SUPLUC-SUPLUC


supluc supluc

Las onomatopeyas sirven para identificar algo por medio del sonido que produce; por lo menos yo lo interpreto así; es la imitación vocal de un sonido determinado para significar aquello que lo produce.

 

Sesuda introducción para escribir sobre algo –precisamente una onomatopeya- que me fue “revelada” cuando éramos chicos, creíamos casi ciegamente en lo que nos decían las personas cercanas y no nos complicábamos con todas esas cosas que fuimos aprendiendo mientras crecíamos; mi mejor amigo me dijo un día: “¿sabes cómo se conoce si un melón está maduro…?”, la pregunta me cogió de sorpresa y después de pensar que nunca me había preocupado por la madurez de los melones (ni de ninguna otra fruta, porque la que comía en casa no estaba verde y mi mamá me había dicho que si comía fruta verde me iba a doler la barriga), le dije lo que era evidente: ”no sé”.

 

Me instruyó diciendo: “Agarras el melón, te lo pones junto a la oreja, lo sacudes y si hace supluc-supluc, es que está maduro”; obviamente le creí porque me confesó que lo sabía porque se lo había dicho un peón del campo, que era alguien que sabía…; admito que nunca verifiqué la información y el “supluc-supluc: ¡maduro!” entró a formar parte de nuestras frases hechas, con un guiño a la complicidad; pero hoy, por esas cosas que la memoria tiene, saltó de su cajoncito de archivo la onomatopeya varias veces y decidí que era algo sobre lo que querría escribir y que a ustedes tal vez les daría curiosidad leer…

 

 Claro, cuando mi amigo lea esto, seguramente le va a pasar lo que a mí y es que es verano y el gran sillón-perezosa con cojines floreados aún está balanceándose suavemente  en el patio de su casa, con nosotros allí, conversando y comiendo uvas verdes, que por si acaso no es que no estuvieran maduras, sino que son de ese color verde clarito y que por aquí llamamos Italia.

Imagen: cuantas-calorias.org

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LLAMADA EQUIVOCADA


LLAMADA EQUIVOCADA

Recibí una llamada al teléfono celular desde un número que no tenía registrado y se cortó antes de yo poder decir “¿Aló?”; llamé, dije que acababa de recibir una llamada de ese número y la voz que me respondió, luego de unos segundos de desconcierto, evidentemente cortés (porque no sabía con quién hablaba), me dijo que iba a dejar los libros en la dirección que le había dado… ¡Reconocí la voz del amigo de tantísimos años y con el que ahora nos vemos tan poco…!

 

 “Marcaste mal, hermano, ¡qué gusto de escucharte!” dije  y me identifiqué. Ciertamente, él quería llamar a otro Manolo (es que el sobrenombre es bastante común, de tantos que somos los Manueles) y el azar hizo su trabajo; conversamos, nos reímos mucho y él quedó en cumplir la promesa hecha hace más de un año en su última visita, de volver para charlar y tomar un café. “¡Tengo que llevarte mi última novela, para que la leas…, ya estoy por terminar una nueva…!  dijo.

 

Tengo que precisar que nuestra amistad empezó hace muchos años, cuando ambos trabajábamos en publicidad, en diferentes agencias y éramos directores creatios, con la diferencia de que él escribe, dibuja, pinta, ha ganado concursos internacionales de caricatura y yo solamente escribo y dibujé algo allá por mi niñez y adolescencia; él es diez u once años mayor y sigue en la publicidad por su cuenta, creando como siempre, pinta, dibuja, y… ¡escribe novelas! Es casi un obsceno ejemplo para mí, que escribo poquito y sé que nunca podría escribir una novela, que dejé de dibujar (mis compañeros de colegio se acuerdan de mí por los dibujos) y que le agarré el gusto al estilo corto que se usa en la publicidad para escribir, a ser ahorrativo en palabras y rico en imágenes descritas.

 

Escribir novela, para mí, sería como escalar una montaña agreste y elevada sin más ayuda que la que brindan las manos y los pies; claro que también están el impulso y el deseo de coronar la cima, pero creo que lo que sucede es que soy flojo y miedoso, prefiriendo siempre las amables colinas no muy altas y aunque el paisaje que se vea desde ellas no es tal vez comparable a la vista desde la cima del picacho, pienso que el azar (ese que hizo que hablara con mi amigo) puede impedir, con nubes,  la vista imaginada…

 

 

Sé que van a decir que soy un conformista y que me quedo a medio camino, pero es que aprendí a disfrutar del mismo y me gustan las colinas: las alturas como que me marean un poco.

 

 

Creo que está bien así y como le dije a mi amigo, mientras él escribe novelas, yo escribo solo unas líneas; me respondió que lo importante era escribir.

 

Después, nos deseamos feliz navidad.

 

Imagen: http://www.youtube.com

HABÍA UNA VEZ…


LUCHO Y MANOLO

Eran dos niños que se conocieron allá por 1952, en el siglo pasado, cuando empezaban la vida de colegio; se hicieron amigos desde kindergarten, vivían cerca, en un Barranco soñoliento y casi pueblerino compartiendo travesuras, aventuras y sueños.

 

Tenían la esperanza atada a los zapatos para andar por la infancia y por una adolescencia que vino con canciones, alguna que otra chica, bicicletas, veranos y esos dos amigos, “Chino” y Carlos, con los que desde siempre fueron inseparables.

 

El tiempo dividió el camino y se adentraron por parajes distintos pero se reunían y se reúnen todavía cuando un paisaje merece compartirse…

 

Los hijos –esa prolongación maravillosa- y los nietos, vinieron para hacer de la vida la Aventura Soñada que no estaba en los libros de Salgari ni en las películas del Far West a colores que el cine “Balta” ponía en matiné.

