CON P DE PIURA Y PUBLICIDAD


Estuve repasando las fotos que una ex alumna que vino de visita, dejó para que viera. Primero, noté que los años pasaron y segundo, comprobé que los recuerdos se mantienen intactos. Fue hace bastante tiempo, cuando me propusieron ir a dictar unos cursos de publicidad a Piura, al Instituto “Pacífico Norte”. Estaba ubicado en una casona grande pintada de color claro, en la calle Lima número 463, si las imágenes no mienten y la memoria no falla.

Fue un reto el hacerlo y luego una alegría porque encontré que chicas y muchachos querían aprender y saber de aquello que me ha gustado tanto durante toda mi vida: la publicidad.

A pesar que yo iba esporádicamente, nos compenetramos tanto que terminaron haciéndome “padrino” de la promoción, cuando se graduaron y me obsequiaron un juego de lapiceros Cross de oro, que no solo conservo  sino que uso siempre. Mucho cariño sentí en las cálidas tierras del norte, no solo de los alumnos sino de profesores, con quienes conversábamos largamente, uno de los cuales es ahora ministro de Agricultura. Recuerdo que mi amigo, el dueño del Instituto poseía también una discoteca, que tenía en el centro una inmensa lámpara blanca colgada del techo, hecha con miles de conchas…

Las fotografías siguen avivando los recuerdos y solo puedo encontrar momentos gratos durante ese tiempo. Amistades hechas entonces, que ahora se manifiestan con esta visita, por ejemplo. Gracias a ella, nos reímos con las anécdotas, hicimos recuento de sucesos y en general fue muy hermoso volvernos a encontrar.

Tal vez sea porque me gusta la publicidad y me gusta enseñar, que cosas como esta van creando un tesoro invalorable. Que me recuerden después de tantos años me parece maravilloso, porque lo que siempre quise fue transmitirles mi entusiasmo y presiento que lo conseguí.

PURAMENTE PERSONAL


Es puramente personal, pero lo comunico: ha nacido Miranda María, nuestra nieta. Ha venido a ocupar su lugar en la fila que encabeza Daniela María con 18 años y sigue Manuel Eugenio con 2 años siete meses. Tienen en común, aparte del segundo apellido, el número ocho en sus cumpleaños.

Escribo unos días después del nacimiento, porque quiero compartir la alegría que supone la venida al mundo, en este caso, de una niña y porque cuando lo comenté en Facebook, de inmediato llovieron los mensajes y “me gusta”, lo que me ha puesto muy contento y hace que no se borre la sonrisa de mi cara. Es que sentir el calorcito de la amistad en los saludos recibidos, tal como lo repito aquí, es muy grato.

Lo guardaré para Miranda María y se lo entregaré como lo que es: un tesoro. Ese, creo, que es el mejor regalo, porque representa sonrisas y alegría. Representa lo que es bueno en el mundo y por lo cual seguimos caminando: la amistad verdadera.

Gracias a todos por permitirme entregar este regalo.

 

 

 

VOLVER DEL INFIERNO


No puedo dejar de manifestar mi alegría, que es la de todos los que tienen algo de seres humanos, por el retorno de Luis Astuquillca. El joven policía es una muestra de valor. Del verdadero valor que a tantos falta. Hoy es un héroe vivo, pero pudo haber muerto.

Los criminales, disfrazando de ideología su accionar, lo sindicaron como “enemigo”, es decir aquel que impide sus trapicheos. Los nombres para encubrir a esta ralea poco importan: pueden ser el de narcotraficantes, terroristas o narcoterroristas. Lo verdadero es que pertenecen a ese rebaño que puebla las crueles pesadillas del infierno y que se sostiene y actúa por el dinero. Va en busca de él y no se conoce nada que pueda detenerlo, salvo la muerte.

Le dispararon a un ser humano como lo han hecho con muchísimos otros para “avanzar” en un combate que pierde sus raíces en la historia: el del bien y el mal. Porque esos nombres mencionados encarnan el mal que agazapado busca infringir una derrota absoluta para así poder ponerse la piel de cordero y hacer lícito y positivo su accionar.

Luis ha vuelto y eso debe hacernos reaccionar y rechazar profundamente a quienes parecen hacer el juego a los delincuentes. Les hacen el juego con la injusticia, con el latrocinio silencioso que merma hasta dejar exhausta lo que con derecho es la defensa de la sociedad. Les hace el juego porque al igual que a ellos, lo único que les interesa es una cuenta bancaria abultada, no importando que tenga billetes manchados de sangre, que pueda pagar sus lujos de vida cobarde.

¡Qué lástima que la historia se repita y solo los nombres del infierno cambien! Seguimos sin haber aprendido que el bienestar exagerado de unos pocos significa el sufrimiento de los muchos y que la indiferencia es tan mortal como las balas, las minas antipersonales y el napalm.

El regreso de Luis del infierno que ahora tiene otro nombre, tendría que hacer reaccionar al Perú entero y no dejar que sea “el Gobierno” quien se encargue. El Gobierno somos todos y no creo que nadie pueda negarse a salir en defensa de la salud, la decencia y el progreso para todos y no para unos cuantos que se esconden para después unirse al mal y ayudarlo a hacerse pasar por lo que nunca fue.

