FOTÓGRAFOS AMBULANTES


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Escribe en el blog mi amigo CP11, rindiendo un homenaje de recuerdo al fotógrafo ambulante. Y lo merece.

Lo merece no sólo por lo que ha significado a lo largo del tiempo, sino que su anonimato alegraba las tardes de los sábados y los domingos al ofrecer a los paseantes un recuerdo del instante vivido, del lugar visitado o de la enamorada o enamorado con quien se juraba amor eterno. 

Le respondí a su correo personal, contándole que hace mucho tiempo, allá por 1973, cuando escribía cuentos para “Correo”, publiqué uno que se llamaba “El hombre de la máquina” y que debe estar en uno de los muchos fólderes que desordenadamente componen mi archivo entre comillas. Prometí buscarlo y no lo encuentro aún, como tampoco ninguno escrito en ésa época. Pero eso no quiere decir que no me aúne de inmediato a este homenaje memorioso. 

El fotógrafo ambulante, tal como lo conocimos, es una especie extinguida por lo menos en la capital. Es cierto que debe quedar alguno que con su cámara de cajón montada sobre un trípode hace posar a domingueros para la posteridad. Seguramente en provincias también los habrá.

La magia de la fotografía no es fácil de desterrar, cuando uno ve su imagen en un cartón brillante y en blanco y negro. Las máquinas Polaroid en un momento trataron de arrinconar a la fotografía “normal”, la que requería de un revelado que el ambulante efectuaba en el mismo lugar, tomándose el tiempo necesario y alargando la curiosidad. La “polas”  eran instantáneas; al principio en blanco y negro y después en color. Pero resultaban caras y con el tiempo se iban desvaneciendo.  

Hoy cualquiera tiene una cámara digital o un celular que toma fotografías.Es cierto que el placer de la instantaneidad impresa como recuerdo en el momento no existe, pero se pueden ver las fotos de inmediato. Se pueden borrar y volver a tomar.

¿Cuánto cuesta eso?  Nada. Y así los paseos se llenan de cámaras y fotógrafos aficionados que repiten hasta el infinito las caras y gestos de la diversión, que después sólo podremos ver, si nos las envían por correo electrónico, en una computadora o si las “queman” en un disco compacto que podremos ver…¡en una computadora!. 

Claro que se pueden imprimir y podemos ir a un establecimiento especializado, que los hay muchísimos, para que nos las entreguen brillantes en papel, con corrección de colores y los detalles mil que queramos arreglar o modificar. Tdo cuesta. No mucho, pero cuesta.  

Y la magia es distinta. Porque una cosa es ver a un mago moderno  hacer desaparecer un tren frente a un auditorio atónito en TV y otra ser testigos del mago funámbulo que en un teatro corta en dos a su asistente metida en una caja, o la hace desaparecer insertando espadas en el lugar donde se suponía que estaba. La magia ahora es tecnológica y se ha vulgarizado. Todos pueden tomar una foto.

Pero nuestro fotógrafo ambulante fotografiaba, retocaba a veces, revelaba y copiaba todo en un mismo lugar. En el mismo lugar donde la foto perennizaba el momento. 

En mi cuento, el fotógrafo viaja a Arequipa y se instala en el parque Duhamel; de allí lo botan otros fotógrafos que no quieren competencia afuerina. Regresa a Lima y se  da cuenta que algo le pasa en la vista.         Un oculista se lo explica diciéndole que tiene cataratas y que eso es como si la lente de una cámara fotográfica se empañara y oscureciera… 

Claro, en ésa época una operación de catarata era riesgosa y sólo el Dr. Barraquer en Colombia se especializaba. No existían las lentes intraoculares y la vida vista a través de anteojos con lunas de inmenso aumento no era muy hermosa de seguro. 

Hasta ahora tengo, un poco desvaída es cierto, una foto de Alicia María, mi hija mayor cuando era chiquita, con su blusa a cuadros, subida en un caballito de utilería en la Plaza de Armas de Chosica, durante una tarde de paseo con juegos mecánicos pobretones pero emocionantes.                    Hablo de el año 75  más o menos.  

