PEIRANO Y EL RECONOCIMIENTO


Copio aquí, del Boletín CONEXIÓN de la Universidad Católica, el comentario sobre la entrega de la Medalla Dintilhac a Luis Peirano, acompañado de una fotografía donde aparece recibiendo el pergamino que acompaña a la medalla, de manos del Rector de la Universidad, Ingeniero Guzmán Barrón. Una vez más, felicitaciones!

 

Nuestro Decano recibió la más importante distinción


El viernes 28 de marzo Luis Peirano, decano de la Facultad de Artes y Ciencias de la Comunicación, recibió la más alta distinción de nuestra universidad: la medalla R.P. Jorge Dintilhac, en una ceremonia realizada al medio día, en el Auditorio de Derecho. En el acontecimiento, se dieron cita las principales autoridades universitarias, profesores y alumnos, quienes se unieron para reconocer la trascendental labor del maestro e investigador en los marcos del teatro y las comunicaciones.

El evento inició con la lectura de la Resolución del Consejo Universitario del 28 de noviembre del 2007, por parte del Secretario General, Dr. René Ortiz. En el discurso se destacó la contribución de Peirano a la actividad artística y formativa del Perú, así como a la difusión del movimiento cultural de la PUCP.

Abelardo Sánchez León, profesor y coordinador de la especialidad de Periodismo, relató episodios característicos de sus 35 años de amistad con el homenajeado. Narró cómo, siendo sociólogo, Peirano le enseñó a vincular la Ciencias Sociales con la literatura y el teatro. Recalcó el espíritu humanista de su amigo y colega: “El es un renacentista que a cada proyecto le pone talento, esfuerzo y corazón. Hoy estamos aquí para darle un homenaje, para aplaudirlo”.

Acto seguido, el rector de la PUCP, Ing. Luis Guzmán Barrón hizo un recuento de la carrera de Luis Peirano, resaltando su base cristiana y de servicio en todas las tareas culturales y comunicativas que ha cumplido. También destacó su pasión por el teatro y su importante labor en el desarrollo de las comunidades. En palabras de Guzmán Barrón: “La universidad le confiere esta medalla porque él refleja la formación integral de la PUCP”.

Seguidamente, el rector le hizo entrega de la medalla Dintilhac y del pergamino con la Resolución del Consejo Universitario, en medio de calurosos aplausos de los asistentes puestos de pie. Notablemente emocionado, nuestro decano agradeció la condecoración a la universidad declarando que se sentía abrumado por el honor: “Recibo esta medalla con orgullo, porque estoy seguro de que también es un reconocimiento al equipo con el que he trabajado”, expreso.

Fotografía: Semanario PuntoEdu   Agradecimiento: Ana Lía Orézzoli

MI AMIGO WILO


Acabo de colgar el teléfono y me he sentado a escribir. Era una llamada de mi amigo Wilo, desde California para saber si me había sucedido algo, porque no respondía a un par de mails que me escribió. Lo tranquilicé diciéndola la verdad, que nada felizmente y que mi silencio internáutico se debía únicamente a que mi computadora personal había estado inhabilitada por varios días. Preguntó por la familia, los amigos, me comentó que había estado en Camarillo (que supongo Texas) y que esperaba ahora por la tarde a un amigo común, Pepe López, que vive en USA desde hace mucho tiempo. Nos despedimos no sin yo agradecerle su preocupación.

Así es Wilo, mi amigo del colegio. Capaz de cruzar la ciudad para cumplir con un pequeño encargo o hacer una llamada internacional porque no has respondido al correo y puede ser que estés mal. Al colgar el teléfono le decía a mi nieta: “ves? así son los viejos amigos”.

No podría decir desde que año conozco a Wilfredo. Y no puedo hacerlo porque hay amistades cuyo inicio se esconde en el tiempo. Simplemente uno es amigo desde que tiene memoria, como se dice normalmente. Nuestra amistad, como la mayoría, ha tenido las intermitencias propias de la vida. Salimos del colegio y dejamos de vernos, luego supe que él andaba dirigiendo noticieros en la televisión, se casó, tuvo hijos y sabiendo el uno del otro por interpósitas personas seguimos navegando por ése río que a veces se ensancha o se estrecha pero no se detiene hasta llegar al mar.