 

Han pasado los años y al ser 12 de octubre nuevamente es cumpleaños de Lucho, que por solo por unos meses resulta ser el mayor de los cuatro que corretearon juntos ese viejo Barranco que dejó de ser pueblo y que ellos dejaron a su vez para andar por la vida…

 

Hoy, una llamada telefónica, el abrazo virtual y este pequeño escrito llevarán el cariño del amigo al amigo que lo conoce tanto.

VOLÓ HASTA LOS LUCEROS


VOL+O HASTA LOS LUCEROS

Nuestro amigo y compañero de colegio, “Piolín”, Jaime Paredes, se fue ayer domingo y nos espera, tranquilo como siempre, allí donde todos iremos más tarde o más temprano.

 

“Piolo”, te llevaremos chocolates: haznos un sitio, hermano.

 

 

 

Imagen: quierodibujos.com

ROMÁNTICOS Y MUSICALES


 

CON LUCHO.

Cuando adolescentes, Lucho y yo éramos bien románticos y musicales; en realidad el que hacía música era él que tocaba guitarra y no yo que, aunque me gustaba la música, ya conté más de una vez que de chico me pidieron que “cantara en mudo” el himno nacional, porque desorejaba a todo el colegio: desafinado pero entusiasta…

 

No sé por qué me ha venido a la memoria algo que escribí hace tantos años y que Lucho le puso música; nos gustaban mucho las zambas argentinas (no las argentinas “zambas”, aclaro; considerando que “zambo” o “zamba” se le dice a quien tiene el “pelo- pasa” –a mi madre le decían así, de cariño-).

 

En el negro de tu pelo

la noche ha caído entera

y los luceros del cielo

que guían al caminante

han marcado mi camino

a tu negra cabellera…

 

La noche cayó en tu pelo,

y en tu negra cabellera,

solos quedan los caminos

sin luceros, sin estrellas.

 

Solos quedan los caminos

Sin luceros, sin estrellas…

 

 

Sí, Lucho era músico y yo “poeta”: unos aspirantes a ser Atahualpa Yupanqui (con perdón del Maestro, al que admiramos hasta hoy); curiosamente no recuerdo ninguna incursión más en las composiciones y supongo que allí quedó el intento, pero nuestro romanticismo musical estoy seguro que nos hacía ver cielos llenos de estrellas en el, casi permanentemente gris, cielo de Lima.

 

Lucho es sociólogo,  actor y director de teatro, maestro universitario, ha sido decano de la facultad de comunicaciones de la Católica, ministro de Cultura, sigue tocando la guitarra, pero por sobre todo es mi amigo; ése al que cuando teníamos siete años vomité en el hombro el día de nuestra primera comunión en el colegio, para molestia de Doña Rosaura y confusión de mi madre.

 

Lucho, el “pata” de toda la vida, el que siempre está; con quien caminábamos interminablemente en las noches barranquinas, desde su casa hasta la mía y de regreso una y otra vez, conversando de todo lo que un muchacho puede conversar con su mejor amigo…

 

Caray, ¿saben?, el versito ese me está llenando de recuerdos y me parece que mejor no los canso más y preparo un café…

siemprequisetocarlaguitarra.wordpress.com

 

 

Imagen: siemprequisetocarlaguitarra.wordpress.com

LA MARIPOSA BLANCA.


WWW. taniga.net

Hay días en los que algo hace que la tristeza se vaya por un rato y es precisamente de eso que me ocurrió ayer, quiero contar; por correo electrónico me enteré de la triste noticia que anunciaba el fallecimiento de Iván –“Pipo”- Rivera que fuera amigo y compañero de clase en el colegio desde el 52.

 

El recuerdo de Iván me lleva a las clases en las que el aula se dividía en “Roma y Cartago” con sus banderas respectivas –una azul y otra roja- en competencia diaria, con puntos que se iban anotando en la pizarra y que decidirían al ganador al terminar el mes; lo estoy viendo sostener la enseña victoriosa y sonreír, modesto y contento.

 

Iván Rivera Flores, el amigo entrañable que fue algún tiempo después Ministro de Industrias, trabajó en el Banco Mundial; el “Pipo” buena gente, el que enseñaba medio año en Washington en la universidad y el otro medio en Lima; el que pese a sus dolorosas diálisis, creo interdiarias, era el Iván de siempre reflexivo y certero , el mesurado.

 

Estuvo a visitarme hace como tres años, cariñoso, preocupado él por mi salud, como si para él fuera lo más normal vivir con sus dolencias que siempre vi más grandes que las mías y que usé muchas veces como el mejor ejemplo de entereza; al despedirse me dijo “nos veremos de nuevo cuando vuelva de Washington para seguir charlando”…

 

Ayer, a la hora del almuerzo, cuando voló, entrando por la puerta-ventana abierta una mariposa blanca, de inmediato pensé que era Iván y que me hacía el honor de venir hasta aquí a despedirse; luego salió como había entrado y se perdió, volando; ¡adiós Iván, feliz vuelo!: saluda a los amigos allá por los luceros y recuerda que todos por aquí te queremos mucho.

¡Gracias por ser amigo!

 

Imagen: http://www.taringa.net

 


 

ALFREDO.


alfredo-goitre

Te has ido, Alfredo Goitre, para encontrarte con Julio y con Marcos.

Estamos un poco más solos y muy tristes.

Escribo en plural esto último porque sé que interpreto el sentir de quienes fuimos y seguiremos siendo tus amigos.

Chau Alfredo, nos estaremos encontrando  con Julio en “La Calesa”, donde Sammy, para almorzar, tomarnos el whisky del estribo  y regresar a dictar clases.