LOS DIENTES DEL CABALLO


Recordaba siempre lo que su madre y su padre decían, cuando recibían algo: “A caballo regalado, no se le mira el diente”; eran pobres de solemnidad y todo lo que les llegaba por voluntad de otros, estaba bien como estaba…

A su chompa le faltaba un botón y tenía varios zurcidos, los zapatos le quedaban un poquito grandes y sus pantalones habían conocido otros dueños…

Tenía curiosidad por verle el diente a algún caballo y soñaba con sonrisas equinas mientras dormía…

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EN BUSCA DE LA PAZ


Toda su vida fue una pelea constante.

Peleó contra la situación, contra un presente maligno y anticipándose a un futuro que avizoraba negativo …

Sentía que era una lucha sin final, porque cuando creía conseguir una pausa, se daba cuenta de inmediato de que era solamente el tránsito a hacia un escalón más de esa bajada mareante y al parecer interminable…

Como suele sucederles a quienes pelean, lo que ansiaba era la paz, la tranquilidad, el que nada ni nadie interviniera sus horas, molestándole con pequeñas o grandes cosas…

Un día encontró verdaderamente lo que había buscado porque se murió y entonces, descansó en paz. En lo que comúnmente se llama “la paz del cementerio”.

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LA VOZ DE SU AMO


Hace muchos años, el logotipo “del perrito”, que escuchaba una especie de corneta o altavoz, notorio y sobresaliente de lo que era un gramófono, tocadiscos o “victrola”, era el ubicuo símbolo de RCA VICTOR

Hoy, “el perrito” tendría audífonos o escucharía a través de uno o más altoparlantes y probablemente el tocadiscos sería reemplazado por una PC, o tal vez por una cajita que contendría un “chip” que no se ve; antes hubiera sido seguramente un “walkman” y después, un lector de discos compactos…

Estoy seguro que el animalito, hoy, seguiría desconcertado al escuchar la voz conocida de quien es su “amo”, el compañero humano y cariñoso, salir de un aparato que provoca su curiosidad y no tiene nada que ver con la apariencia de su “mejor amigo” …

Modernidades, cambios, tiempo que pasa…, pero la curiosidad del perrito sigue y seguirá siendo la misma.

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INSECTO


Empezó como un escozor, se rascó la frente sin notar nada sino la picazón; como seguía, fue al baño y se miró en el espejo que estaba sobre el lavabo, el del botiquín, donde su madre guardaba alcohol, algodón, curitas y pomos con pastillas.

La frente estaba enrojecida y la comezón seguía, como fuerte, por lo que buscó a su mamá, para que lo viera y ella le dijo que no se rascara, que eso era un grano y que tenía que “madurar”; fue hasta el baño y volvió con un tubo, de él sacó un gel transparente y se lo frotó suavemente, sobre lo que ya era una pequeña protuberancia rojiza…

Comieron y fue para acostarse. No se lavó los dientes porque no quería mirarse en el espejo… La picazón seguía, un poquito menos que antes del gel, pero ahí estaba, fastidiando. Se quedó dormido y soñó, curiosamente, con un unicornio, que corría por el campo, haciendo cabriolas…

Ase despertó y de pronto sintió que tenía “algo” en la frente. Despacio y silencioso, fue hasta el baño, para mirarse en el espejo. Lo que vio lo asustó, porque del centro de su frente salía como un alambre, terminado en una bolita, todo de color negro, que oscilaba si se movía…

No le gustó nada, porque él hubiera querido que fuera un cuerno, como el que tenía el unicornio de su sueño y era una vulgar antena… ¡Parecía un insecto, pero le faltaba una…!

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EL SOPLADOR DE NUBES


Una tarde que echado en el pasto, miraba al cielo, mientras esperaba que pasara el tiempo y fuera hora de llevar a las ovejas de vuelta al aprisco, vio una nube que estaba como estacionada arriba, mostrando sus redondeces blancas y sopló, pensando que podía hacer que se moviera…

De pronto, la nube empezó a moverse como impulsada por el aire que producía su soplido y, asombrado, rió y sopló más fuerte, mientras que la nube seguía navegando por el azul, como si en realidad fuera empujada…

Se incorporó, apuntó a otra nube y sopló, viendo como esta, como impulsada de pronto, se movía en dirección opuesta a su soplido…

A punta de soplidos se fueron juntando las nubes, formando un colchón móvil, que mientras soplaba, se desplazó hasta perderse tras la montaña…

Se levantó ágilmente, juntó a las ovejas que pastaban distraídas y las encaminó con silbidos hacia el redil, sonriendo para sí y sabiendo que no podría contarle a nadie que era un soplador de nubes, porque no le creerían.

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