“ERA DE TARDE Y SIN EMBARGO LLOVÍA…”


Empezaré como en los cuentos: “Había una vez…” y esta es una buena forma de comenzar. En realidad, como cualquier otra.

Había una vez pues, un muchacho (o sea yo, perdonen la inmodestia) que viajó a Puno con un grupo de amigos, para participar de una experiencia que formaría su carácter y lo haría ver realidades que hasta entonces eran solo adivinadas, leídas o conversadas. Se trataba de ir a hacer trabajo, físico, por supuesto, a una comunidad.

Lo primero que les dieron fue un alojamiento en los dormitorios muy grandes, de un instituto, que se encontraba de vacaciones. Todo era nuevo para el muchacho y sus amigos. Desde las personas con quienes tratarían diariamente hasta el aire frío y enrarecido por la altura.

El trabajo era acarrear grandes piedras para construir un muelle en la comunidad, al borde del lago Titicaca. En realidad, mirándolo a la distancia, lo que habían de hacer era muy poco en relación a lo que el trabajo demandaba. Resultaba una buena manera de conocer ese Perú que a veces se veía en las entonces llamadas “barriadas” de Lima. Un Perú con dificultades, con carencias, pero un Perú alegre, con la alegría que da vivir una vida que se resuelve diariamente.

En uno de los días, invitaron al grupo a ir en lancha patrullera a visitar otra comunidad que estaba asentada en el mismo lago, pero a una buena distancia navegando. El día pasó entre conversaciones, almuerzo, uno que otro baile y muchas preguntas formuladas para conocer más. Al caer la tarde se enrumbó al puerto de Puno. Pero como la ley de Murphy actúa siempre de improviso, haciendo que lo que pueda salir mal, salga mal, se desató una tormenta de padre y señor mío. Eran varios en una patrullera que solo tenía cubierta la cabina  a la que la lluvia y el viento azotaban a su antojo. No sé si han pasado una tempestad en un lago, pero este es como una taza (no importa su tamaño) y el agua se agita sin tener salida, por lo que se mueve TREMENDAMENTE, provocando unas olas gigantescas. Si a eso le sumamos el viento y la lluvia que se convertía en granizo, tendremos a nuestros protagonistas bastante ateridos. De pronto, la patrullera tosió y su motor dejó a la lancha en medio del lago, a merced de olas, viento y frío.

Cuando preguntaron, después de esfuerzos por volver a echar a andar el motor, inútiles por cierto, porqué no se pedía ayuda por radio para que salieran a dar el encuentro, explicaron que no podían quitar el capuchón de jebe de la antena, porque atraería los rayos y bastaba con uno para hacer que el remedio fuese peor que la enfermedad. Sentados a ambos lados de la lancha, la distracción fue contar los rayos que caían a babor y estribor. El panorama era aterrador  para los amigos, marineros de tierra firme, porque entre el viento, las olas, los truenos y relámpagos, los rayos y la lluvia convertida en granizo, las posibilidades de que se hundieran y ahogaran eran bastante ciertas. El granizo, grande como cascajo y filudo como él hizo trizas la casaca de nylon acolchada que nuestro personaje (o sea yo, otra vez) tenía puesta.

La patrullera no tenía al parecer nada de combustible en el tanque  y propusieron “mover” lo poquito que podía quedar a ver si el motor “agarraba” y encendía, que el peso se cambiar de un lado a otro (borda de babor una vez y de estribor la otra): No hubo forma.

De pronto, en la oscuridad se divisó el faro trazador de otra patrullera. Venían en busca de los perdidos, que hacía horas debían haber vuelto. El ataque anterior a una lancha de la Marina, por contrabandistas fuertemente armados y su hundimiento, hicieron que se pensara lo peor.

La patrullera fue remolcada hasta Puno, dejando atrás la tempestad. Al llegar a puerto, los cansados, asustados y ateridos navegantes ocasionales, vieron nieve por todas partes: Había caído la peor nevada de las que había registro. Pero estaban a salvo.

Y “colorín colorado, este cuento…¡Se ha terminado!

Hasta el lunes…