REVOCADORES


Revocar

El ambiente limeño anda tenso, alborotado y dividido.

La posibilidad de revocar a la alcaldesa ha abierto las compuertas para que entre flotando de todo. Desde basura previsible hasta aletargados “bañistas”.

Hay que darse cuenta que el orden no gusta a muchos habitantes de Lima: están felices con tránsito caótico, servicios informales y ofertas de fruta podrida. “Déjalo así nomás hermanito” parecen decir, pidiendo que no se mueva nada que pueda alterar el statu quo. Nada que altere en algo una tranquilidad arrullada por las moscas.

Y claro, si hay quienes aseguran que pueden conseguir que esto suceda, las preferencias irán hacia ellos. Nada va a cambiar y los negociados seguirán sus rutas por sobre la cabeza de la gente indolente, que antes votaba por quien les daba pisco y butifarras; gente que hoy sigue a los modernos flautistas de Hamelin que propugnan continuar con la fiesta mientras la realidad toca, ignorada, las puertas.

Basta ver quienes se juntan para propulsar la revocatoria y nos daremos cuenta de qué se trata. Se trata de impedir que las cosas cambien, recurriendo a todo a lo que nos tienen acostumbrados: la mentira, las trampas, los delitos. El avispero se ha alborotado, porque alguien ha interrumpido la paz de las avispas que saldrán, furiosas, a picar. De pronto hay quien puede malograr sus proyecciones y hay que hacer lo que se sabe hacer tan bien, para eliminar la amenaza.

Lima está dividida entre los-que-ya-conocemos y una brigada de limpieza. De limpieza moral, que es lo que más aterra a los revocadores.

 

 

 

LA LEY Y EL ORDEN


Poco a poco van ocupando el lugar que les corresponde. El cumplimiento de los preceptos que permiten una mejor vida social, tan venidos a menos, pareciera estar tomando cuerpo y la ciudadanía se está dando cuenta que las bravatas delincuenciales son solo eso: pompas de jabón sucias que se revientan al chocar con lo que debe ser.

Ha bastado que se mantenga la firmeza necesaria frente a lo que daña a todos, para que la cobardía retroceda. Pero ¡cuidado! Este es solo un retroceso para volver a aparecer usando cualquier resquicio: la delincuencia no duerme y siempre estará buscando por donde atacar. Por eso es tan importante que la ley y el orden entren a tallar y sean comprendidos y bienvenidos por todos.

Estamos empezando a comprender que no se puede vivir sin ellas. Que el reino del “déjalo así nomás, no te preocupes, nadie se va a dar cuenta” debe ser borrado para siempre y tenemos que buscar los caminos, porque atajos y vericuetos, pueden llevarnos a la desgracia.

Estoy seguro que hay una sensación de verdadero alivio al ver que al toro se le toma por las astas y no se “marea la perdiz” con declaraciones que son disculpas. Todos hemos celebrado la actitud de la alcaldesa, menos los “damnificados” que pretendían continuar medrando y los que les servían de caja de resonancia,  tratando de mezquinar el hecho, diciendo como hubieran actuado ellos. Por fin parece no haber lugar para las medias tintas y de eszo debemos alegrarnos.

 

LA LEY DEL TALIÓN


DISCULPEN QUE SEA REPETITIVO…

 

(latín: lex talionis) se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido. El término “talión” deriva de la palabra latina “talis” o “tale” que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica. La expresión más conocida de la ley del talión es “ojo por ojo, diente por diente” aparecida en el Éxodo veterotestamentario.

Históricamente, constituye el primer intento por establecer una proporcionalidad entre daño recibido en un crimen y daño producido en el castigo, siendo así el primer límite a la venganza.

(Fuente: WIKIPEDIA.)

 

Lo primero que se viene a la mente cuando vemos las noticias del caos de “La Parada” es la Ley del Talión. Pienso que si aquí aplicamos esta antigua ley, a quien rompió una pata a la yegua policial a la que hubo que sacrificar, tendríamos que romperle una pierna y luego liquidarlo. Si se aplicara a los delincuentes que saquearon, golpearon y sembraron el pánico, habría que quitarles todo hasta desnudarlos, pegarles hasta no más y aterrorizarlos sometiéndolos a una abstinencia total de su droga favorita o haciéndoles ver la realidad del peor infierno carcelario, suspendidos de una cuerda que se va rompiendo poco a poco hasta dejarlos caer en él.

Esto, la ley citada se dice, es un límite a la venganza y trata de establecer una proporción entre el daño ocasionado por un crimen y el castigo. Es una pena idéntica al daño causado.

En un país como el nuestro donde las leyes parecen estar escritas en el viento o pintadas pon pintura invisible en paredes transparentes, esta primitiva ley tampoco se aplicaría y así la impunidad, una vez más, gracias al dinero, las conexiones políticas, “oficiosas”, o tal vez al miedo, volverá a ser el beneficio de quienes deberían, por lo menos, pudrirse en la sombra.

Es muy fácil echarle la culpa a quien quiere hacer que la ley se cumpla y maniobrar en la oscuridad para crear el caos. Los vándalos tienen azuzadores, los azuzadores jefes y estos financistas. Hay una pléyade de tontos útiles que aplauden a cambio de un vaso de pisco, unos soles o por el hecho de que “otros aplauden”. No nos equivoquemos: los delincuentes son organizados por alguien con intereses propios, que elude dar la cara, porque sabe pagar a quienes la muestran en su lugar, mientras se frota las manos: el viejo truco de tirar la piedra y esconder la mano, o frotársela con la otra de puro gusto.

Oleadas de líneas sobre el vandalismo y películas enteras con las fotos de los delincuente actuando se ha emitido e impreso en pocos días. Artículos y grita en pro de la revocatoria de una alcaldesa culpable de querer lograr una Lima limpia de basura de dos pies y de la otra, nos tratan de decir que todo es su culpa por tratar de hacer que la ley rija y desaparezca la corrupción.

Realmente la basura está saliendo de los vertederos, poniéndose corbata y tratando de convencernos que es olor a rosas la podredumbre que respiramos.

La Ley del Talión es una tentación justiciera y tal vez si se aplicara dejaría limpias las calles, vacías las covachas y desiertas algunas oficinas desde donde se orquesta el pandemonio en que vivimos.