Y conservo también fotos de mi hermano Pancho, de mi padre y de mi madre, tomadas por fotógrafos al paso, en el viejo centro de Lima allá por los años cincuenta. Fotografías que eran entregadas en casa, porque el fotógrafo, una vez tomada la instantánea, se acercaba pidiendo la dirección para hacer la entrega por sumas que nunca pasaban los diez soles por unidad. Y ahí están, desafiando al tiempo, en blanco y negro, deteniendo la vida de ésas tres personas que ya no están más que en la memoria. 

Sí. Se podría decir mucho de la fotografía y sus cambios. Las grandes cámaras han ido desapareciendo con las complicaciones de ASA y DIN, normas americana y alemana de sensibilidad; con las distancias, las aperturas de foco…

Primero fueron las famosas Brownie de Kodak y luego se convirtieron en legión de marcas, hasta llegar a las cámaras desechables. Hoy la fotografía digital no sólo ha puesto la fotografía al alcance de todos, sino que la ha desacralizado y también, porqué no, banalizado. 

Gracias CP11 por sugerirme este post. 

Quiero pedir disculpas finalmente porque no he cumplido con escribir cada día últimamente. Sucede que mi laptop desde la que escribía y a la que hacía mi cómplice de trabajos, clases y presentaciones, decidió, como dicen en Colombia, “sacar la mano”, es decir colapsó. Ahora está en manos del técnico, mi buen amigo Luis Mayurí, a quien recomiendo fervientemente; yo escribo desde la computadora de casa que comparto con mi hija, mi esposa y mi nieta.  A saltos no importa, pero aquí estamos.

La Tavernetta.


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Qué pena no tener una fotografía para mostrar como referencia y confiar tan sólo en la memoria que cuando falla, suele inventar para parchar el hueco.

La Tavernetta quedaba en el jirón Puno, frente a las oficinas del Ramo de Loterías de Lima y Callao y frente, claro está, a la Escuela Superior de Relaciones Públicas y Turismo del Perú.

La Tavernetta era un restaurante con mesas convertidas en apartados; es decir mesas colocadas entrando a la derecha, en forma perpendicular y banquetas corridas con espaldar, que daban una cierta intimidad a los cpmensales. Existía una barra y desde detrás, Baldo Baldi y su esposa dominaban el panorama y cuidaban la atención a los clientes.

Nosotros, alumnos de la Escuela de RRPP del frente, matábamos ciertas horas con un café alargado o un jugo que demoraba en terminarse. Llenábamos los ceniceros de colillas y conversábamos bajo la sonrisa de Baldo y las pocas pulgas de su mujer.

Cuando digo nosotros me refiero a Freddy Ego Aguirre, Luchi Figari, Mariella De la Fuente, Nelly Castle, Mirtha Balestra, Beatriz Sánchez León, Fernando Váscones, Sylvia Llerena, Javier Moore y otros cuyos nombres están guardados con llave en mi memoria de por allá el 66 y 67.

Es cierto que no estábamos siempre todos, pero a veces en dos mesas con cuatro o seis nos reuníamos animadamente antes de emprender excursiones por el centro de Lima, mirando como si fuéramos turistas. Recuerdo mucho haber entrado a la iglesia de LaMerced y sentados en las bancas conversar en voz baja, hasta que nos botaron por entrar a «enamorarnos». Queda grabada en mi memoria también la foto que nos hicimos, sentados en una de las cadenas que rodeaban la pileta central de la Plaza de Armas, gracias a los buenos oficios de un fotógrafo ambulante.

En La Tavernetta la ociosidad nos hacía dejar casi desatornilladas las tapas de los azucareros, sabiendo que el próximo cliente que quisiera endulzar su café vería esparcida el azúcar por la mesa. Hacíamos también agujeritos con un alfiler a los sorbetes que siempre se llamaron cañitas, para que quienes nos reemplazaran en la mesa tuviesen las mayores dificultades al tomar un jugo o una bebida, pues sería más el aire que absorbían que el líquido.

