CALIENTASIENTOS


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Está ocurriendo que en la mayor parte del mundo, una generación de calientasientos florece. Generación además de mirapantallas, de apretabotones y de tundeteclas.

 

Todos estos nombrecitos definen a una generación poco móvil, amante de la molicie, del mínimo esfuerzo y del desgano.

 

Horas frente al televisor (que mientras más grande más “neat”), mando a distancia para no levantarse ni para apagar el aparato, concentración absoluta  – con el riesgo de correr accidentes como un atropello, un choque o una caída- al teléfono celular que se tiene en la mano mientras se camina o que se usa en el automóvil aunque se esté manejando se han vuelto algo común, además de no intentar saber el por qué sucede algo sino que basta apretar el botón indicado para que suceda eso que no se sabe cómo y porqué ocurre, siendo la respuesta más corriente -y lógica, en la “lógica” de un apretabotones:     “porque apreté el botón”.

 

De pronto esto que digo resulta chocante, pero es que yo vengo de una época en que no había o era incipiente, ese “ocio tecnológico” que ahora existe y ahorra esfuerzo, movimiento y trabajo, dejando en teoría espacio para que uno se ocupe de cosas realmente valiosas, espacio que solemos dedicar al entretenimiento y distracción, a ese “pasar el tiempo” con el que llenamos las “horas muertas” que cada vez son más.

Un ejemplo simplísimo es el de los relojes: cuando eran de arena, había que darles vuelta para que el contenido, pasando de un lado a otro, marcara un tiempo determinado. Si el reloj era solar, había que saber leer su indicación, si es que el sol era propicio. Luego vinieron relojes donde el agua era el elemento principal de medición, y hasta ahí saber la hora implicaba cálculo y algo de participación; la participación siguió con los relojes a los que había que dar cuerda, porque se suponía que el que tenía un reloj “sabía leer” la hora que este indicaba, pero que había que “poner en hora”. La cosa se personalizó con los relojes de bolsillo y pulsera, a los que también había que dar cuerda y ajustar a la hora si fuera necesario. Un invento permitió que los relojes de pulsera se  “auto-dieran” cuerda de forma automática con el mínimo movimiento del brazo. Después vinieron los relojes a pilas, los relojes que recargaban la pila con la luz del sol (los “solares”) y hasta aquí, manecillas, números arábigos o romanos y “saber ver la hora” (digámosles analógicos). Entonces irrumpieron los relojes digitales, electrónicos, con numeritos para “ver la hora” sin necesidad de otra interpretación que la de saber los números: nada por hacer. La hora (esa división humana del tiempo) a disposición, sin esfuerzo mayor que el de mirar a la muñeca.

 

Vida descomplicada porque ahora ya no necesitamos      “x pasos” para tener la hora con nosotros y basta una ojeada para saberla. Mínimo y tal vez burdo ejemplo de cómo lo que antes nos ocupaba mental y hasta físicamente, desaparece para dejarnos libres y me pregunto a veces ¿libres para qué?

 

Controles  remotos, hornos de microondas, vehículos automotores con cambios automáticos… ¡hasta Inteligencia artificial!

 

No es mi intención renegar del automatismo, sino que observo una generación con cada vez más tiempo libre, que hace esfuerzos mínimos cuando los hace y no parece pensar mucho…  Es que para no hacer nada, no es necesario pensar… ¡nada!

 

Imagen: jooinn.com

 

Manolo.

 

PREGUNTAR, PREGUNTAR HASTA OBTENER RESPUESTA Y CUANDO SE CREE SABER, PREGUNTAR NUEVAMENTE


Los niños aprenden preguntando y buscan respuestas para todo; los “por qué” de un chico, a veces fastidiosos, son su manera de expresar e intentar saciar esa curiosidad de quien va descubriendo poco a poco un mundo que es desconocido y llama su atención.

El niño crece y muchas veces se avergüenza de preguntar, porque reciba como respuesta algo así como “No lo vas a entender, eres muy chico todavía”, o lo que es peor, se queda esperando ante un silencio indiferente, confundido o culpable; el niño es mucho más perceptivo de lo que parece y a su afán preguntón, observa –sin que nadie lo note- todo y a su modo, relaciona, sorprendiendo y provocando un admirado “¿Cómo sabe eso…?”, y es que los adultos no se acuerdan que ayer, cuando eran pequeños, su cerebro trabajaba a mil por hora, porque estaba vacío de saberes y experiencias, lo mismo que el del niño de hoy.

