DEMOLER, DEMOLER, DEMOLER, DEMOLER…


La canción de “Los Saicos”, “Demolición”, cobra una actualidad inusual en el panorama nacional –en el político, especifiquemos- porque su letra, lo único que dice es “Ta- ta-ta-ta, ya-ya-ya-ya-ya. Echemos abajo la estación del tren. Echemos abajo la estación del tren. Echemos abajo la estación del tren. Echemos abajo la estación del tren. Demoler, demoler, demoler, demoler”, y a un monótono, poco imaginativo etcétera, al que solamente se le añade: “Nos gusta volar estaciones de tren, ye, ye, ye, ye. Ye, ye, ye, ye”, para repetir incansablemente el sonsonete …

Es que, para demoler, no se necesita ninguna imaginación: únicamente explosivos y fuerza bruta. Eso es lo que estamos viendo y viviendo día a día en nuestro país. El “espectáculo” deplorable de un ejecutivo, un legislativo y una ralea (no “clase”) política, todos unidos en una alegre y feroz destrucción de las instituciones y de todo lo positivo que se ha ido logrando con el esfuerzo de los ciudadanos. Los verdaderos, no ellos, los malditos destructores …

Hacia donde uno mire, todo es polvareda, ruinas, cascotes y desechos; el ruido atronador de las explosiones, ensordece y lo único a lo que se atina, en un acto reflejo, es a cerrar los ojos, taparse las orejas, contener la respiración y no abrir la boca, esperando –sin muchas esperanzas- que el polvo, el ruido y los fogonazos, que estos apátridas, deleznables e insanos (iba a decir malnacidos bellacos) producen, no nos conviertan en puré.

Imagen: https://www.freepik.es

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