Hasta que en un momento dado coincidimos en intereses profesionales y reanudamos el hilo de las conversaciones. Y desde allí, recordando momentos y compartiendo pasados nos juntamos en un trabajo y continuamos como cuando en el colegio de La Colmena regresábamos después de un fin de semana de no vernos.

Eximio cocinero, Wilo sabe el secreto de los más exquisitos platos y rastrea la historia para encontrar las fuentes de un ingrediente exótico o un generoso vino. Recuerdo nuestras comidas japonesas, regadas con increíbles cantidades de whisky y sazonadas con palabras, citas y búsquedas instantáneas en la memoria de ambos. Él sabe de comidas, yo solamente como; y aprendí cantidad de cosas nuevas escuchándolo o me maravillé de ideas coincidentes en temas muy diversos.

Finalmente Wilo se fue en busca de éso que siempre hemos querido y nunca dejaremos de anhelar. A los bastantes años hizo el viaje a los Estados Unidos para empezar de nuevo. Y allí está. Reescribiendo su vida cuando muchos ya están con ganas de poner el epílogo y otros cerraron la tapa del libro porque sin quererlo se fueron antes.

Sé que ha seguido paso a paso mis últimas peripecias de salud porque siempre me ha llamado desde la dorada California o a través del correo electrónico se preocupa de sucesos ocurridos. Incansable lector, me confiesa mirar constantemente estos varios blogs que yo hago y que como le dije alguna vez, escribo para que lean mis amigos; especialmente los que están lo suficientemente lejos como para no poder compartir juntos un café y los últimos chismes ciudadanos.

Hubiera querido poner una foto de Wilo, de las muchas que en mi archivo tenía, pero todas se fueron como contaba en mi post anterior, perdiéndose entre las vías extrañas del espacio.

Sé que dejo más de mil cosas entre las teclas de la computadora; anécdotas, historias y vivencias. Estoy seguro que Wilo leerá estas palabras y que algunos amigos se pasarán la voz. No se enojen.

No te enojes tú Wilo porque hoy, con tu preocupación por mí le has dado importancia a la tarde de un domingo de Lima, todavía con sol pero recuperándose de un par de temblores, que si creemos a los más viejos, anuncian que se viene el invierno. No se enojen amigos, porque los recuerdo puntualmente a todos. A los que no veo hace tiempo y a los que abrazo a cada rato. Y todos para mi son importantes porque mi vida está hecha por ustedes.

PERDER


 

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Hay que saber perder, dicen.

Y ahora me tocó a mi, porque la computadora que uso diariamente para preparar clases;  en la que escribo los blogs, donde recibo los correos, es decir aquella donde está archivada mi vida cibernética tuvo un paro cardíaco y a pesar del uso de resucitador se negó a seguir adelante. Es decir, murió.

Y el backup o copia de respaldo que estaba seguro de tener en mi disco duro externo (previsor yo, compré uno de 160 gigas), por algún misterio no existía y claro (tonto yo), creyendo que sí y sin verificar, con el técnico borramos todo y se reinstaló lo necesario con los discos originales. Al tratar de pasar mi información a la máquina, me di con la desagradable sorpresa de no encontrar nada, salvo un archivo del año pasado de la computadora de casa.

Es decir que ahora lloro mi pérdida.

Esto, que debe haberle pasado a mucha gente, nunca creí que me iba a suceder; pero la ley de Murphy es infalible y si algoPUEDE salir mal, VA a salir mal. Y salió mal, haciendo honores a Murphy.

Entonces me encuentro con mi laptop a la cual se le murió la mitad de la memoria, que funciona OK con la parte que queda, que tiene los programas originales…Y que ha perdido 2 años de datos, fotos, documentos y chiches varios. Es decir, todo.

He perdido a Jacuzzi Martínez (al que tal vez pueda rescatar de algún escrito o CD grabado), mis fotografías, mis archivos de artículos sobre comunicación, política, publicidad & otros.

En realidad es como si nuestro boleto ganador de la tinka se hubiese caído al excusado y sin vacilar ni darnos cuenta, hubiésemos hecho pasar el agua y enviado nuestra suerte por el desagüe.

Ahora, sin recuperarme totalmente del golpe, debo reconstruir aquello que sea factible . A cada instante echaré de menos lo que usaba o almacenaba “por si acaso”. Algunos documentos gráficos valiosos para mi he perdido. Otros quedan repartidos en un USB y en algunos CD’s. Pero lo esencial ha partido en un viaje sin retorno y debo acostumbrarme.

