PERDER UN DÍA


SIGUE BUSCANDO

 Perdí un día. Se me extravió en la mañana temprano, o al empezar a teclear en la computadora.

Era 29 y no 28 como creía y envié un par de correos con la fecha atrasada. Claro, que pensándolo bien, lo que hice inconscientemente fue retroceder un poquito el reloj y darme la oportunidad ¿de qué? No lo sé bien aún.

Cuando me di cuenta, la primera reacción fue corregir lo hecho y enviar ese par de aclaraciones, diciendo que me había confundido de fecha. No lo hice, porque me di cuenta que a nadie le importaría; que no era importante, vamos. Que no era la primera vez que me pasaba y antes había retrasado o adelantado la fecha, sin mayor consecuencia que mi propio desconcierto. Si esto se repite, quiere decir que no estoy haciendo lo necesario para mantener ágil mi cerebro. Tampoco se trata de vivir en el pasado.

Escribo esto como una especie de explicación, para decirme a mí mismo que uno puede olvidarse de los anteojos, no acordarse de donde puso las llaves o claro, si es lunes o martes; 28 o 29.

Creo que a partir de ahora, guardaré en el cajón del escritorio las horas ganadas o perdidas. El asunto es acordarme en qué cajón de los tres que hay las puse, encontrar la llave y ordenar el desorden con que guardé las horas. Como decía mi amigo Toshi en un comercial de TV para televisores NATIONAL: “¡Duerma tranquilo!”.

CAMPAMENTO


CAMPAMENTO

Nunca he sido un fanático de las acampadas. Lo he hecho cuando estaba en el colegio, sobre todo llevado por la ilusión de estar con mis amigos viviendo aventuras (por lo general imaginarias), ver sitios diferentes y sentir esa camaradería que un campamento se supone que provoca.

Mi primer pero, es que siempre fui un poco comodón y saber que la casa queda atrás por unos días, se duerme en el suelo, hay bichos que caminan sueltos y uno se siente un poco fuera de lugar, nunca fueron  acicates para mi espíritu campamentero.

El segundo pero, es que fui y soy bastante desorganizado y los horarios exactos y el reloj marcando actividades nunca fueron conmigo. No podía entender, por ejemplo, por qué si estaba con mis amigos y queríamos conversar sobre cosas trascendentales, había que apagar la luz del lamparín o linterna y guardar silencio, porque era de noche y había que dormir…

Tal vez mi tercera razón sea bastante física y se deba a que en uno de esos campamentos colegiales (creo que fue a Chocas, en el valle del río Chillón), llegamos al terreno, plantamos nuestras carpas en un lugar que parecía idóneo y al llegar la noche y estar ya en ese momento en que el sueño va venciendo a la vigilia, escuchamos los gritos de los que “hacían guardia” y de pronto estábamos en un campo anegado, con agua que lo invadía todo.

Meter en las mochilas, a toda prisa y como sea, lo sacado de ellas, levantar las frazadas mojadas y chapotear en la oscuridad en busca de una parte seca, puede sonar gracioso si se cuenta, pero para los protagonistas, maldita era la gracia que hacía en  ese rato.

Apiñados en un pedazo seco, decidimos olvidarnos de carpas y otras cosas, poniéndonos de acuerdo para ir a rescatarlas cuando hubiese luz que permitiera ver.

Amaneció y no hubo desayuno. No hubo nada de nada, salvo cosas mojadas, mala noche y eso sí: curiosidad.

¿Qué había pasado?:   nada, que habíamos puesto nuestras carpas en una zona donde habían removido la tierra para sembrar y por la noche fue regada por el simple expediente de desviar una acequia para hacerlo. Desavisados, nos metimos a donde no debíamos y el resultado fue un campamento al agua. Literalmente hablando.

Tal vez sea este recuerdo incómodo lo que no me hace un fan de los campamentos. Además, leer un libro prendiendo una linterna y sujetándola, echado en el suelo y con mochila en lugar de almohada, no es lo mismo que hacerlo echado en una cama, alumbrado por una lamparita y en la mesa de noche tener un vaso con agua por si es que “hace sed”.