Supongo que a éso se debía la mala cara de la esposa de Baldo, que sabía que nadie sino nosotros, en nuestras eternizadas estancias podíamos hacer ése tipo de cosas.

Era muy raro que comiésemos algo, salvo algún solitario sandwich. Sin embargo nunca podré olvidar cuando pedí unos spaghetti que llegaron en plato hondo con la sencillez de la buena comida y fueron alabados por mi. Pocas veces vi a alguien tan contento como a la señora Baldi en aquél momento. Era que había salido de detrás del mostrador y los había preparado ella misma porque faltaba o había salido el cocinero. El muchacho serio pero molestoso que podía ser yo, se había transformado de pronto en un ragazzo que alababa il suo piatto! Se puso tan contenta…

Creo que después de aquella anécdota suavizó sus maneras y nos prohijó un poco a todos.

La Tavernetta cerraba los domingos, el día que nosotros íbamos al teatro Municipal a escuchar el concierto de la Orquesta Sinfónica. Llegábamos a instalarnos en cazuela que era donde nuestros teneres permitían. Después del concierto caminábamos hasta el costado del cine Colón, en Quilca, para tomar el ómnibus que nos repartiría por la Av. Arequipa y a mi me llevaría hasta Barranco, después de haber planeado encontrarnos en algún cine-club por la tarde-noche. Recuerdo dos: el del Ministerio de Trabajo y el del colegio Champagnat.

Javier Moore manejaba el auto de su padre, un Austin verde creo, que a veces nos regresaba del cine-club mientras los comentarios crecían y se acaloraban en el estrecho espacio del automóvil, ufanos de conocer actores, filmografías y directores.

La Tavernetta…

No creo que exista ya. Baldo y su esposa seguramente tampoco estarán y el mozo, uno gordo y sonriente que nos atendía no sé si viva aún.

Pero si pudieran  leer estas líneas, si alguno de mis amigos de la Escuela llegara a ver escrito esto, quiero que sepa que recuerdo tanto ésos días y vienen a mi memoria tantas imágenes que se me hace difícil descifrarlas y separarlas.

El jirón Puno, La Tavernetta, Baldo Baldi, los «expresos» azules marca Mercedes Benz, los vendedores de maní confitado en las colas para subir al ómnibus; mis primeras pipas y el tabaco Half & Half comprado en La Colmena, en ésa pequeña tienda que vendía tabaco, pipas, cigarrillos de todas partes del mundo, revistas y pequeñas chucherías… Todo está aquí. Un poco mezclado tal vez, pero fresco en la memoria.

LEER.


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A leer me enseñaron mi  madre con paciencia,  kindergarten con el  abecedario y mi padre con su ejemplo.

Aprendí a leer como quien respira, naturalmente, en una casa donde los libros eran algo lógico y formaban parte de la vida diaria.

Siempre tuve «mis» libros, lo que supuso un escalar de complejidad e historias de leyendo  lo que se suponía que debía leer de acuerdo con  mi edad. Tal vez por éso no sentí mayor curiosidad por aquellos libros que guardaban los estantes de mi padre, salvo rarísimas incursiones en diccionarios religiosos con el fin de hacer una tarea encomendada en el colegio.

Mis libros eran míos y así descubrí a Salgari, Verne y tantos otros nombres que estoy seguro hoy no significan nada para un lector, por más niño que sea. Tiempo después llegaron las aventuras de Tintín, el muchacho que se metía en líos y resolvía problemas, magistralmente dibujado por Hergé. He recomprado hace algún tiempo muchos de los títulos y me he dado cuenta que la rigurosidad documental achacada al célebre dibujante belga se va al tacho cuando en una historia muestra al puerto del Callao con montañas nevadas de fondo, casitas serranas con techos a dos aguas, llamas paseando por las calles y personajes «criollos»  con un aire más bien tropical.

