EL COLOR INTRASCENDENTE


No era blanco ni negro.

Tampoco era rojo, naranja, amarillo, verde, añil, azul o violeta, ni una combinación de cualquiera de ellos. Era sencillamente intrascendente. Estaba fuera del espectro de colores, no “pertenecía al club” y la luz andaba desconcertada, porque no lograba comprender de qué manera o cuál había sido el momento, en que este color sin nombre conocido, había hecho su aparición…

Sí, tampoco era un ultravioleta o un infrarrojo; era un… ¿Cómo llamarlo? Tal vez se tendría que inventar algo, por lo que doña Óptica y doña Física, se reunieron a tomar el té de las cinco, con pastelitos incluidos, y a platicar sobre esto, que parecía venido –seamos francos- del espacio exterior…

Mientras tanto, el color intrascendente, sin nombre alguno, andaba tan tranquilo recorriéndolo todo, curioseando y asombrando con su presencia extraña… Llamarlo “descolorido” fue una alternativa, pero implicaba la degradación de alguno de los siete colores, que se opusieron vehementemente, y tampoco había caso de que fuera infra o ultra, porque el club de colores se negaba a aceptarlo.

Un día, el color intrascendente se fue como había venido. Desapareció y nadie se dio cuenta. Su ausencia pasó… ¡desapercibida!

Toda la agitación cromática se diluyó en la nada y llovió… Esa tarde llovió y para lucirse, hizo su aparición un inmenso arco iris y del intrascendente nunca se supo más…

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