SOMBRA


Es casi el medio día y mirando por la ventana, alcanzo a ver una sombra, de algo que pasa volando; es sin duda un ave y debe ser más o menos grande …

Vuelve a pasar la sombra y esta vez además escucho un chillido, una especie de graznido, que se repite varias veces. Busco a quien produce la sombra y los chillidos, para descubrir lo que creo que es un halcón. No es una gaviota ni otro pájaro que yo conozca …

Debe ser un halcón que vuela de cacería, persiguiendo a un ratón, o tal vez esté perdido, confundido con los edificios y los pedazos de jardín que ve abajo …

Un halcón que vuela y chilla, avisando que está allí, o que está desconcertado, porque miedo, es algo que no tienen los halcones …

Imagen original, modificadahttp://blogueiros.axena.org

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EL SONIDO DEL TIEMPO


El tiempo suena en mis oídos y me lleva, viajando en la memoria, hasta la habitación de la casa en la calle Ayacucho, en Barranco, que sirve de escritorio y pequeña biblioteca, donde mi padre lee y escribe con la máquina “Hermes Baby”, portátil, chiquita, de color gris …

Yo debo tener unos seis años y me asomo a la ventana, porque un sonido llama mi atención y sé qué es y de dónde proviene, porque lo he escuchado innumerables veces, pero no me canso de mirar al afilador de cuchillos, que empuja su “máquina de afilar”: Una sencilla armazón de madera con dos pequeñas ruedas para facilitan su traslado, y que enmarca una rueda muy grande que gira gracias a un pedal, transmitiendo el movimiento mediante una correa,  a la rueda de esmeril en la parte superior y que es la herramienta afiladora, esa que renueva la capacidad de corte de cuchillos y tijeras …

El sonido, que es una escala de notas musicales que van del más o menos grave al agudo y regresan del modo inverso, repitiéndose varias veces, lo produce una pequeña “flauta de Pan o quena de plástico, casi un juguete, con la que el afilador anuncia su paso, mientras camina lentamente, a la espera de que algún “¡Señor, señor…!” lo detenga y le traigan un cuchillo embotado, con lo que empezará su trabajo, que va a hacer saltar alguna chispa minúscula de la rueda esmeriladora que gira …

Este es el sonido que he escuchado un par de veces hace unos instantes, tantos años después y que ha hecho que regrese a una calle Ayacucho, N°263 en Barranco … Allí donde un niño, sin preocupaciones, está sentado en el piso del escritorio, hasta que el sonido lo llama a la ventana …

Sí, he escuchado ahora, casi como un llamado, el sonido del tiempo …

Imagen: https://www.todocoleccion.net

EL ELEFANTE


Apareció una mañana en la sala. Era un verdadero elefante, pero no más grande que un perro mediano.

Estaba yo sentado, leyendo y de pronto, de la nada, ¡Puf!, apareció con aire desconcertado, como quién que de sopetón llega a un sitio desconocido. No era para menos, pero yo, en cuanto lo vi, me asusté primero y luego me froté los ojos, abriéndolos y cerrándolos varias veces para comprobar que no me había quedado dormido y estaba soñando…

El elefante era color elefante, o sea medio gris, pero con unos puntitos de colores esparcidos por el cuerpo, lo que le daba un aire extraño, pero alegre. Nunca había visto una foto, una ilustración parecida, ni tampoco imaginado un elefante así …

Me miró como diciendo “¿Qué hago aquí…? ¿Quién eres…?” y con paso tranquilo, un poco torpón, se fue a la cocina, empujando con la cabeza la puerta batiente y quedó fuera de mi asombrada vista. Es verdad que tardé un poco en reaccionar, pero me levanté del sillón, fui hacia la cocina, empujé la puerta batiente y antes de entrar miré dentro por si acaso, no fuera a ser que me atacara (nunca se sabe, yo no tengo ninguna experiencia con elefantes…), pero no se lo veía y me pareció rarísimo; la puerta del refrigerador estaba medio abierta y cuando fui a mirar, por supuesto que el elefante no estaba ahí, pero vi que en la mantequilla había unas como huellas, redondas…

Saqué una bolsa de plástico de la alacena y eché dentro mantequilla con mantequillera y todo, para después anudarla y botarla al basurero del patio, no fuera a ser que el elefante hubiera pisado la mantequilla…

¿Y el elefante? Se había ido como apareció. ¿Bien raro, ¿no?

Me fui a seguir leyendo.

Imagen: https://www.amazon.com

MÍTICO SAMMY


Es Samuel, “Sammy”, para los amigos y los clientes de “La Calesa”, restaurante en San Isidro, donde él es el barman, siempre amable, atento a los detalles, sonriente y autor de uno de los “pisco sour” más famosos de esta ciudad, yo diría a estas alturas, que una verdadera leyenda, que sirve generosamente (con el que hay que tener cuidado, porque es realmente delicioso y existe la tentación de que el primero, luego, traiga más…).