También navegué en balsa con Tom Sawyer de la mano de Mark Twain y echado en una colchoneta en la terraza de abajo, en casa, leí «El chico de las dunas», con tapas duras y una cita de San Agustín pegada en la parte de atrás.

Este último es un recuerdo que me persigue, pues también lo menciono en una de mis primeras historias,  «Barranco tiempo de amar», publicada en Correo. 

Después comencé a leer las novelas policiales que compraba mi hermano. La colección Rastros fue una escuela de detectivismo para mi, lo mismo que la serie de Mister Reeder. Las unas, en libros pequeñitos y las otras  más grandes,  del tamaño de lo que hoy es la revista Caretas, más o menos.

Leí por supuesto las historias de Sherlock Holmes, a Rider Haggard y Karl May, que resultó ser un alemán que escribía sobre el oeste americano. Todavía conservo un ejemplar de «El tesoro del lago de plata» encuadernado con tapas duras de color rojo.

Aprendí a leer y no paré nunca. Mi peor época sin duda fue cuando hace unos años quedé totalmente ciego por un infarto cerebral. ¡No podría leer tal vez nunca más!

Gracias a Dios las neuronas de la visión que se murieron por falta de irrigación sanguínea, fueron reemplazadas por unas despistadas pero amables neuronas que sin saber bien lo que hacían, estoy seguro, me devolvieron parte de la vista. Maravilloso cerebro que busca reparar sus problemas.

Un día encontré que Fernando Savater, mi contemporáneo y notable filósofo español, tenía un librito maravilloso llamado «La infancia recuperada» donde pude comprobar que habíamos leído casi los mismos libros editados por las mismas editoriales cuando éramos jóvenes. Él en la España franquista y yo como alumno de jesuitas españoles, muchas veces franquistas,  venidos a este lado del mundo.

Gracias a la lectura pude viajar a través de las páginas de los libros, imaginándome Mompracem, África, la India y gran parte de Europa. Recorrí las estepas rusas, versta tras versta,  perseguido por lobos y exploré el río Congo, internándome en selvas impenetrables y mitológicas con Tarzán, al que conocí primero en novela antes que en historietas.

Y claro, leí «chistes» como les llamábamos a las revistas que en España aún llaman tebeos. Chistes que comprábamos con mi madre en la avenida Grau de Barranco, en una zapatería que quedaba al lado de la librería Minerva, donde conocí a doña Anita Chiappe, viuda del gran Amauta. Comprábamos los chistes uno a uno, a la dueña,  una morenita ya madura que seguramente ayudaba a su negocio con ésas pequeñas ventas, porque al frente, una cuadra más allá,  quedaba la tienda Rímac (que después fue Bata-Rímac, para terminar siendo solamente Bata) que debía hacerle injusta competencia.

Así conocí a la Zorra y El Cuervo, Tobi y la Pequeña Lulú, Tom & Jerry, Periquita, El Pájaro Loco, al Oso Barney, al Pato Donald, El Halcón Negro, El Capitán Marvel, Superman y tantos otros. Mucho más para ver que para leer por cierto, pero para un niño que descubría el mundo estaba bien.

La lectura me ha servido no sólo de barco, avión, cohete, rickshaw o automóvil, sino que me ha acompañado siempre.  Un libro conmigo, para ocupar los ratos muertos y las inevitables esperas en una sociedad impuntual. Dos o tres en mi mesa de noche para leer antes de dormir y al despertar. Un libro o más sobre mi escritorio para leer, encontrar una cita o referencia. Libros en mi escritorio, desordenados, al alcance de la curiosidad y la relectura (placer de dioses si el libro es bueno).

Libros por todas partes en mi vida, dándome la posibilidad de conectarme con inteligencias que tal vez desaparecieron, pero dejaron historias y pensamiento para quienes como yo, miles de millones en el mundo, los busquen a través del tiempo y el espacio.

Leer, lo confieso, es mi vicio nada secreto. Las librerías son mi perdición y puedo pasar horas hojeando tomos para finalmente llevarme no menos de dos.