Honestamente…

ALTIPLANO


imagen-JLAGUNILLAS1

Hace frío. Mucho frío.

Estamos llegando a Puno, una ciudad para mí desconocida, de la que solo sé que tiene al Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, colinda con Bolivia y seguro que me va a dar “soroche” o mal de altura. Al final soy un limeñito del nivel del mar y lo más lejos que he ido y la mayor altura que conozco es Arequipa.

Ahora vamos a pasar con unos amigos y el P. José Luis Rouillon S.J., profesor del colegio, una temporada trabajando para una comunidad local.

Nos hospedamos en la “Granja Salcedo” y nos recibe el P. León, salesiano y práctico. Nos asignan los sitios para dormir esa noche y las siguientes mientras dure la estadía. Allí vamos a vivir unos días que serán imborrables. De esto hace cerca de 50 años.

Estamos en Puno, pero lejos de la ciudad y después de una noche de acomodos climáticos y sueño ralo, nos mojamos en un símil de lavado en un agua que parece sacada de la refrigeradora; desayunamos, con el consejo de comer poquito; el café caliente nos prepara para ir a la comunidad de Tiquillaca, nuestro destino. Llegamos, nos presentan y se decide que lo que haremos es ayudar a los comuneros a construir un muelle. Ayudamos es la palabra, porque el verdadero trabajo lo están haciendo ellos.

Nosotros cargaremos y acarrearemos piedras para irlas amontonando en el borde del lago, en la parte que ya limpiaron de totora. Cargar y acarrear piedras parece fácil y requiere un poquito de fuerza nada más, pero hacerlo, a 3,885 metros sobre el nivel del mar, cuando uno respira rápido porque falta el aire y la altura “cobra su peaje”, es una verdadera tarea.COSECHANDO TOTORA TITICACA

Vemos como los comuneros levantan sin esfuerzo las piedras llevándolas en brazos para ponerlas en su sitio y nos parece ver a una legión de Supermanes  que sonríe. Como somos limeños no nos podemos dejar y nuestro orgullo magullado hace que tratemos de igualarlos, con el resultado de cansancio, mareos, nublada de vista y ese sentir que “uno se va”… ¡ya sabemos a dónde!  No podemos: nuestro ritmo es un décimo o menos que el de ellos y nos tenemos que conformar con acomodar piedras minúsculas, de esas que se hunden en el lago y no sirven de nada. Los Supermanes no se burlan de nosotros y tratan de hacer que nos sintamos cómodos. Tratamos de sentirnos así a pesar del “soroche” que nos inutiliza para todo lo que no sea tratar de respirar.

No abundaré en las incidencias de un primer día en el que no almorzamos, tomamos el mate de coca que nos daban e hicimos el ridículo a casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Los días pasaron y nos fuimos acostumbrando a la altura. Acostumbrando,  es un decir, porque aunque soportábamos mejor el ejercicio, nuestra contribución al muelle seguía hundiéndose inocua en las aguas del lago. Fue una época en que nos sentimos bien, porque aunque no hubiese ningún resultado visible de nuestro trabajo (del de los Supermanes sí), era una contribución que dábamos con gusto.

Nos ofrecieron ir en una patrullera de la Marina, hasta la isla de Taquile, en el lago. Allí fuimos y por lo que veo ahora, el punto de más altura de esa isla está por encima de los 4,000 metros. Pasamos el día visitándola y caminando despacito… ¡nosotros los “aclimatados”! Al regreso, después de un rato de navegación, comenzó a llover y se desató una tormenta con granizo, lo que para nosotros era algo nuevo. Claro, lo malo es que la patrullera tenía una cabina cubierta donde no cabíamos, o sea que nos acomodamos en la cubierta (no la de la cabina), soportando unos trozos de hielo grandes como pelotas de golf irregulares que llovían de un cielo encapotado donde el viento soplaba como loco.

¡Nunca había visto algo así y creo que mis amigos tampoco!PATRULLERA

La patrullera se balanceaba y en el lago las olas eran amenazantes: imagínense una taza con agua que es agitada violentamente y claro, el agua no tiene para dónde ir. Estábamos en medio de una inmensa taza de agua a merced del viento y las olas que levantaba este, además del granizo que caía y los rayos que bajaban como flechas luminosas, sin contar con los truenos que retumbaban tremendos.

