EL ELEFANTE


Apareció una mañana en la sala. Era un verdadero elefante, pero no más grande que un perro mediano.

Estaba yo sentado, leyendo y de pronto, de la nada, ¡Puf!, apareció con aire desconcertado, como quién que de sopetón llega a un sitio desconocido. No era para menos, pero yo, en cuanto lo vi, me asusté primero y luego me froté los ojos, abriéndolos y cerrándolos varias veces para comprobar que no me había quedado dormido y estaba soñando…

El elefante era color elefante, o sea medio gris, pero con unos puntitos de colores esparcidos por el cuerpo, lo que le daba un aire extraño, pero alegre. Nunca había visto una foto, una ilustración parecida, ni tampoco imaginado un elefante así …

Me miró como diciendo “¿Qué hago aquí…? ¿Quién eres…?” y con paso tranquilo, un poco torpón, se fue a la cocina, empujando con la cabeza la puerta batiente y quedó fuera de mi asombrada vista. Es verdad que tardé un poco en reaccionar, pero me levanté del sillón, fui hacia la cocina, empujé la puerta batiente y antes de entrar miré dentro por si acaso, no fuera a ser que me atacara (nunca se sabe, yo no tengo ninguna experiencia con elefantes…), pero no se lo veía y me pareció rarísimo; la puerta del refrigerador estaba medio abierta y cuando fui a mirar, por supuesto que el elefante no estaba ahí, pero vi que en la mantequilla había unas como huellas, redondas…

Saqué una bolsa de plástico de la alacena y eché dentro mantequilla con mantequillera y todo, para después anudarla y botarla al basurero del patio, no fuera a ser que el elefante hubiera pisado la mantequilla…

¿Y el elefante? Se había ido como apareció. ¿Bien raro, ¿no?

Me fui a seguir leyendo.

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