Ahora no puedo, porque la economía no es propicia, pero hasta hace un tiempo los sábados salía generalmente de «El Virrey» con cuatro o cinco libros. Libros que eran consumidos y marcados con subrayados o citas, para dejar lugar a los de la semana siguiente.

Y éso son los libros. También están los diarios, las revistas y ahora desde hace un tiempo, Internet. Cuando no tengo algo para leer, cosa muy rara, me angustio. Me falta algo.

Por éso me da poena constatar que mis alumnos leen poco. No saben lo que se están perdiendo. La cultura de la imagen hace que la lectura pierda importancia. Es cierto que las imágenes hablan por sí solas muchas veces, pero no hay nada igual que la palabra escrita cuando describe Homero la furia de sus héroes, Vallejo nos cuenta de la cena pascual o sentimos la metralla y el olor a muerte que en Territorio Comanche nos describe Pérez Reverte.

Leer es una bendición y una maldición. Lo que sucede es que hay mucho por leer en éste mundo. Y el tiempo es corto.

SEMANA TRANCA.


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Ayer tomé un taxi para ir a una reunión y cuando el tránsito comenzó a ponerse denso y el taxista a buscar rutas que nos llevaran rápido a destino, la conversación empezó a girar en torno a las dificultades para desplazarse normalmente con las calles rotas y las avenidas principales cerradas por reparaciones.

«Además ya está empezando la semana tranca» me dijo. Al principio yo no me dí cuenta, hasta que reparé en que se estaba refiriendo a la Semana Santa. «Claro, ya empiezan a salir los carros con sus carpas y cosas en el techo, porque la maletera la tienen llena de chelas», afirmó riendo mi taxista. «Cómo han cambiado los tiempos, antes se celebraba la Semana Santa y la gente dedicaba unos días a pensar. Ahora todo es juerga…» continuó.

No era una persona mayor ni tenía aire de ser muy religiosa (miré si traía colgado un rosario del espejo o símbolos religiosos pegados en el tablero o parabrisas y no había nada)  pero añoraba una época de reflexión.

Y entonces me puse a pensar que tenía toda la razón.

Si retrocedo en el tiempo, me veo yendo con mis padres a la parroquia de Barranco a las ceremonias que conmemoraban la pasión y muerte de Jesucristo. Recuerdo que se besaba un crucifijo grande, que durante el año estaba colgado sobre el altar (parroqia de la Santísima Cruz, se llama). Recuerdo también mi aburrimiento mientras mis padres rezaban o meditaban. Para mi era un tiempo sin colegio, que a veces coincidía con mi cumpleaños, haciéndolo definitivamente tristón y desangelado. Mi hermana ya estaba casada y viviendo en Arequipa y mi hermano, once años mayor que yo, no nos acompañaba salvo a la misa «de gallo» o de Resurrección.

Semana Santa era Semana Santa  en un entorno de tradición religiosa y práctica verdadera donde mi pequeña familia era infaltable en la participación parroquial activa. Mi madre era presidenta de la Acción Católica (rama de mujeres) de la parroquia y mi padre presidente nacional de la Acción Católica Peruana. Nada menos.

Yo era un alumno de colegio de monjas, donde se nos preparaba para ir al «colegio grande» llevado por los jesuitas. Allí, la Semana Santa era observada religiosamente (valga la perogrullada) y nos instaban a vivirla en familia, cosa que yo no tenía otra alternativa que cumplir.

Pasaron los años y la Semana Santa fue diluyéndose poco a poco. Mi poco meditada vocación religiosa que me colocó en el seminario de Santo Toribio recién salido del colegio, se había ido en una operación de apéndice ocurrida mientras estaba allí.

Luego vino la vida, como diría alguien y la Semana Santa, por efecto de la «modernidad» y la acelerada secularización de una sociedad profundamente religiosa con santos fundadores, se convirtió en una festividad diferente. Puramente festiva.