Mojados y soportando las piedras (porque eso era el granizo), nos pusimos a contar los rayos que caían, haciendo competencia, repartidos, sentados en cubierta a babor y a estribor. Estoy seguro que esa competencia era para espantar el miedo que teníamos.

De pronto el motor de la embarcación tosió y se detuvo. De nada valieron los intentos de ponerlo en marcha: “Hay agua en  el tanque”, nos explicaron. Eso quiere decir, pensé, que estamos a la deriva y que lo mejor era comunicarse por radio para que vinieran a remolcarnos. “No podemos, porque si quitamos el capuchón de jebe a la antena, nos puede caer un rayo”. No sé si lo dijeron por asustarnos más, pero ahí estábamos, a la deriva en el lago más alto del planeta y con una tormenta de órdago encima…

Pasaron unas horas de verdad angustiantes, hasta que alguien vio a lo lejos una embarcación que se acercaba. Un rayo de luz blanca nos llegó y supimos que era otra patrullera: ¡habían salido en nuestra búsqueda!

Nos contaron después, que preocupados por la demora y la falta de comunicación, habían pensado que los contrabandistas, que hacía poco habían atacado a otra patrullera,  lo habían hecho con la nuestra, fondeándola.

Esto nos lo contaron al llegar al puerto y ver que la nieve se acumulaba demostrando que había sido una tormenta inusualmente fuerte: ¿Fuerte? ¡Terrible! Especialmente para unos citadinos limeñitos, que la recordarían como la Madre de todas las tormentas.

Lo demás, es en realidad lo de menos.

El regreso a Arequipa, lo hicimos en tren, de noche, en un vagón (de tercera, supongo) que tenía vidrios faltantes en las ventanas y donde hacía tanto frío que estábamos acurrucados en el suelo, abrazándonos para darnos calor y compartiendo una “chata” de pisco innombrable que además de quemar nuestras gargantas, nos hacía la ilusión de calentarnos por dentro.

¡Ah, me olvidaba!, el P. León, que un tiempo después dejó de ser sacerdote, nos contó una noche, que había organizado un grupo defensista, que se llamaba “Los corderitos del Niño Jesús”.

Cosas de un altiplano evidentemente violento y de hace como 50 años…

 

 

Todas las fotos son referenciales y no sISLA TAQUILEon exactamente lo que vimos/vivimos.

LA FIESTA INOLVIDABLE (Nada que ver con la película)


GELATINA

Era una fiesta a la que nos había invitado el amigo de un amigo, porque su hermana le había contado que su amiga (a la que festejaban) necesitaba hombres que sacaran a bailar a las chicas. El sábado en la tarde a eso de las cuatro era la cita, en un segundo piso, entre las avenidas San Martín y Grau, cerca del monumento.

Estábamos en esa edad en que se va dejando la niñez para entrar a una zona desconocida, donde el mundo parece pequeñito y cabe en el bolsillo; bolsillo en el que todavía queda alguna canica que convive con la llave recién estrenada (“¡Sé responsable!”) de la casa.

Esa edad en que tratábamos de entrar al cine Zenith a las películas catalogadas como “para mayores de 18”, porque ya las cowboys iban quedando atrás. La edad en que aspirábamos a abandonar el cascarón, sin darnos cuenta de lo que se venía.

Pero era sábado y nos habían invitado a una fiesta con baile… Hicimos un previo reconocimiento de la zona y vimos que por unas escaleras estaban subiendo sillas: ¡era el lugar! Mucho antes de la hora, nos reunimos los cuatro, provistos de varios sobrecitos de “Sen-Sen” (pastillitas minúsculas que sabían a anís) para el aliento y compartimos la cajetilla de cigarros con filtro que habíamos comprado al crédito en “Perico”.