Para quien se fue volviendo un compuadicto a la hora de hacer cosas de comunicación a distancia, es como la muerte de un ser querido. Un naufragio sin sobrevivientes. Un hecho que resulta difícil de explicar a los demás…y a uno mismo.

Sin embargo, como soy persistente, haré lo necesario para recuperar lo recuperable y lo que se haya ido si queda en mi memoria personal, será material para volver a edificar. Lo demás está allí, en el limbo cibernético, haciendo compañía a los programas que se evaporaron de la computadora por la acción de un botón equivocado o a los correos que alguien nos envió  y nunca recibimos.

Escribo con pena por lo perdido, pero con la alegría de poder seguir haciéndolo. 

CRÓNICA DE UNA OVACIÓN ANUNCIADA


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Parafraseo el título de GGM aplicándolo a lo que sucedió hoy en el auditorio de Derecho de la Universidad Católica.

 Y hablo de ovación anunciada, porque era de esperarse. Desde que se hizo la invitación para asistir a la ceremonia de entrega de la Medalla Dinthilac a Lucho Peirano, sabíamos que el merecido aplauso sería grande, porque Peirano se lo merecía.

Pero estoy seguro que nadie imaginó la inmensa ovación, con levantarse de público, que se pr0longó más allá de lo imaginable. Fue un aplauso como los que se dan en el teatro cuando el estreno es extraordinario, las actuaciones sobresalientes y el respetable colma la sala; con muchos cierres y aperturas del telón.

Confieso que mientras aplaudía a mi amigo, un par de lágrimas trataron de salir, pero fueron rápidamente contenidas. En ése momento pasaron como en una película a 12 o menos cuadros por segundo, la cantidad de instantes compartidos a lo largo de toda una vida. Y claro, resulta mucho y la emoción suele manifestarse.

Aplaudía a mi amigo, al compañero de caminatas adolescentes, al guitarrero de las zambas argentinas y los valses en replana; aplaudía al personaje con quien viajábamos juntos en un ómnibus cuatro veces al día para ir al colegio y venir de él, cuando éramos chicos. Aplaudía recordando los desayunos de los viernes, los libros prestados y las conversaciones extendidas. Aplaudía en fin, a una parte muy importante de mi vida.

Balo Sánchez León hizo el discurso de presentación. Como sólo él sabe hacerlo describió a Peirano. Mostró sus múltiples facetas y tuvo algunos de los conceptos más hermosos que he escuchado. Balo, el amigo que vino del Markham, hizo reír y sentir mariposas en el estómago del público. Sincero, sencillo, tan original como siempre.

El Rector de la Universidad, ingeniero Guzmán Barrón, luego de una semblanza muy bien hecha, ponderó los méritos del amigo y le impuso la Medalla.

Finalmente, el galardonado, o sea Lucho, hizo un impecable agradecimiento, realizando un recorrido sentimental por instantes, instituciones y personas. Y luego vino la ovación por la que empecé esta crónica y que es objeto del título.

Demás está decir que la memoria no me alcanza para recordar a todos los conocidos presentes (conocidos míos, porque los amigos de Lucho formaban legión). Compañeros de colegio, profesores, personas ligadas al teatro, profesionales, parientes y un largo y nutrido etcétera que se extendía por fuera del auditorio.

Bueno. Ya Peirano debe estar en otra cosa. Por lo pronto esta noche tiene pre-estreno. Y mañana sábado estreno y después…

Pero estoy seguro que aunque pase a mil cosas distintas, nunca va a poder olvidarse de ése aplauso sostenido y cariñoso, dado por primera vez no a un montaje del cual él es responsable, sino un aplauso a su vida toda, a su esfuerzo por construirla y a lo logrado en el camino.

CONVERSAR


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Conversar es un arte que se va perdiendo poco a poco, como tantas cosas en esta vida.

A veces parece que escribiera sobre lo que se va, pero resulta que cuando uno hace funcionar la cámara de los recuerdos saltan tantas cosas que parecen pertenecer al pasado, que no queda más remedio que citarlas.

Estoy seguro que más de uno pensará que estoy equivocado y que la conversación no morirá jamás. Y es cierto. Parcialmente cierto, porque desde hace un tiempo las condiciones para que una buena conversación se desarrolle han ido menguando en diferentes lugares.

