TIRANOSAURIO REX.


 

T. REX www.canarias7.es

Le habían dicho que no tocara  nada “porque los chicos, ¿sabe señora?, lo rompen todo…

 

Él no rompe nada”, dijo la mamá molesta y siguieron caminando por el museo para ver al Tiranosaurio Rex; cuando llegaron hasta la osamenta gigante esta se levantaba en una especie de patio, con una rampa que subía rodeando el esqueleto del bicho prehistórico para permitir que se lo viera desde diferentes ángulos.

 

La madre, con el celular, absorta, tomaba fotos para que el niño hiciera el trabajo que le habían dejado en el colegio mientras él se retrasaba y trataba desde la baranda de alcanzar lo que eran, a sus ojos, huesos viejos y contarlo después a sa sus amigos; llegó a agarrar uno, pero el cuerpo lo venció y cogido del hueso enorme, cayó, desmoronando con el jalón el armatoste entero.

 

Cayó desde muy poca altura por suerte y encima le cayeron los huesos que terminaron haciendo una especie de castillo que lo mantuvo ileso; corrió la madre pensando lo peor, llegó el guardián que miró el desastre y vio al niño rodeado de lo que fuera hasta ese día la atracción del museo…

 

“¡Juanito!” gritó la madre alteradísima  y “¡Mierda!” dijo el guardián entre furioso y asustado; el chico no dijo nada pero estaba seguro que sacaría un veinte si contaba la historia y se guardó rápido en el bolsillo,  un pedazo de hueso que levantó a escondidas del suelo, para mostrarlo a los incrédulos como trofeo.

 

    Imagen: http://www.canarias7.es

EL SUEÑO DEL ABUELO.


ABUELO MANUEL ECHEGARAY

Cuando yo era chico, recuerdo que mi padre me contaba que su padre soñaba con tener una mina de talco; por ese entonces lo único que yo sabía del talco era que tenía marca “Jhonson´s” o “Mennen”  y que venía en unos envases con la tapa que tenía huequitos y que si uno la giraba, moviendo el envase, escapaban nubes de un polvo blanco, etéreo, que echaban a los bebes y mi mamá en la parte de adentro de los guantes de jebe que usaba para lavar.

 

El talco para mí no tenía misterio porque siempre hubo en casa y resultaba parte integrante del botiquín del baño; era un envase más que estaba guardado junto con los polvos “Takazima” (¡igualitos al talco!) que mi padre tomaba, bien deshechos en agua, para la digestión; la pasta para dientes “Kolynos” en su tubo amarillo con letras verdes, los cepillos, el frasco de mercuro-cromo, un pote de algodón, esparadrapo,  el agua oxigenada, un frasquito de alcohol, el “Jarabe Calmante de la Señora Winslow”, una botella de “Maravilla Curativa de Humprey’s”, las gotas de “Mistol” para los resfriados, el potecito de “Arrid”, crema desodorante; alguna que otra venda, la taza de vidrio del jabón de afeitar, la brocha y la máquina con su hojita “Gillette” de doble filo que usaba mi papá…

 

Vuelvo a decir que el talco era en casa, parte del botiquín con espejo que estaba sobre el lavatorio del baño en el segundo piso de la casa de la calle Ayacucho donde vivimos en Barranco; esa casa de terrazas soleadas en verano y vistas tras las ventanas en los inviernos grises con garúa finita, como brisa gruesa del mar…

 

Nunca entendí entonces el sueño de mi abuelo y pensaba que hubiera sido mejor soñar con una mina de oro, total, pensaba, en el Cusco, donde vivían ellos antes de que mis padres se casaran y apareciera yo como el último hijo, podía suceder cualquier cosa: allí estaban la hacienda, los primos, los tíos y el misterio de algo adivinado.

 

El sueño de mi abuelo, según supe después, porque yo no conocí a ningunos de mis abuelos paternos ni maternos, no se realizó nunca, pero fue una de las historias que al contar no me creía nadie, porque era impensable para un chico de entonces, que existiera una mina de talco.

 

 

 

Imagen: Fotografía circa 1900 del abuelo Manuel Echegaray Pareja, por C. Gismondi.

EL BARÓN DE MALAPATAEMBURGO*


CUCÚ ANTIGUO

Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataemburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo a través de la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo“. Era profesor de inglés y se apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré , por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino porque vivía muy cerca de “Villa Teresa“; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil “Standard Vanguard” negro y pequeño, que estacionaban afuera en la calle Ayacucho. Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

 

En la terraza había una sombrilla rígida, pintada a colores rojo y amarillo tal vez; sí muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran“.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

*(Publicado hoy, miércoles 3.1.2018 en el blog  elpoderdelasletras.com).

 

ENTERO-VIOFORMO Y OSOS.