En vez de llorar la muerte de Dios y luego celebrar Su resurrección, pensando en ello, el movimiento fue sólo celebratorio y sin ningún pensamiento. Los cuatro días se convirtieron en unas vacaciones estupendas para salir de viaje, ir de campamento a playas que despedían el verano o simplemente dar vueltas por los «points» aprovechando una ciudad cada vez más separada de ceremonias religiosas y  reflexiones.

Antes, Lima parecía vacía porque se recogía en sí misma. Hoy su vaciedad se debe a que quien puede se va fuera a disfrutar de los días feriados.

Todo este pensamiento me produjo la conversación con el taxista.

Y ahora me doy cuenta que la semana santa se escribe con letras minúsculas y es una fiestita más en el calendario del trabajador. Sí claro que hay Estaciones, ceremonias y todo lo demás; pero la ciudad no parece interesada ni participante.

Y si alguien viaja a Ayacucho en esta época es por un afán turístico y para ver de noche la procesión de Cristo en su ataúd de vidrio todo iluminado, el «Encuentro» y los encapuchados que antes fueron flagelantes. Es la curiosidad de lo exótico lo que lleva a desplazarse.

Hemos perdido un espacio para pensar.

La velocidad de la vida nos ha arrollado y la corriente del río de los días nos lleva sin dejarnos pausa para saber dónde vamos. No pensamos y estos cuatro días que tradicionalmente eran de reflexión, se han convertido de Semana Santa en «semana tranca»  por las posibles borracheras.

No lo miremos del lado religioso. No pienso en ceremonias, ni siquiera en Ejercicios Espirituales, como los que siguen celebrándose bajo el modelo de San Ignacio de Loyola. Pienso solamente en un espacio propio que nos hemos dejado arrebatar y que ahora es llenado por más de lo mismo o por un aburrimiento soberano porque nuestros amigos se fueron.

Las «vacaciones» nos han dejado sin ése lugar necesario para reflexionar y encontrarnos con nosotros mismos.

Dirán que claro, que el que escribe esto es un viejo de casi sesenta y un años, que está de regreso porque ya no puede ir más allá. Contestaría con la  frase: «viejo es el mar y todavía se mueve».

Pero de pronto sí. Estoy de regreso de un viaje que sé que puede continuar, pero me he dado cuenta que la vida no está hecha sólo de aeropuertos, caminos, fiestas, trabajo y amistades bulliciosas. También tiene silencios y paradas. Que no sepamos aprovechar esos instantes es cosa nuestra.

Como digo a mis alumnos, hay un momento diario en el que el hombre y la mujer se encuentran individualmente solos: él cuando se afeita frente al espejo y ella al maquillarse por la mañana. No hay nadie más y puede ser un momento de reflexión, a solas.

Bueno, es el único que nos va quedando, porque estamos desperdiciando una buena oportunidad. Ojalá que no la perdamos para siempre.

EL MAR.


Un amigo me escribe porque vio mi blog. Comenta que la fotografía que puse en la cabecera bien podría ser del lago Titicaca en la parte boliviana. Podría ser. Es tan grande el lago y no conozco precisamente ésa zona pero me cuenta él que habiendo vivido en Bolivia por varios años, le parece.

Bueno, yo mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario, seguiré pensando que es el mar lo que en la fotografía se ve. Porque a mi el mar, como creo que a todos, me produce una sensación extraña y especial.

Estoy acostumbrado a él porque vivo en Lima, cuya costa está bañada por ése océano equivocadamente llamado Pacífico por los españoles. El mar, la mar. La mar océana. El océano Pacífico.

La palabra mar es mucho más doméstica. Mar era el Egeo griego, es el Mar de las Antillas de nuestras historias de piratas y el mar de los sargazos, donde los barcos de vela quedaban atrapados en las algas. El mare nostrum de los romanos y el Mar de las Sirtes de la novela que en 1951 ganó el premio Goncourt y que su autor, el francés Julien Gracq (seudónimo de Luis Poirier) rechazó creando un escándalo.