¡Bienvenido y gracias Luis Astuquillca! Te lo dice el Perú que les debe a todos tus compañeros, los que cayeron, los que aún luchan y a ti, la posibilidad de seguir siendo país.

SELF


He conseguido comprar varios libros con un descuento importante y desde el domingo me estoy dando un banquete de lectura, muy a mi modo, leyendo tres títulos alternadamente. Títulos que no tienen nada que ver el uno con el otro y que me permiten ejercitar memoria, curiosidad y capacidad lectora a la vez.

Caigo a menudo en el tema de la lectura, pero es que para mi resulta tan importante y enriquecedor, que recuerdo los casi tres meses que pasé ciego y todo el otro tiempo largo en que no pude leer y me asombro de cómo mi cerebro se regenerara al punto de lograr descifrar las letras, mi memoria se mantuviera para recordarlas y mi capacidad de comprensión estuviera pronta para poder entender lo que leía. Muchas veces he dicho que la importancia del cerebro es tal, que sin él no seríamos nada: solamente un pedazo de carne que posiblemente lata debido al pulsar rítmico del corazón.

Esto es lo que no llego a entender de quienes adrede atacan al único órgano que nos hace ser. Donde habita el “self” que permite que, valga la redundancia, seamos.

No lo concibo y cuando veo a los boxeadores machacar con los puños la conciencia del contrario y hacer que su cerebro se golpee contra las paredes del cráneo produciéndose hematomas que a veces llevan al desvanecimiento y a la muerte y a quienes consumen drogas, llámense estas cocaína o sus derivados, marihuana, morfina, alcohol, metadona y tantas otras combinaciones formuladas para sacar de su eje natural al órgano pensante, siento que hay una tremenda equivocación.

Muchos viven en mundos paralelos donde respiran colores, ven sabores y escuchan hablar a las plantas. Buscan fugarse de un mundo que no les es amable por miedo a este o por la cobardía de no querer enfrentarlo. Cada vez que pienso en el daño que le he hecho a mi cerebro con el alcohol ingerido y los compuestos químicos del tabaco que fumaba, me admiro lo fuerte que este órgano es para continuar subsistiendo, funcionando y haciendo funcionar mi existencia. Suena melodramático pero no le ponemos interés alguno y se prefiere una operación para bajar la barriga que mantener un estado mental no digo óptimo, pero sano.

Tal vez sean los años y las cosas que me han pasado los que me hacen pensar así. Tal vez, pero ahora aprovecho para poder leer, porque no sé si mañana podré hacerlo o la agudización de un accidente vascular dejará mi cerebro en blanco y a mí como un objeto. No lo sé y trato de aprovechar el tiempo: de sacarle el jugo a las horas y absorber lo posible ¿Para qué? Tal vez porque los que escribieron esperaban que alguien los leyera y aunque desaparecidos ya, sobrevivieran en esas letras que tan amorosamente unieron.

TÍTULO HABEMUS


 

Ayer ha sido un día especial. Pocas veces pongo en un post tantas fotos, pero es que la alegría de recibirlas y el hecho sucedido me garantizan por lo menos las disculpas de mis lectores. Compartir lo bueno es disfrutar mucho más. Por eso muestro las imágenes que gentilmente tomaron ayer en la Universidad Católica, cuando fui ayer a recoger el título de Bachiller en Ciencias de la Comunicación que la Universidad me concedió. La alegría viene por lo ocurrido y porque es un título profesional otorgado gracias a la insistencia de mis amigos para lograrlo y a su esfuerzo para concedérmelo. Este título, que es el primero que tengo y el único, me llena de orgullo porque proviene de la Universidad que quiero, en la que a pesar de no contar con título, me tuvieron como profesor a solo un año de fundarse la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación hasta hace dos. El mérito para nada es mío sino de todos aquellos que de una u otra manera colaboraron día a día en hacer de ese joven al que le gustaba la publicidad, un hombre que ha vivido casi cuarenta y cuatro años actuando en el mundo de la comunicación. Al mirar atrás me doy cuenta de cómo habría avanzado más si hubiese seguido estudios regulares de la especialidad. Al principio no había donde aprender y luego la vida y el trabajo me llevaron por caminos donde detenerse era imposible. Y así seguí tratando de suplir por mi cuenta lo que no podía absorber en las aulas. Los libros fueron mi escuela y el diario vivir lo fue. Pero siempre eché a faltar esa experiencia profunda que da la vida universitaria y que yo veo en cada uno de los muchachos y chicas que por suerte me tocaron como alumnos. Aprendí por el viejo método de acierto y error y apliqué las consecuencias de mis acciones. Desde ayer tengo la alegría de contar con un título profesional, lo que les hubiera gustado ver a mis padres y a mi hermano. Estoy seguro que se alegran conmigo y por mí desde su sitio en la eternidad.

Y este agradecimiento alegre no es solo para mis amigos y para lo que me sufrieron como alumnos, sino para mi familia que supo darme fuerzas y esperanza siempre.

Hoy sé lo que sienten los muchachos que obtienen su título de bachiller, con una pequeña diferencia: ellos son jóvenes y lo tienen todo por hacer y yo cumplí ya 65 años y tengo bastante que mostrar.

Baste decir que soy muy feliz, que este es un hermoso e inmerecido obsequio y gracias a quienes hicieron que sucediera.