PEQUEÑA VENGANZA


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Cuando yo era chico, a veces se me hacía tarde después del almuerzo y para llegar al colegio que quedaba en Lima, a buena distancia de Barranco, en vez del cotidiano ómnibus, tomaba un colectivo que me llevaba rápido, aunque luego me tocara caminar desde la plaza San Martín a La Colmena.

El colectivo era una institución y entre Lima y Chorrillos existían dos “líneas” oficiales: la “81” que iba hasta Miraflores y regresaba dando la vuelta a la altura de la quebrada de Armendáriz, recorriendo de subida y bajada la avenida Arequipa y la “96” que hacía el recorrido completo, pero usando otra ruta; la que iba “por atrás” usando la Panamericana Vieja (hoy República de Panamá), hasta desembocar en una Lima que era más chiquita y nos parecía inmensa, a la altura del First National City Bank, en La Colmena, pero en la cuadra “de más allá” de la Plaza San Martín.  En cada colectivo se acomodaban cinco pasajeros y generalmente los autos de la “96” se llenaban en Barranco y hacían el trayecto “directo” hasta Lima.

Bueno pues, una tarde cualquiera, tardé más de la cuenta y tuve que “subir” en colectivo para llegar a tiempo al colegio.

Tocaba clase de educación física y yo llevaba la camisa de gimnasia, blanca, de manga corta y bajo el pantalón gris, el short correspondiente que era celeste y con un monograma con la CI, bordado en blanco. Saco azul, zapatos negros y en un maletín las zapatillas y una toalla; un par de libros, un cuaderno y un “block de borrador”: equipaje completo.

Bajé del auto y  después de cerrar la puerta, el chofer, furioso, me increpó, porque la había tirado y eso no lo iba a permitir: un “mocoso tal por cual” aderezado con abundantes ajos y cebollas, hizo que me asustara, porque no era cierto: yo no había tirado la puerta. No supe qué decir y me fui rápido, casi corriendo, seguido por sus voces. Pausa y cortina.

Luego de varios años, trabajé en la Municipalidad de Lima. Eran tiempos de “Chachi” Dibós como alcalde, gobierno militar y yo estrenaba el puesto de director (¡a mi edad!) de la inspección de pueblos jóvenes (o sea, las antiguas barriadas). Estaba allí por obra de Monseñor Bambarén y porque Gustavo Noriega era el Concejal de Pueblos Jóvenes (Gustavo había sido mi compañero de colegio, un par de promociones adelante y los dos trabajamos con Bambarén en su Oficina de Pueblos Jóvenes del Perú).Yo llevé mi entusiasmo; me dieron instrucciones, un sitio de trabajo, camioneta de la Municipalidad con chofer, me indicaron quién era el personal y  todo lo demás lo aprendí con el tiempo.

El hecho es que el chofer se presentó y a la hora de salida me llevó hasta mi domicilio. ¡Qué importante me sentía con cuello y corbata, un empleo oficial y camioneta con chofer!

Pasaron los días y la novedad de ser recogido, llevado y dejado al fin del día en mi casa, se hizo una rutina; conversando un día con el locuaz Felipe (lo llamaré Felipe), se me hizo la luz (porque había estado pensando que yo lo conocía de antes) y le dije: “Felipe, usted y yo nos conocemos de antes”. Me miró sonriente e incrédulo por el espejo y me dijo que tal vez me equivocaba. Le respondí que no; “¿usted no trabajaba en la “96”, con un Chevrolet verde?” le dije.

Volteó para mirarme y siguió sonriendo: “¡Claro! Yo hacía colectivo entre Lima y Chorrillos. ¿De ahí nos conocemos?

” le dije “y usted un día en que yo era su pasajero hace ya muchos años, pensó que había tirado la puerta al bajarme y me mentó la madre. Claro, yo era un chico y me asusté. Usted era mayor y yo, que no era culpable, y no supe qué decir. Me fui corriendo”. Paró la camioneta y trató de convencerme que me equivocaba de persona: no pudo. En silencio, volvió a arrancar y me dejó en mi casa.

Desde ese día y mientras estuve en la Municipalidad, no volví a mencionar el tema y él tampoco. Su locuacidad se acabó y yo pensé que pensaba que la vida da vueltas y que el mocoso conchasumadre de una tarde, era ahora, por cosas del destino, su jefe.

Nunca le dije nada; pensé que mi pequeña venganza era que él y yo sabíamos. Nada más.

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PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

LOS TRES AÑOS DE McMANU


Ayer cumplió tres años nuestro nieto Manu, “McManu”, al que le gustan McQueen y sus amigos, los automóviles de la película de dibujos animados.

Cuando podemos lo vemos por la computadora y disfrutamos de sus avances en lenguaje, genio y crecimiento.

Es que mide un metro y algo, habla como un loro y “dice claramente “más tarde” cuando su mamá quiere que haga algo de inmediato.