El Pacífico, el Atlántico, el Índico, el Ártico y el Antártico son nombres que usamos para llamar a ése río gigantesco que griegos y romanos pensaban que circundaba la tierra. Río que era un dios llamado Océano.

En el océano navegan barcos y esperanzas. El mar llega hasta nuestras playas a mojarnos los pies y destruye castillos de arena que construimos soñando.

playa-con-club-regatas.jpgÉse mar doméstico que viene de ser océano impetuoso a pesar de su nombre, para convertirse en olas que sobrevuelan las gaviotas al atardecer. Mar del que no puedo prescindir. Por hermosas que sean las ciudades mediterráneas, finalmente terminan ahogándome con su falta de horizonte y su carencia de aguas inabarcables. Porque aunque sea casero, nuestro mar se proyecta más allá de donde el sol se pone.

Recuerdo el mar de Pacasmayo que corría entre las rocas sembradas de lapas persiguiendo a ése chico feliz que era yo en alguna vacación norteña donde conocí la refrigeradora a kerosene y el negro aparato de radio Zenith Transoceánico.

El mar amigo de Agua Dulce, donde las carpas a rayas se levantaban para que los bañistas se cambiaran y proteger del sol a los mayores. O el de los Baños de Barranco, que iba y venía manso debajo de la estructura de madera por donde paseaban las parejas y los muchachos exhibicionistas se tiraban desde barandas pintadas de verde. Ése mar al que entrabas caminando sobre piedras y agarrado a una soga para no resbalar.

O después el mar de La Herradura, testigo de amoríos adolescentes y veraniegos y espectador de

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borracheras inocentes en el malecón, sin plata suficiente para quedarnos en «El Suizo».

El mar de mi ciudad es muchos mares. Desde los populares de Conchán y Pucusana, hasta los que ahora mueren en las playas exclusivas que genéricamente tienen nombre de continente. Sin embargo esos están lejos y precisan de casa en el lugar o excursión.

El mar que respiramos cuando nos damos cuenta en ésta Lima es otra cosa. Es ése mar que tiene sus leyendas como el Salto del Fraile o moja a los socios del club Regatas Lima. Porque La Punta tiene también su mar y su Regatas. Pero distintos, con apellidos de sonido italiano y pulperías de similar origen.

Está el mar del Callao, metido ahí en el puerto, donde la dársena acuna aguas cubiertas de una película de aceite que se mecen tranquilas con el soplo del viento. Mar para no bañarse sino para ir en lancha y pasear la bahía en un domingo ocioso y casi provinciano.

Muchos mares el mar éste de Lima. Mar que se extraña si falta por un tiempo. Mar donde de modo insólito arroja desperdicios una ciudad que parece darle esquiva la espalda, convirtiéndolo en una letrina gigantesca de la que nadie se hace cargo.

El mar llega a la playa para mojar mis pies y recordarme que a pesar de los años sigue haciéndome falta y que en las noches silenciosas sigue «roncando»como lo hacía allá, pasando la quebrada, en mi casa barranquina de la calle Ayacucho, número 263.

SALGO A CAMINAR…


«Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur…»

Hoy, en mi caminata diaria, recordaba esta maravillosa canción de César Isella y Alejandro Tejada Gómez y me acordaba también de cómo la cantaba ése increible grupo que fue LATINOAMERICANTO, que hace buen tiempo llenaba totalmente «La Estación» de Barranco, en lo que fuera la casa de la familia Aste, en Pedro de Osma.

Por entonces yo tenía mi oficina en casa de Hugo Parks, en Miraflores y al lado estaba la casa de Cecilia Bello, prima de Hugo, e integrante de Latinoamericanto, grupo que ensayaba allí. Por las tardes, las guitarras, charango, bombo y voces impedían que me concentrara en nada. Hasta que finalmente decidí ir y si no podía trabajar, por lo menos me hice amigo de ellos y me convertí en un asiduo a sus conciertos.

«La Estación» se repletaba y yo siempre tenía una mesa cerca del estrado donde mis amigos cantaban y yo me sentía orgulloso de compartir con ellos el secreto de conocerlos, que el público desconocía.

