EL BANALIZADOR


EL BANALIZADOR

Está al alcance de casi todos el mundo y casi todo el mundo lo posee; sirve para banalizarlo todo –de ahí su nombre- porque convierte en intrascendente cualquier conversación y cualquier sentimiento.

 

Banaliza aquello que el hombre ha perfeccionado desde que apareció sobre la faz de la tierra y pudo hablar, superando a las señas; convierte en intrascendente casi cualquier comunicación en la que se use y curiosamente no solo para hablar sino para escribir.

 

Es claro que me refiero al teléfono celular, ese invento maravilloso en un principio, que fue ampliando su radio de acción hasta poder unir a dos personas desde los puntos más distantes e insospechados; su desarrollo lo ha llevado de ser un maletín algo engorroso a  empequeñecerse, multiplicando sus funciones y capacidad de modo asombroso. Hay un manido chiste que dice: “¿Qué es lo único que admite y se siente orgulloso un hombre de tener pequeño…?: ¡El teléfono celular!”.

 

Pero con todos los avances tecnológicos y habiéndose convertido casi en un miembro más del cuerpo humano, su cotidianeidad lo ha convertido en algo que si bien se hace sentir indispensable, en algo que le quita importancia a todo: un corazón reemplaza al sentimiento del amor, una carita sonriente, llorando o enojada y roja significa que se está alegre, triste o enojado; los famosos “emoticones” suplen a las emociones: los colores y la expresión mínima denotan el estado de ánimo.

 

Se ahorra tiempo para comunicar, pero un sentimiento o emoción se convierte en algo apurado, dicho al paso, por salir de un compromiso y mención aparte merecen los dibujitos con el pulgar arriba o las diferentes señas que manos y dedos graficados indican. Los famosos “likes” o “me gusta” se dispensan de un modo tan copioso y corriente, que son el equivalente a ver llover a través de una ventana.

 

Se usa el teléfono celular para decir “Me divierto bailando” y se adjunta la fotografía o el pequeño video que muestra una discoteca en plena ebullición, tomados por el mismo celular: perennizamos el instante y al mismo tiempo lo hacemos descartable con el próximo mensaje.

 

Sí, es verdad que sirve para saber dónde se está, qué hay cerca o lejos y para mil cosas más que van desde servir como linterna hasta darnos la cotización de la bolsa: un universo de posibilidades que se usan tanto como un impermeable, un día de sol radiante en la playa.

 

El banalizador ha entrado en nuestra vida, ha sido adoptado, incorporado a nosotros mismos y es elemento indispensable “para estar en contacto” con personas que ni conocemos y que se identifican con un alias o apodo pululando en las llamadas redes sociales donde intercambian opiniones, zalamerías o insultos de diferente calibre, sin discriminación ninguna y sin necesidad de que sean verdaderos.

 

Creo que casi todos conocemos o tenemos un banalizador, pero pienso que su utilidad se ve opacada por su futilidad.

 

Imagen: http://www.pinterest.com

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ÚRSULA NO TIENE CELULAR


ÚRSULA NO TIENE CELULAR

En medio del bullicio que entra por la ventana abierta a causa el calor que hace este febrero veraniego, escucho la voz de una niña esta vez, que grita (como gritan siempre): ¡Úrsula no tiene celular…! ¡Úrsula no tiene celular…! ¡Úrsula no tiene ce-lu-la-ar…! usando el sonsonete para, seguramente, avergonzar a Úrsula delante de sus amigos, en el parque del condominio y señalarla como una que “es menos”, que no disfruta de chateos, ni de Internet, ni de Facebook, ni de juegos portátiles, que es en suma una “quedada”, alguien que no “está en todas”, una especie de retrasada mental.

 

No sé cómo habrá terminado la cosa, pero me puse a pensar en la suerte que tiene Úrsula al no poseer el tal aparatito porque no tiene encima el “¿Dónde estás…?” de sus padres convertidos en vigilantes acosadores tecnológicos, ni le cortan gozar en el columpio, no se pierde de nada al no ver “Esto es guerra” en la banca del parque y vive su edad, que ya habrá tiempo luego para sufrir de “telefonitis inteligente”, ese mal que ataca sin  reconocer edad, sexo o condición social.

 

Úrsula no tiene celular y como todo niño, debiera y puede soñar libre de estereotipos, comerciales metiches y reguetones de moda; va a ser capaz de crecer mirando al horizonte y no a una pantallita brillante que quiere hacerle competencia al mismo sol.

 

Yo (y no es que me sienta “ejemplo”, por favor) tuve infancia sin celulares, con amigos, con televisión b/n tardía, sin teléfono en casa, con parque, carnavales y retreta; con sueños que trajeron las lecturas y juegos donde como ya lo conté otras veces, éramos Sandokán y Mompracem quedaba pasando la quebrada; vi nacer la televisión en Perú, la computadora que se volvió ubicua y PC tiempo más tarde, viví el furor de los discos de vinilo, del twist, del rock and roll, el de los tocadiscos de 45 rpm para autos, el del sonido estéreo; vi Cinerama, escuché y grabé casetes de sonido, tuve una grabadora de cinta, videocasetera, beeper, dos o tres teléfonos-radio, un teléfono que era computadora con pantalla a colores (Nokia Communicator) y que para los demás, según el uso que le diera, era grande o muy chico.

 

He usado desde el teléfono celular inmenso de tamaño ladrillo, que se llevaba en un maletín pasando, por los diversos tamaños hasta llegar a esos que provocaron chistes como ese que dice que lo único pequeño que admite tener un hombre es el teléfono celular, hasta llegar a los que en comparación con los hoy “inteligentes” o “smartphones” eran un poco brutos…; hoy tengo uno con pantalla táctil repleto de funciones, de “apps”, con “wasap”, en el que escribo corto (porque quiero), pero escribo, leo y contesto correos, veo canales de televisión locales y de otros países, me indigesto con las noticias diarias y sé de los amigos que andan lejos…

 

Sí, esto último gracias al celular, ése que Úrsula no tiene, pero yo le diría que no se preocupe, que yo llegué a esa maravilla después de haberme hecho grande (no de tamaño ni de fama –que no los tuve nunca- sino de edad) y jamás me pasó nada por no tenerlo cuando fui niño, joven y como dicen los argentinos, cuando “jovato”; que aproveche ese tiempo que no vuelve, que se llama niñez; que haga cosas de niña, que juegue, se divierta porque cuando no se dé cuenta estará contestando una o mil llamadas y quizá algún día decida dejar que no se cargue el celular.

 

Imagen: elcomercio.pe