Llegó el momento y tocamos la puerta. Nos hicieron pasar, subimos la escalera, e hicimos nuestra entrada. Era una sala-comedor con las sillas en fila, pegadas a las paredes, una mesa llena de sanguchitos caseros, de esos de paté, de queso y de jamón, de pasta de aceituna y las butifarritas con más salsa criolla y lechuga que jamón; también había dulces pequeñitos: alfajores de miel y manjarblanco, güargüeros, “pañuelitos” rellenos, bolitas de mazapán y canela y claro, vasos con gelatina…

En las sillas estaba acomodada la parentela a la que saludamos para después abrazar a una desconocida que era la del santo; no estaban ni el amigo del amigo, ni el amigo mismo: éramos al parecer los primeros en llegar y los únicos hombres en la fiesta, salvo dos tipos grandes con pinta de aburridos y de tíos. Nos sentamos, para ver qué pasaba y de pronto una señora gorda puso un disco de moda y palmeó: “¡A bailar todo el mundo!”. La música sonaba y nadie se movía, hasta que uno de los hombres con pinta de aburrido, sacó a bailar a la señora gorda. Sonó el timbre y la señora dejó a su pareja y se fue a abrir la puerta; pasados los instantes que toma el subir las escaleras, aparecieron el amigo del amigo, el amigo y como cuatro más. Por lo menos, éramos más y de algún lugar (seguramente un cuarto) salieron varias chicas con la dueña del santo que había hecho mutis nada más saludar.

Las chicas se reían y la señora gorda puso otro disco para “animar la fiesta”. Cuando todos bailaban, menos nosotros cuatro, la señora nos dijo: “A bailar, a bailar…; no se aceptan desaires. Si no bailan, se van… ¡La puerta está abierta!” Carlos, sin mirarla siquiera, dijo bajito y claro: “¡Ciérrela que hace frío!

Ahí acabó la fiesta. Para nosotros, claro.

 

POLVO PLATEADO


 

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De pronto Pierce salta y ataca, amagando a una polilla que se va fácilmente volando a refugiarse, lo más alto que puede, en la pared. Frustrada su intentona, se echa cuan larga es Pierce,  montando guardia por si desavisada la polilla, vuela de nuevo, baja y se convierte en presa.

Cierra los ojos y finge dormitar, aprovechando un rayito de sol. Ese sol otoñal que no calienta mucho, pero es mejor que nada.

Tan solo las orejas se orientan captando los ruidos amortiguados de la calle: sonidos familiares, nada inquietante que merezca salir de la comodidad de “su” rayo de sol. Tal vez ya se olvidó de la polilla y sueña con veranos; quizá se vea en el jardín, cazando mariposas y mirando como los colibríes vuelan cual helicópteros sobre las flores para escapar veloces y desaparecer.

Tal vez no sueña ni imagina nada y se hace la dormida esperando el momento de saltar.

De pronto la polilla deja su sitio en la pared y evoluciona hasta llegar al suelo: el salto se repite y entre las patas delanteras de Pierce hay un polvo plateado.

Foto: “Pierce” por Malú Carrillo.

¡Hasta la próxima polilla, porque no hay colibríes en la sala!

VENGO DE OTRO MILENIO


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Sí, como la mayoría de los que lee esto, nací en el milenio anterior. Un tiempo cercano pero que cada vez se aleja más, porque la velocidad aumenta siempre y los días pasan borrosos vistos desde las ventanillas.

Vengo del mismo tiempo que mis padres y abuelos que vieron maravillas, pero tal vez no tantas como yo.

El asombro no me ha dejado nunca y aquello que parecía un sueño o estaba en los libros como simple ficción, hoy se lo desecha porque ya hay reemplazos avanzados que no se imaginaron.

Sí, vengo de un tiempo donde todo era más lento y uno se paraba a pensar; donde todo duraba y no existía la programación de obsolescencia que siembra hoy de urgencias nuestro diario vivir.

Vengo de otro tiempo: del barrio, el trompo, el juego de canicas… ¡el tranvía! Vengo de los veranos de “Baños de Barranco”, vengo de las retretas en el parque y los patines “Winchester”. Vine antes que la televisión, el fax, las guitarras eléctricas e Internet. Soy un “pre-celulares”, las fotos en color no existían ni el Twitter, o Facebook ni  Instagram.

 

 

Vengo de otro milenio y no es que me sienta viejo: soy un afortunado porque me ha tocado vivir “tiempos interesantes”.