Gisela Guedes, la primera e increíble voz del grupo guiñaba un ojo y «me» cantaba una canción.

Generalmente era «Cuenta conmigo»:

«Cuenta conmigo…

Por si tuvieras que encontrar algún motivo;

si necesitas algo más que conformarte,

si se te ocurre por ejemplo enamorarte…

Aquí me tienes, siempre dispuesta

a ver el mundo como tú ni lo imaginas…»

 

Y claro, en el silencio profundo que se hacía, con ésa voz diciendo una letra sugerente, el público se preguntaba quién era el gordito ése, solo en una mesa, tomando un whisky y fumando en pipa que era objeto de la canción.

Disfrutábamos mucho de la broma, que se repetía siempre. Con Carlos Alonso, Cecilia Bello, Alejandro Biachi y Carlos Ruiz, cómplices, nos entábamos a la mesa y nos reíamos.

Tengo una transparencia que Javier Ferrand tomó al grupo, para un disco que iban a grabar (y que creo que nunca usaron).

Aquí encontré una foto donde están Cecilia Bello (izquierda) y Gisela Guedes, flanqueando a mi amigo Jorge Carrillo, quien en una de sus visitas desde Miami, estuvo con Gilda y un grupo a escucharlos. manolo5.jpg

Fue realmente una época divertida y llena de experiencias. La música, que siempre me ha gustado, llenaba entonces cada resquicio libre y yo era feliz colaborando con unos amigos que eran sensacionales y admirados por el público.

Me sentía participante de su éxito solamente por conocerlos y acompañarlos.

Conversábamos incansablemente y hacíamos planes que por supuesto nunca llegaban a realizarse, porque ellos eran unos profesionales del canto y yo un simple aficionado admirador.

Pero hoy, caminando en la ya oscuridad del final de una tarde de este verano que se resiste a partir, recordé a partir de «Canción con Todos», una etapa hermosa de mi vida.

Y para terminar este recordar, cuando hubo la primera reunión de profesores del IPP, en 1985, creo, invité al grupofile0016.jpg a una parrillada en el antiguo local de la calle Lizardo Alzamora. Allí estuvieron, cantando y conversando, lo suficientemente entretenidos ellos mismos, para salir con las justas a una presentación que tenían contratada.

Aquí hay una foto, donde Carlos Alonso toca la guitarra, mientras Carlos Ruiz está a su izquierda y se ve a Gisela a la extrema derecha, mezclados con algunos profesores y personas de administración del IPP.

La foto no es muy clara pero aquí está, como muestra de que a veces los recuerdos están guardados y la memoria nos trae imágenes que completan las historias, que a su vez son corroboradas por las imágenes que capturaron el instante en una fotografía.

Ése ha sido mi caminar de hoy. Mi paseo por ésa «cintura cósmica del sur».

Aquí está la letra completa de la canción:

Salgo a caminar
por la cintura cósmica del sur.
Piso en la región
más vegetal del viento y de la luz.
Siento al caminar
toda la piel de América en mi piel
y anda en mi sangre un río
que libera en mi voz su caudal.
Sol de Alto Perú,
rostro Bolivia, estaño y soledad.
Un verde Brasil
besa mi Chile, cobre y mineral.
Subo desde el sur
hacia la entraña América y total,
pura raíz de un grito
destinado a crecer y estallar.
Todas las voces todas,
todas las manos todas,
toda la sangre puede
ser canción en el viento.
Canta conmigo canta,
latinoamericano,
libera tu esperanza
con un grito en la voz.
Ciñe el Ecuador
de luz Colombia al valle cafetal.
Cuba de alto son
nombra en el viento a Méjico ancestral.
Continente azul
que en Nicaragua busca su raíz
para que luche el hombre
de país en país
por la paz.
Todas las voces todas,
todas las manos todas,
toda la sangre puede
ser canción en el viento.
Canta conmigo canta,
latinoamericano,
libera tu esperanza
con un grito en la voz.