 

Los adultos olvidamos y hacemos válido el icho aquél de “No se acuerda la vaca de cuando fue ternera”. Los adultos tenemos vergüenza o miedo de preguntar y nos llenamos de interrogantes que buscan respuesta y llegamos a creer lo que nos dicen y darlo por válido y lo que es peor, lo asumimos y repetimos sin darnos siquiera el trabajo de comprobar la veracidad de lo leído o escuchado; de allí el éxito de un “sabelotodo” como Internet, que puede estar absoluta y tendenciosamente errado a veces y que se toma por oráculo.

 

El niño aprende preguntando y si encuentra solamente silencio, buscará hasta encontrar respuestas en su entorno cercano y es ahí donde el saber, quizá deformado, de sus amiguitos que son un poco maliciosos, se transmite y se aloja en la mente. Al pequeño, le sucede lo que al adulto: cree a pie juntillas porque lo escuchó de alguien “que sabe”…

 

Crecemos, vamos perdiendo la curiosidad y dando por sentadas cosas que no son;  nos da pereza buscar respuestas diferentes, no comparamos y nos quedamos con lo primero que leemos o escuchamos…

 

Digo que así ¿cómo vamos a enfrentarnos a un futuro que está hecho solamente de preguntas?

 

Manolo.

 

HECHIZO


Su bisabuela siempre se refirió a él, desde pequeño, como “el hechizo” y todos en la familia pensaron que lo llamaba así por el hechizo que suponía para ella su primer bisnieto, que seguramente sería el único…

 

“Hechizo” creció con el sobrenombre y al principio, como no lo entendía, no le importó, pero cuando le preguntó a su “bisa”. Como él le decía a la anciana señora, esta lo miró y pícara, rió diciéndole que la preguntara a su mamá…

 

El niño trasladó a su madre la pregunta y esta le dijo que un hechizo era algo mágico y que la bisabuela seguro le decía así porque para ella, él que era su único bisnieto, era  alguien hechizante, guapo, bueno, mágico …Hechizo se sintió orgulloso de ser la luz de los ojos de la “bisa

 

Pasaron los años, ya anciana mujer había muerto y Hechizo, como apodo fue perdiendo vigencia hasta que se desvaneció como sucede con todo aquello que se deja de usar y felizmente sucedió así, porque la vieja se llevó a la tumba lo que el apodo significaba para ella y es que Hechizo tenía la cabeza grande y las orejas como sopladores, además de ser bizco y tartamudo: la “bisa” era piurana y “hechizo” significaba para ella algo mal hecho: como su biznieto.

 

Manolo.

 

 

 

COMETAS


Es tiempo de algún viento y allí, en la esquina, rodeado de colores que vuelan está el cometero. Tal vez no lo quiera decir, pero lo que ofrece en venta es alegría a precios módicos, porque esta no tiene que ser cara para ser lo que es…

 

Azules, verdes, rojos, amarillos, armazones frágiles y casi ingrávidos de carrizo, pita para retener las cometas y colas hechas con jirones de trapo anudados para dirigirlas cuando algún ventarrón las ponga chúcaras o las vuelva voluntariosas.

 

 

Allí están, esperanzas de colores, que se elevarán entre gritos y risas de niños, consejos de “¡Dale más pita…!” “¡Jala…, jala…!” y ante la mirada de espectadores que seguirán atónitos las evoluciones de esas naves de papel, de esos pájaros que irán hacia el cielo para pintarlo con sus corcoveos coloridos.

 

Ahora descansan y esperan, rodeando al cometero, listas para subir como buscando a un sol que se tapó la cara y se va a perder un rato de alegría…

 

Manolo.

 

 

 

EL DRAGÓN


Soñó que alimentaba a un dragón, de esos que en las historias echan fuego por la boca y que cuando la abría para pedir comida,  un brillo rojizo la iluminaba y una vaharada de aire caliente le golpeaba el rostro.

 

Con una pala recogía el alimento y la echaba, llena, unas diez veces, en las fauces abiertas, que como las puertas del infierno, provocaban que el sudor le empapara el rostro y si hubiera estado con camisa, esta hubiera quedado totalmente mojada, porque su cuerpo entero transpiraba, el torso brillante con el color rojizo que el interior del ser que alimentaba producía…

 

Soñó que el dragón tenía como nombre un número: 666, el número de la Bestia y que cuando creía haber acabado y el dragón cerraba la boca y la oscuridad reinaba, al poco tiempo la volvía a abrir, pidiendo más comida y todo empezaba de nuevo…

 

El fogonero despertó sudando y al mirar el reloj vio que se había quedado dormido y llegaría con las justas a su trabajo, porque el tren salía todos los días a las 6 de la mañana.