EN BLANCO Y NEGRO, CON MATICES DE GRIS


Siempre quiso saber cómo eran las alucinaciones que la marihuana producía, le intrigaba la cosa, pero no se atrevía a fumar, porque tenía un amigo que se había quedado pegado a la yerba y no podía desprenderse –fuma que te fuma- gastándose un platal… Además, su pata tenía una sonrisa boba todo el tiempo y andaba como medio ido …

Finalmente, después de mucho cavilar, la curiosidad lo venció y con dudas aún se armó un porro, gorreándole yerba al amigo, que sonriendo –ahora medio malicioso- le dio un cigarro ya armado, un sobre grande de manila, llenecito y como veinte papelitos para armar porros, sin decirle otra cosa que un “¡Buen viaje…!” y asentir con la cabeza, ampliando la sonrisa maliciosa …

Se fue al parque y se sentó en una banca, miró el cigarro, se lo puso en la boca y con un fósforo lo encendió, chupó y avivó la brasa de la punta, mientras el humo entraba; primero lo mantuvo en la boca, lo botó y tosió un poco, atorándose de los puros nervios. Esperó un instante y volvió a chupar, inhalando esta vez y tosiendo. Dejó de toser –hizo de tripas corazón- e inhaló otra vez: lo repitió hasta que el cigarro era lo que llamaban un “fallo” que le quemó los dedos pulgar e índice con los que lo sostenía …

Esperó un rato y se sintió medio mareado, y nada más. Desencantado, se iba a levantar para irse, pero el mareo lo obligó a sentarse nuevamente. Entonces le pareció ver luces y al tratar de fijar la vista, el parque se puso en blanco y negro. Sentía la cabeza ligerita y sonrió, con la misma sonrisa de su amigo. De pronto empezó a reírse y algo como lo que él llamaría una corriente eléctrica suavecita, se le paseó por el cuerpo. Todo era blanco y negro con matices de gris a la vista: los árboles, el jardín, la vereda, inclusive unas personas que caminaban por allí y el cielo –lo que no era ninguna novedad, porque en Lima siempre es gris- …

Después de un tiempo largo – del que no tuvo noción- poco a poco todo fue retomando los colores y regresaron el verde de las plantas, el azul del bluyín, el color carne de sus manos y pasó caminando una paloma gris. Miró al cielo y era gris, como siempre en invierno. Todo era normal, salvo que le picaba la garganta y se sentía como tranquilo, como si no le importara nada …

Se fue a su casa, caminando despacio y sobre el banco del parque quedó el sobre de manila con yerba; los papelitos para armar porros se habían volado con el viento… Pensó que lo de las alucinaciones no tenía chiste, porque no hubo colores raros. Solo unas lucecitas, todo era blanco, negro y gris. Gris como el cielo, “color panza de burro”, de Lima en el invierno…

Imagen: https://erasmusu.com