ENTERO VIOFORMO (2)

 

 

Una de mis primeras pruebas de resistencia fue el viaje de excursión a Jaén que realizamos cuando estaba en 1° o 2° de media, con la promoción “Gonzaga 63”.

 

Íbamos a viajar en un ómnibus hasta Chiclayo y de allí en otro hasta Jaén; me preparé, con ilusión tremenda, durante una semana y justo dos días antes de viajar, supongo que por la tensión emocional o como mi madre decía, “por comer porquerías”, se me soltó el estómago, lo que podía significar, si se enteraban en casa, la anulación del viaje de varios días de duración.

JAÉN

 

Recuerdo haber registrado el cajón de la mesa de noche de mi madre hasta encontrar el tubito de vidrio de color caramelo transparente con las pastillas salvadoras; era lo que recetaban entonces para la diarrea y se llamaba “Entero-Vioformo”, si no me equivoco, producido por CIBA.

 

Recordaba que había que tomar una pastilla cada seis horas y sin decir nada a nadie, me “robé” las necesarias, duplicando la dosis inicial: es decir, empecé con dos pastillas, para luego tomar una cada seis horas. Al poco tiempo la diarrea pareció remitir y yo seguí como si nada con mis preparativos.

 

El día señalado, subimos a un ómnibus interprovincial que nos esperaba en el patio del colegio; premunido de una mochila de tela color beige con bordes de cuerina marrón, llena de ropa de recambio interior, exterior y medias (cortesía imperiosa de mi madre); un “botiquín” con mercuro cromo, alcohol, algodón, curitas y unas pastillas para potabilizar el agua, que le saqué a mi padre, ingeniero de caminos, linterna (?), galletas, chocolates (que dejé, por temor a mi inestable estómago), una cantimplora metálica con agua, sombrero, casaca, camisa abrigadora, un blue jean con los finales de las piernas volteadas, como se usaba, botas y cámara fotográfica “Brownie” de Kodak; llevando, por supuesto, mis infaltables anteojos de miope, con marco negro, me sentía el viajero-explorador perfecto.

Viaje a Jaén (2° o 3° de media)

 

Nada más subir al ómnibus que nos llevaría a Chiclayo, viajando toda la noche, vi que lo único libre para acomodarnos mi mochila y yo, era el último asiento, el corrido del final, detrás del cual estaban, protegiendo los vidrios traseros, los fierros que formaban una rejilla, la cual, si quería sentarme, obligaba a ir encorvado y con el riesgo de, si dormía, golpearme la cabeza.

 

No sé bien qué es lo que fue peor: si la incomodidad del asiento o el miedo a que mi estómago diera inoportunas muestras de actividad expulsora; esto durante las largas horas de un viaje que empezó tarde en la tarde y duró toda la noche, para llegar por la mañana a la ciudad norteña de Chiclayo.

 

Bajamos en una plaza, donde en un restaurante entré medroso al baño, pero comprobé que el medicamento había hecho su efecto; al rato, después de desayunar (yo nada, por si acaso…) subimos a otro ómnibus que nos llevaría hasta Jaén. De este segundo viaje (o nueva etapa del mismo) lo único que recuerdo

Es que el chofer, divertido y muy suelto de huesos iba por la carretera llena de baches, a toda velocidad y cada tanto un “¡crac!” significaba que había atropellado un perro. Nos lo dijo, riendo y también que los chanchos sonaban más fuerte. Le escuchábamos entre aterrorizados y asombrados, sin pensar, seguramente, que por su tamaño, un chancho atropellado causaría un estropicio mayúsculo al vehículo.

 

En Jaén nos alojaron en un colegio y el dormitorio tenía camas camarote; Pablo quiso dormir en una de arriba y en la noche un ruido delató que se había caído al suelo. Creo que siguió durmiendo ahí.

 

Antes de acostarnos fuimos a un restaurante y mientras esperábamos la comida, Manuel pidió para ir al baño y le dijeron, señalando: “Es pasando el callejón que ve ahí, joven: cuidado con los osos”. Nos pareció extraña la advertencia y al ratito volvió nuestro amigo, pálido como un muerto pálido y con la camisa desgarrada en el frente; “¡había osos…!” fue su asustada explicación.

 

Había sucedido que, en efecto, había dos osos de anteojos tras una reja, que habían sido cazados en el monte días atrás; Manuel se acercó para mirarlos y uno de ellos sacó la pata y con las garras le rompió la camisa. Felizmente la cosa no pasó a mayores y solo fue un susto.

Esta anécdota la he contado antes ya, estoy seguro, pero su recurrencia en mi memoria sucede, creo, porque entre el “Entero-Vioformo” y lo de los osos, lo demás resulta insignificante.

OSO DE ANTEOJOS

 

 

 

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.