La conversación de sobremesa por ejemplo, se hace difícil si no imposible con el ritmo actual que no permite reunirse a la familia a almorzar o cenar y luego estirar un poco el tiempo con la satisfacción de estar en familia, precisamente,  y poder contar las cosas que toda familia comparte (o compartía).

Ahora todos corremos porque hemos que llegar a tiempo a algún sitio, o tenemos almuerzos de negocios o cocteles o cenas; o simplemente nos quedamos por ahí con los amigos y regresamos tarde, con la mayoría en casa, ya durmiendo.

El antiguo desayuno suele haberse convertido en un café rápido o un yogurt bebido a la velocidad del rayo para salir pitando a la oficina, la universidad o el colegio. ¿Conversación? Imposible. No hay tiempo.

Permanecen, es cierto, las conversaciones alrededor de unos cafés en algún restaurante. Pero basta que uno mire el reloj para que los demás recuerden citas y urgencias, dejando la conversación para otra oportunidad…que tal vez no llegue.

La conversación, ése intercambio de datos, opiniones, consejos y varios, se da poco. Ya sólo los viejos juegan al rocambor, donde la conversación fluía mientras se hacía juego sin descuidar a los contrarios.

Recuerdo todavía una campaña de cerveza Cristal, fruto de la creatividad del “Cumpa” Donayre: “Conversa que te conversa”. Claro, uno “conversaba” unas cervezas haciendo que el tiempo pareciera un chicle de lo elástico que era. Hoy la cerveza “pasa bien”  y alguna tan rápido como para prepararse a la juerga.

Recuerdo la expresión ” se quedó conversando con su sombra” , para denotar abandono.  Ahora a los que antes se les llamaba conversatorios se les titula foros. Hasta el término se va desvaneciendo.

Sin embargo queda mucha gente con ganas de conversar y no “chatear” banalmente a través de la computadora. Gente que valora el cara a cara con cosas interesantes dichas, anécdotas contadas y enseñanzas aprendidas. Las viejas tertulias que eran conversatorios de grupo, poco a poco han desaparecido con su informal formalidad.

Para muchos, el fogoso orador grecorromano Tertuliano presta su nombre a ésa institución que parece haber empezado en el siglo de oro español, en los cafés.  La tertulia, hoy bastante restringida es una “rara avis”.

La velocidad está matando a la conversación. La velocidad que no nos deja espacios, que aborrece los puntos muertos y que nos hace llegar a tiempo para cumplir con tareas prescindibles. Y ahora, sin tiempo para hacerlo, conversar parece haberse convertido en un dispendio, en algo accesorio que suele dejarse para después…cuando haya tiempo.

Y de pronto nos encontramos con que el tiempo se acabó y sonó el pitazo final, con el resultado de no haber dicho tantas cosas que nos hubiera gustado decir a alguien y sin haber podido contrastar opiniones relajadamente.

El tiempo apremia. Pero no podemos dejar que no nos permita conversar aunque sea un par de cervecitas.

FOTÓGRAFOS AMBULANTES


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Escribe en el blog mi amigo CP11, rindiendo un homenaje de recuerdo al fotógrafo ambulante. Y lo merece.

Lo merece no sólo por lo que ha significado a lo largo del tiempo, sino que su anonimato alegraba las tardes de los sábados y los domingos al ofrecer a los paseantes un recuerdo del instante vivido, del lugar visitado o de la enamorada o enamorado con quien se juraba amor eterno. 

Le respondí a su correo personal, contándole que hace mucho tiempo, allá por 1973, cuando escribía cuentos para “Correo”, publiqué uno que se llamaba “El hombre de la máquina” y que debe estar en uno de los muchos fólderes que desordenadamente componen mi archivo entre comillas. Prometí buscarlo y no lo encuentro aún, como tampoco ninguno escrito en ésa época. Pero eso no quiere decir que no me aúne de inmediato a este homenaje memorioso. 

El fotógrafo ambulante, tal como lo conocimos, es una especie extinguida por lo menos en la capital. Es cierto que debe quedar alguno que con su cámara de cajón montada sobre un trípode hace posar a domingueros para la posteridad. Seguramente en provincias también los habrá.