Los nietos que han ido viniendo espaciados, con la mayor de 18 años y la última de cinco meses, son tres, como la edad de McManu. Son tres que vinieron trayendo una alegría diferente a la que nos dieron las dos hijas. Será tal vez que como dicen los padres educan y los abuelos engríen, no lo sé, pero es un hecho que hay responsables directos que son sus padres y aunque no los hayamos “malcriado”, siempre hay una actitud más relajada, permisiva, con respecto a ellos.

Tener nietos es una aventura diferente de la que significa tener hijos. Yo diría que es como un libro entretenido de Emilio Salgari, que uno vuelve a leer y como que ya sabe lo que sucederá y lo disfruta mucho más. Hay años y experiencias de distancia. Las aventuras lo siguen siendo, pero cada pasaje se siente rico y sin urgencias. Aprendimos que adelantar las páginas no nos conduce a nada sino a perder tesoros que brillan a cada paso.

Con esto no quiero decir que no disfrutáramos de nuestras hijas, pero a veces estábamos muy ocupados tratando que hicieran lo correcto y nos distraíamos. El proceso de crecimiento requiere de atención y concentración, que no nos faltan ahora con los nietos, pero como dije antes, hay como un mirar distinto y, la palabra no es exacta, benevolente.

No puedo dejar de escribir sobre esto, porque sé que aunque no sea muy interesante, los tres son una luz que va alumbrando  el camino, a una hora en que el crepúsculo va haciéndose presente.

EL MG ROJO.


Dicen que el automóvil es la prolongación de la personalidad de su dueño. Mi primer auto fue un MG descapotables, modelo “Midget” color rojo, que compré a mi  amigo y compañero de colegio “Chito” Palacio, antes de que él viajara a Italia a hacerse famoso como tenor de ópera.

Fue Alicia, que era mi enamorada, y es mi esposa ahora, quien me ayudó a pagarlo. Tener un pequeño auto, descapotable, era un sueño para mí en ése entonces y gracias a ella lo hice realidad.

El MG fue comprado sin aún tener yo brevete ni saber manejar bien.  Lo llevé hasta la casa de un tirón, desde San Isidro, donde vivía “Chito”, hasta Barranco. Llegué a 28 de Julio 402 y guardé el auto en el garaje. Era el ser más feliz de la tierra. Esa noche me puse a lustrarlo y a pavonearme en casa.

Nunca me había sentido tan bien, tanto que con Alicia decidimos hacer bendecir el auto y mi impericia al manejar, hizo que al volver, en el malecón Paul Harris, de Barranco, me subiese a la vereda, chocando el recién bendecido autito.

Muchas aventuras pasé con él y también las pasó mi amigo Lucho Peirano, a quien de vez en cuando se lo prestaba. Una de las anécdotas que recuerdo es que Lucho, con gorra y fumando en Pipa, fue un verano en el descapotado MG al centro, al una cita en el TUC, por la tarde, y en plena avenida Wilson, se le plantó el auto. Supongo que antes de convertirse en anécdota, el hecho provocó en él, suficientes maldiciones como para que las recuerde hoy. Sólo de imaginarme a Lucho, vestido como un intelectual, empujando el llamativo carrito (no habían muchos así, en Lima entonces) en pleno tránsito limeño a una hora punta, no sólo me reí entonces, sino que sigo haciéndolo ahora.

Otra historia del MG rojo sucedió al volver una noche lluviosa a casa, con mi primo y compañero de aventuras, Pancho Gómez de la Torre, que en esa época estudiaba ingeniería en la UNI y vivía en casa, en Miraflores tomamos por el malecón y los neumáticos del carrito, lisos y sin cocada alguna, resbalaron por la pista acercándonos peligrosamente a chocar contra un muro o a desbarrancarnos. El único limpiaparabrisas que funcionaba, lo hacía mal, atracándose  y no veíamos prácticamente nada. El MG daba bandazos y yo aceleraba todo lo posible y maniobraba para “salir”, con Pancho gritándome, tan asustado como yo y totalmente ignorante del asunto “frena! Frena!”, para que la zarabanda terminara, sin saber, como lo intuía yo, que si frenaba, resbalaríamos patinando sobre la superficie lisa de los neumáticos. Por fin terminó todo y nos detuvimos, bajo la lluvia, yo a tomar aliento y ambos a dejar de temblar y comentar lo cerca que habíamos estado de.

Son muchos los cuentos que guardó este autito inglés, que tenía una bocina dual accionada por dos botones del tablero (uno para cada tono) y que se escuchaba perfectamente… Dentro del vehículo!

Mil y una correrías me llevaron entonces a mi, que era u n muchacho intelectualón y bastante sano, a ofrecer una imagen de joven “play boy”, que costaba bastante mantener.

