una hermosa manera de ser feliz.

CINCUENTA POR CIENTO MÁS, CINCUENTA POR CIENTO MENOS


Hace unos días publiqué un post comentando que Wong tenía los chocolates “Costa” dietéticos  a un precio mucho mayor que en otro lugar. Este sábado, Alicia vio que habían bajado 50% y compró dos. No creo que leyeran este humilde blog, pero el hecho es que reaccionaron. De pronto, como dice mi hija Alicia María, se equivocaron al principio al marcar el precio. Me parece raro un error de ese calibre, pero todo puede ser. El hecho es que están más asequibles y la reacción de Alicia fue instantánea: Me dijo que habían bajado de precio, cuando los vi y pregunté por qué gastaba tanto. Ya está corregido el valor de venta de ese producto. Sin embargo me pregunto cuánto más estaremos pagando, en total, por las compras de supermercado. A pesar de la ofertas, no creo que pierdan dinero y deben “balancear” para suplir el ofrecer precios bajos en algunos artículos. Es cierto, vuelvo a repetir, que uno está pagando un plus por seguridad, variedad y muchos servicios, pero a veces “se les ve el forro” como en el caso anterior de los chocolates. Parece que lo mismo sucede con el precio de la gelatina, otra vez para diabéticos que ofrecen. En otro lugar, la misma cajita, de igual marca, está también casi 50% más barata. Vuelvo y repito, no deben estar perdiendo los que no son supermercado: Están ganando. Menos, es cierto, pero no trabajan a pérdida y aquí no se puede esgrimir lo del contrabando, pues la gelatina es de una marca nacional.

Quiere decir pues, que siguen “sacándonos la vuelta” como cuando donábamos nuestras moneditas para alguna buena causa y les permitíamos “redondear” lo que cobraban, cuando las donaciones salían a su nombre y seguramente les posibilitaban bajar impuestos.

Este es un tema de nunca acabar. La letra pequeña, lo dicho de manera ambigua, lo a veces supuesto, hacen que muchas veces quienes nos venden algo, tengan la sartén por el mango y a nosotros no nos quede otra cosa que comer las frituras que nos dan, aunque nos hagan daño.

Existen Indecopi, los Defensores del Pueblo (¡lindo nombre!) y muchas instancias más a las que acudir, es cierto, pero el trámite es tan lento y burocrático,  tan costoso, por lo menos en tiempo, que los procesos suelen irse hasta las calendas griegas. Así como son de rápidos en vender, podrían serlo en reparar los entuertos que tienen. Pero esa es una historia diferente, por lo menos se mueve en otra realidad donde el tiempo parece ser el único bien que abunda y sobra. Por desgracia.

CHOCOLATES


Soy diabético y Alicia también. Ella tuvo hace unos años un episodio grave: Cayó en lo que se conoce como “coma diabético”, con mil ciento quince (1,115) de nivel de azúcar. En realidad, como suelo decir, murió y aquí está de nuevo, resucitada, gracias a Dios. Los médicos que la vieron sólo habían sabido de un caso similar, en una persona que siguió viva a pesar del enorme desbalance.

El hecho es que mi diabetes al lado de esa, es de juguete, pero como con la salud no se puede jugar, nos controlamos el azúcar dejando un día  (ya me han dicho que es una exageración, pero prefiero, como dicen: que sosobre a que fafalte). Seguimos dieta y Alicia toma pastillas (no se aplica insulina). Es decir, somos dos más dentro de las estadísticas de lo que se ha dado en llamar “la enfermedad silenciosa”.

De vez en cuando, un chocolate se hace extrañar y para ello recurrimos a los que venden, “especiales para diabéticos” donde el azúcar brilla por su ausencia y es sustituida por algún edulcorante. De paso por las tiendas Wong, vimos unos chocolates “Costa” de ese tipo. Al cogerlos y mirar que como precio marcaban más o menos 16 soles cada tableta, los dejamos y digamos que el precio nos quitó las ganas: ¡Dieciséis soles por una tableta de chocolate!

Otro día, Alicia llegó con dos chocolates “Costa”  para diabéticos. Le dije que no éramos millonarios y lancé una parrafada  sobre las cosas suntuarias y hablé hasta por los codos. Alicia me miró riendo (lo que me sulfuró más) y entonces me dijo que en un mercado de San Borja, donde ella compra a veces, vio los chocolates en un puesto y sin mucho ánimo, preguntó el precio. Le dijeron que ocho soles (S/.8.00) cada uno. ¡Eran los mismos “Costa” y valían cien por ciento (100%) menos que en Wong!

Y ayer, como paseando, fuimos a ese mercado. Compramos algo de “tofu”, pan integral y preguntamos por los chocolates. No tenían “Costa”, pero nos ofrecieron unos alemanes, también para diabéticos, a nueve soles (S/. 9.00) cada uno.

Digo yo, los primeros chocolates se hacen en Chile, es decir aquí al lado y los otros en Alemania, que está un “poquito” más lejos; digamos que la lejanía y el idioma extranjero valen un sol.

Sin embargo, cuando me doy cuenta que Wong también está en San Borja como el mercado y me quieren cobrar el 100% más por un chocolate “Costa”, me pregunto cuanto querrán (si lo importan) por uno alemán. De acuerdo que hay un tema de servicio, “comodidad”, ambiente  y surtido que hace que Wong  sea un lugar deseable para ir. Pero al final uno va por los productos y no “para dejarse ver”: Va a comprar. Hace lo mismo que en el mercado. De pronto van a decir que no es lo mismo y que por ahí en el mercado no tengo seguridad y pueden estarme vendiendo contrabando. Esto último me sonó un poco y pensé que si los impuestos son del arden del casi 100% (porque alguito deben ganar), mal estamos: Muy mal. Porque resultaría que se está gravando algo (ya sé que superfluo) que pueden consumir los pacientes de una enfermedad extendida en todo el mundo y que aquí en el Perú avanza inexorablemente. Se lo está gravando para impedir su consumo por quienes menos tienen o hacer que algunos despistados paguen.

No creo que sea cuestión de impuestos. Me parece que en la diferencia de precios, hay un 100% de oportunismo aprovechador. “Total”, puede ser el pensamiento, “los que compran en Wong tienen plata, los diabéticos creen que algo dulce para ellos, como no tiene azúcar, DEBE ser más caro: Hay que sacarles la mugre por ser unos enfermos exquisitos que tienen plata”.

Escribo esto, no por roñoso, sino porque me indigna que alguien, quien quiera que sea, aproveche indebidamente de una situación dada. Al final, me dirán que esto es un libre mercado y es cierto, pero también hay que pensar que no es un superlibre supermercado.