AGUSTINA Y DOÑA ALBERTA


Mis recuerdos de la casa de la calle Santo Domingo en Arequipa, son múltiples y como suele suceder con lo que la memoria evoca, están desordenados y las fechas se embarullan creando una especie de rompecabezas o puzzle desarmado, en el que las piezas están desparramadas y muchas boca abajo, sin mostrar el pedazo de figurita que buscamos …

De lo que sí estoy seguro es que mis recuerdos empiezan allá por 1952 y son esporádicos, porque la casona de mis abuelos Margarita y Francisco –los Gómez de la Torre- era esa especie de lugar mágico, con el que un niño en vacaciones escolares, venido desde Lima, soñaba … En esas vacaciones, me hospedaba en casa de mi hermana Teté, que se casó con Jorge en 1952 y vinieron a vivir a la hermosa “quinta” –lo que hoy sería un “condominio”- de la calle Jerusalén N° 603, que tenía un jardín con árbol de “molle” incluido, en medio de las casas …

Por eso escojo la pieza del puzzle que mi memoria muestra y veo a la pequeña (de tamaño) Agustina, con el cabello recogido en un moño, mandil a cuadritos, un poco encorvada y deslizándose –más que caminando- desde el patio de adentro hasta el patio de afuera, trayendo algo para que mi tía Graciela, prepare uno de sus gloriosos postres, en el Primus que hay en cuartito que está debajo de la escalera que sube al techo, donde no me permiten subir …

Agustina, la empleada que, si no me equivoco, llegó a Santo Domingo siendo todavía una niña o muy joven, cuando los abuelos –a quienes no conocí- aún vivían; allí envejeció, se encorvó y se hizo más pequeña, pero estoy seguro que siempre conservó la sonrisa amable en su rostro arrugado y la diligencia silenciosa y deslizante de sus movimientos.

Alberta era “doña Alberta” y no vivía en la casona, pero venía varias veces por semana para lavar la ropa, en la pileta que estaba –si no me equivoco- pasando la pequeña huerta del fondo, cerquita del –para mí- mítico y casi prohibido, “patio de atrás” …

Doña Alberta, de cara colorada y manos ídem –supongo que estas últimas por su oficio de lavandera- y la cara                     –fantaseaba yo, entonces- porque “seguramente se tomaba sus tragos”, era seria, de movimientos rápidos, mandil celeste cubriéndole el vestido, no muy locuaz y con esa edad donde el tiempo no solo ha dejado canas sino un gesto adusto y la huella de años. Yo la veía poco -tan solo cuando mis visitas coincidían con “día de lavado”- y francamente, le tenía un poco de miedo, porque, seguramente “no era de la casa”, o sea de esa familia amable, universo de tías, que estaba dividido en dos: en las “tías de afuera” (que eran dos:  Graciela y Carmela, hermanas de mi madre) y las “tías de adentro” ( que eran bastantes más: Lucha, Georgina, Alicia y Julita, las primas de mi mamá y luego también Leonor –“la Nonita” (quien nunca supe si era mi tía, a secas, por ser prima de María Antonieta, Carmela y Graciela, o tía abuela mía) y “la Yayita”, Carmen Zegarra, amiga de las tías. Como decía, un universo de tías cariñosas que siempre me tenían un dulce preparado por ellas y se alegraban de ver que yo, Manolo, el hijo de “la Tony”, andaba curioseando por ahí…

Por ahora, dejo este puzzle familiar y de la infancia, para ver si poniendo al derecho todas las piezas, consigo alguna vez “armar el cuadro”, aunque estoy seguro –casi diría que lo prefiero así- que esto nunca va a suceder, porque lo entretenido es recordar fragmentos, que como chispas me dicen que fui un niño feliz …

Imágenes:  – Casa de calle Santo Domingo, Arequipa.

             – Con mamy y hermano Panchín, por primera vez en Arequipa, aeropuerto Rodríguez Ballón.

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