La magia de la fotografía no es fácil de desterrar, cuando uno ve su imagen en un cartón brillante y en blanco y negro. Las máquinas Polaroid en un momento trataron de arrinconar a la fotografía “normal”, la que requería de un revelado que el ambulante efectuaba en el mismo lugar, tomándose el tiempo necesario y alargando la curiosidad. La “polas”  eran instantáneas; al principio en blanco y negro y después en color. Pero resultaban caras y con el tiempo se iban desvaneciendo.  

Hoy cualquiera tiene una cámara digital o un celular que toma fotografías.Es cierto que el placer de la instantaneidad impresa como recuerdo en el momento no existe, pero se pueden ver las fotos de inmediato. Se pueden borrar y volver a tomar.

¿Cuánto cuesta eso?  Nada. Y así los paseos se llenan de cámaras y fotógrafos aficionados que repiten hasta el infinito las caras y gestos de la diversión, que después sólo podremos ver, si nos las envían por correo electrónico, en una computadora o si las “queman” en un disco compacto que podremos ver…¡en una computadora!. 

Claro que se pueden imprimir y podemos ir a un establecimiento especializado, que los hay muchísimos, para que nos las entreguen brillantes en papel, con corrección de colores y los detalles mil que queramos arreglar o modificar. Tdo cuesta. No mucho, pero cuesta.  

Y la magia es distinta. Porque una cosa es ver a un mago moderno  hacer desaparecer un tren frente a un auditorio atónito en TV y otra ser testigos del mago funámbulo que en un teatro corta en dos a su asistente metida en una caja, o la hace desaparecer insertando espadas en el lugar donde se suponía que estaba. La magia ahora es tecnológica y se ha vulgarizado. Todos pueden tomar una foto.

Pero nuestro fotógrafo ambulante fotografiaba, retocaba a veces, revelaba y copiaba todo en un mismo lugar. En el mismo lugar donde la foto perennizaba el momento. 

En mi cuento, el fotógrafo viaja a Arequipa y se instala en el parque Duhamel; de allí lo botan otros fotógrafos que no quieren competencia afuerina. Regresa a Lima y se  da cuenta que algo le pasa en la vista.         Un oculista se lo explica diciéndole que tiene cataratas y que eso es como si la lente de una cámara fotográfica se empañara y oscureciera… 

Claro, en ésa época una operación de catarata era riesgosa y sólo el Dr. Barraquer en Colombia se especializaba. No existían las lentes intraoculares y la vida vista a través de anteojos con lunas de inmenso aumento no era muy hermosa de seguro. 

Hasta ahora tengo, un poco desvaída es cierto, una foto de Alicia María, mi hija mayor cuando era chiquita, con su blusa a cuadros, subida en un caballito de utilería en la Plaza de Armas de Chosica, durante una tarde de paseo con juegos mecánicos pobretones pero emocionantes.                    Hablo de el año 75  más o menos.  

Y conservo también fotos de mi hermano Pancho, de mi padre y de mi madre, tomadas por fotógrafos al paso, en el viejo centro de Lima allá por los años cincuenta. Fotografías que eran entregadas en casa, porque el fotógrafo, una vez tomada la instantánea, se acercaba pidiendo la dirección para hacer la entrega por sumas que nunca pasaban los diez soles por unidad. Y ahí están, desafiando al tiempo, en blanco y negro, deteniendo la vida de ésas tres personas que ya no están más que en la memoria. 

Sí. Se podría decir mucho de la fotografía y sus cambios. Las grandes cámaras han ido desapareciendo con las complicaciones de ASA y DIN, normas americana y alemana de sensibilidad; con las distancias, las aperturas de foco…

Primero fueron las famosas Brownie de Kodak y luego se convirtieron en legión de marcas, hasta llegar a las cámaras desechables. Hoy la fotografía digital no sólo ha puesto la fotografía al alcance de todos, sino que la ha desacralizado y también, porqué no, banalizado. 

Gracias CP11 por sugerirme este post. 

Quiero pedir disculpas finalmente porque no he cumplido con escribir cada día últimamente. Sucede que mi laptop desde la que escribía y a la que hacía mi cómplice de trabajos, clases y presentaciones, decidió, como dicen en Colombia, “sacar la mano”, es decir colapsó. Ahora está en manos del técnico, mi buen amigo Luis Mayurí, a quien recomiendo fervientemente; yo escribo desde la computadora de casa que comparto con mi hija, mi esposa y mi nieta.  A saltos no importa, pero aquí estamos.