SENTIRSE MAL


HUELLAS EN ARENA

Físicamente, salvo los achaques previsibles y una que otra secuela molesta, me siento bien. Pero anímicamente no.

Es curioso, pero a veces el cerebro se pone a mil y no hay nada que lo pare. Uno y otro argumento se amontona produciendo esa sensación extraña de vacío que nos llena.

Trato de razonar y rápidamente encuentro las causas de la desazón. Son, si las comparamos con otras, seguramente pequeñas, pero las veo inmensas, amenazantes, complicadas. Trato de convencerme que la solución es sencilla, “que todo pasará” y recorro una y mil frases que debieran ser tranquilizadoras, pero el vacío raro sigue ahí. Como en el cuento de Monterroso: “Despertó y el dinosaurio seguía ahí”.

Definitivamente, “debería” estar bien completamente y dar las gracias por eso, pero hay una parte mía que no parece atender las razones y el sentimiento continúa. Tal vez sea una señal de alerta; no lo sé. Solo que a veces uno se siente mal y no puede echarle la culpa a que “se estará resfriando”.

EL CEREBRO ENTRENADO


 

Este es un tema importante y que suele pasar desapercibido para una gran mayoría,  para la que el cerebro es “eso que queda entre las orejas y está debajo del cabello”.

Varias veces e este blog me he ocupado de él y no puedo dejar de maravillarme con todo lo que representa, significa y hace. El cerebro es sin duda el órgano más importante que tenemos y gracias al cual “somos”.

Todas nuestras acciones y pensamientos se generan allí.

Esa masa rosado-grisácea que pesa entre mil doscientos y mil cuatrocientos gramos (casi un kilo y medio) en el adulto, ofrece algunas cifras asombrosas: en un solo milímetro cúbico de nuestro cerebro hay unas 40.000 neuronas y 1.000 millones de conexiones de fibras nerviosas. En cada conexión se transmiten trenes de impulsos eléctricos variables en intensidad e intervienen más de 30 productos químicos diferentes. Las neuronas más grandes llegan a tener más de 60.000 conexiones con otras 600 neuronas. En todo el cerebro, el número de neuronas supera los 100.000 millones, con más de 100 billones de conexiones (10 elevado a la 14) o para entenderlo mejor, 100 millones de veces un millón y si se pusieran en línea recta todas las fibras nerviosas, abarcarían una longitud de 400.000 kilómetros. El cerebro, esa maravilla, como cualquier atleta que se respete, puede y debe entrenarse, para rendir mejor.

Leyendo “El cerebro: manual de instrucciones” de John J. Ratey, un libro que leí muchas veces y que junto con lo escrito por Rodolfo Llinás  (médico neurofisiólogo, nacido en Bogotá en 1934) constituyen una especie de oráculo con respuestas, para mí, que tengo tres infartos cerebrales que provocaron muchas cosas, desde la ceguera temporal hasta la inmovilidad casi total y pérdida de habla (ya recuperadas diría en un 90%), entresaco la historia de las monjas de Mankato:

“La plasticidad del cerebro no solo ayuda a la recuperación, sino que puede desempeñar verdaderamente un papel en la prevención de las enfermedades cerebrales. Como prueba, basta con visitar el convento de monjas Escuela Hermanas de Notre Dame en el remoto Mankato, en Minnesota. Muchas tienen más de 90 años y un número sorprendente llega a los cien; de media, viven mucho más que la población en general. Sufren además de mucho menos casos y menos graves, de demencia, mal de Alzheimer y otras enfermedades cerebrales. David Snowdon, el profesor de la Universidad de Kentucky que ha estado estudiándolas durante años, cree que conoce el porqué.

Acicateadas por su idea de que una mente ociosa es juguete del diablo, las monjas se retan a sí mismas obstinadamente con preguntas de vocabulario, problemas y debates acerca del cuidado de la salud. Celebran seminarios cada semana sobre asuntos de actualidad y escriben a menudo en sus revistas. La hermana Marcella Zachman, que salió en la revista Life en 1994, no dejó de enseñar en el convento hasta los 97 años. La hermana Mary Esther Boor, retratada también en Life, trabajaba todavía en la portería a los 99.

Snowdon, que ha examinado más de cien cerebros donados a su muerte por las monjas de Mankato y otras casas de las Hermanas de Notre Dame de Estados Unidos, mantiene que los axones y las dendritas que suelen contraerse con la edad se ramifican y hacen nuevas conexiones si hay suficiente estimulación intelectual y proporcionan un sistema de respaldo mayor en caso de que fallen algunas rutas.

Snowdon ha comprobado que las monjas que se licenciaron en la universidad, enseñaron en la escuela y enfrentaron permanentemente sus mentes a problemas en la vejez vivieron más y resistieron el mal de Alzheimer mejor que las monjas que tenían una educación formal menor y pasaban la mayor parte de su tiempo limpiando habitaciones y preparando comida. La conclusión de Snowdon y de otros científicos que han estudiado el envejecimiento del cerebro, es que cualquier actividad intelectual exigente estimula el crecimiento de las dendritas y se suma a las conexiones neuronales del cerebro. Las hermanas que se han exigido más tienen más conexiones neuronales, gracias a lo cual pueden redirigir mensajes cuando un ataque o una enfermedad afectan al cerebro, por lo que se contrarrestan los efectos perjudiciales en el cerebro y se mantienen más sanas y más activas durante más años.*

Larga la cita, pero esclarecedora. El entrenamiento de nuestro cerebro es básico: allí están los crucigramas, el leer, los juegos de palabras y todo aquello que signifique pensamiento, dirigido a aprender siempre cosas nuevas y establecer relaciones entre ellas y lo ya sabido. No hay enemigos mayores que la rutina y el mínimo esfuerzo.

Creo que nuestro cerebro es tan importante que no llegamos a comprender la importancia que tiene.

 

*“El cerebro: manual de funciones” por John J. Ratey (Random House-Mondadori) S.L. – 2002)