Pancho Sandoval era el mecánico al que acudía yo en los momentos difíciles, era el mecánico en el confiaba. Creo que el MG pasó más tiempo en su taller de la calle Catalino Miranda, en Barranco, que en mi poder. Era todo un trámite, por  ejemplo, armonizar los dos carburadores “Weber” de botella y evitar que el cochecito temblara como un poseído. Fue Pancho Sandoval quien me compró al final el MG y me contó que un día de verano (los descapotables están hechos para el sol), siendo ya el feliz propietario, por la vía expresa (maliciosa y comúnmente llamada “El Zanjón de Bedoya”), decidió, por u n instante, sujetar el timón con las piernas y tan temeraria, como corta maniobra, terminó con la rueda del volante sobre las piernas de mi amigo y mecánico y el carro chocando contra una pared  del  famoso “zanjón”. Hay mucho que el MG rojo, hoy seguramente desaparecido, contaría si pudiese hablar y le preguntáramos. Ah! Era de 1963 y las ventanas s de marco de aluminio y lunas de plástico corredizo, se atornillaban a las puertas.

FICCIONES


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Levantarse temprano un día cualquiera y que el taxi que nos lleva a la universidad ruede por avenidas y calles pavimentadas, donde los semáforos funcionen, los peatones crucen por las esquinas y la gente de a pie se salude.

Que los alumnos lleguen temprano, no bostecen de sueño y presenten los trabajos que se les pidió sin necesidad de recordárselo.

Que el correo electrónico no parezca un basurero con cantidades apilables de spam.

Que al ir de la universidad a la oficina los microbuseros no abusen del tamaño de sus vehículos, no compitan por el pasajero, se detengan en las esquinas y no a mitad de la cuadra.

Que los cobradores de los micros no pregonen a gritos su destino.

Que a ningún alcalde se le haya ocurrido romper pistas para “recuperarlas” y que los huecos que la capa asfáltica ofrece sean solamente un mal recuerdo.

Que las compañías privadas que construyen edificios en cualquier calle o avenida no se apropien del orden del tránsito, bloqueándolo o convirtiéndolo en un difícil slalom.

Que los policías no se hagan de la vista gorda ante el frenesí con el que los microbuseros infringen y destrozan minuciosamente cada norma y regla del tánsito.

Que los vehículos den preferencia a los peatones.

Que los peatones no crucen con luz roja, por media cuadra o lo hagan distraidamente.

Que los peatones no caminen y crucen hablando por celular o escuchando por los audífonos sus I Pod.

Que los delincuentes se olviden de lo fácil que resulta arrebatar carteras, maletines o celulares a quienes caminan por calles y jirones.

Que los niños, mendigos y vendedores ambulantes no asalten las ventanillas de los autos.

Que los limpiadores de lunas comprendan de una vez por todas que nadie les dará nada por ensuciarlas, como hacen.

Que los choferes se den cuenta que la bocina no acelera ni las luces rojas ni el tránsito.

Que los vehículos oficiales respeten la norma de no usar sirenas ni circulina.

Que los choferes de microbús hagan caso cuando los pasajeros les rueguen bajar la velocidad.

Podemos continuar con las ficciones, porque todavía no hemos llegado ni a la mitad del camino en un día cualquiera. Seguiremos…

PERRO RESCATA A PERRO


Mi amigo Christian Mac Lean publicó este video en su Facebook.

Lo busque y hallé en Youtube para compartirlo a través del blog.

Reflexiono acerca de la capacidad que los animales tienen y que parece ir mucho más allá de lo que creemos. Por lo pronto, la frase del filósfo: “Mientras más conozco a la gente más quiero a mi perro” no sólo cobra una vigencia inusitada sino que se convierte en un axioma.

Es muy hermoso el video.

EL ADOQUÍN ES CHIC.


Adoquín Consumer Eroski diario del consumidor, España.

San Isidro y Miraflores están siendo adoquinados en ciertos lugares.

Encontramos adoquines en veredas, “pasos de camello”, pistas y neo-paseos peatonales.

Adoquines, está demás decirlo, que aportan un concepto estético a la selva urbana donde los huecos, baches y otros crean un paisaje casi lunar.

El adoquín, que en Arequipa desde antiguo era el común en las calles y servía a universitarios y protestatarios para levantar barricadas, negro pizarroso él, ha hecho su ingreso a la modernidad.

El adoquín es “chic”. Muchas veces de color ladrillo (debe ser un ladrillo chato y pequeño, un poquito mayor que los de revestimiento) o gris; en realidad por su calidad pareja denota ser un producto de maquinaria.

Los alcaldes rompen calles que tan mal no estaban, ponen bermas centrales en avenidas de dos sentidos para evitar que los vehículos den “vuelta en u”, cierran el tránsito o lo dificultan, no suelen poner avisos sobre las interrupciones, impiden que los vecinos guarden sus carros en los garajes de las casas, llenan todo de tierra y claro, entre otras obras que debemos soportar “porque mañana las cosas serán mejores”, colocan adoquines.

La pregunta que flota en el ambiente es: quién fabrica y vende estos adoquines? Qué curioso que de pronto el “embellecimiento” de diferentes distritos use adoquines para lograr su fin. Es que hay alguien interesado en colocarlos? Es que son lo único existente para tal efecto? Es que se trata de uniformizar el paisaje de los suelos urbanos?

Como diría Augrha, el personaje de “The Dark Crystal” -hermosa película de Jim Henson- : “Preguntas, preguntas, preguntas. Haces demasiadas preguntas..! “