Ayer por la tarde, mi sobrina Marcela me sorprendió gratamente al enviarme esta fotografía, tomada muy poco antes y me contó –en el mensaje que la acompañaba-  que estaba cerca del lugar y decidió entrar, recordando a Sammy de alguna visita suya al restaurante y de lo mucho que yo hablaba de “La Calesa”, el lugar que de lunes a viernes era el sitio del almuerzo, precedido por más de un whisky (en mi caso, preferí siempre ni probar el pisco sour, por si las moscas…) con mis grandes amigos Julio y Alfredo (que nos deben estar esperando a Sammy y a mí, en el bar del Barrio Eterno) y algún otro amigo que “cayera” por ahí, además del también “habitué”, doctor Aurelio, que venía por lo que él llamaba su “petróleo” –que era whisky- y su rápido almuerzo, antes de volver al estudio de abogados que dirigía.

En esa época, enseñaba en el IPP, de donde Julio y Alfredo eran propietarios y directores y que quedaba cerca de “La Calesa”; el almuerzo se extendía con grata conversación, para después regresar, ellos al Instituto y yo manejar hacia la agencia de publicidad, donde era director creativo …

Hace muchos años de todo esto y me dio mucha alegría hoy, cuando Marcela, en su mensaje, me ponía: “pasamos por La Calesa, nos asomamos y estaba Sammy…

Entré corriendo a saludarlo, le dije que era tu sobrina y súper cariñoso me preguntó por ti y te mandó muchos saludos, me contó que la última vez que fuiste fue hace tres años aprox, dice que ojalá puedas darte una vuelta por ahí…”

Es verdad, hace por lo menos tres años (o tal vez más) que no voy por “La Calesa” y la última vez que estuve allí, fue para visitar a Sammy, tomé un agua mineral, sentado en la barra, recordando a los amigos, conversando con el buen Sammy y contándole mis peripecias de tres infartos cerebrales, los que me alejaron de todo: del trabajo, la enseñanza, el trato frecuente con los amigos y de ese lugar entrañable, de sus generosos whiskies (y de cualquier otro alcohol para beber) servidos por un sonriente Sammy …

Vuelvo a decir que ha pasado mucho tiempo, pero por Sammy no han pasado los años y lo dice la fotografía, aunque la ahora común mascarilla le tape media cara, pero quizás tenga un poco más de canas (¡yo tengo el pelo totalmente blanco!) …

Confieso que el corazón me dio un brinco cuando vi la fotografía, con Marcela, apoyada en la barra detrás de la cual está Sammy; los recuerdos se me subieron a los ojos y una lagrimita se escapó por allí …

¡Gracias, Marcelita! ¡Hola Sammy, qué gusto verte en el lugar de siempre…! Prometo que apenas pueda, iré a “La Calesa” para que charlemos de los buenos tiempos y los buenos amigos… De mi parte, tengo tanto de qué hablar … Por favor, tenme lista un agua mineral heladita, con sus hielos más, en un vaso para whisky, de esos chatos y gordos …

Imagen: Marcela y Sammy, en “La Calesa”.

FILMACIÓN


Estamos filmando un comercial y justo esa mañana no puedo estar allí, como debería, ya tengo una reunión, que ha sido convocada a última hora y el cliente ha insistido que no falte a ella, porque es importante, desbaratando por completo lo planificado para el día …

Felizmente Hans, que es el director de arte y “hace todo” en la parte visual, me está reemplazando en la filmación y por si acaso estamos en comunicación permanente con ese celular con tapita cuyo nombre nunca recuerdo y que llevamos a la cintura …

Es ya por la tarde y yo he llegado al lugar donde se está filmando. Hans me dice que no hay novedades, que todo marcha bien y elogia al equipo técnico, calificándolo de “absolutamente profesional”. Menciona que hay un sobre de manila grande para mí, me lo entrega y noto que es pesado y lo que contiene hace bulto. Hans me dice que de pronto es una bomba y, bromista, se ríe …

Abro el sobre y su contenido es una bolsa de… ¡arequipe!

Arequipe, ese dulce colombiano que me gusta tanto y cuyo nombre siempre me recordó a la ciudad peruana, en el sur, donde nació mi madre y toda mi familia materna. Arequipa, mi ciudad de adopción …

El arequipe, ese dulce delicioso de leche, que se llama también así en Venezuela y Guatemala, “manjarblanco”, en Perú, “manjar” a secas, en Chile, “dulce de leche” en Argentina, “cajeta”, en México y en Cuba es “fanguito” …

Ampliando este paréntesis dulcero, diré este dulce, que va cambiando de nombre y que es básicamente leche con azúcar, mezcladas y llevado al fuego para que espese, y que también varía un poco de textura, consistencia y ligeramente de sabor (¿vainilla más?), según leo, es reclamado como “invención” casual, argentina, de la cocinera de Juan Manuel Rosas…:

«Durante el Pacto de Cañuelas (1829), un acuerdo entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires en ese entonces, Juan Manuel de Rosas, y su opositor, el general Juan Lavalle, (para detener la guerra civil en el país), la cocinera de Rosas se distrajo y dejó la leche en el fuego y se formó el dulce de leche«, contó Balmaceda, quien recientemente publicó el libro «La comida en la historia argentina».

Seguramente, cada país reclama el “invento”, pero supongo que el postre es más antiguo y se pierde en el tiempo. Por si acaso, también se le atribuye la autoría a un cocinero de Napoleón Bonaparte, pero ya se preparaba antes en Indonesia y Filipinas. En Brasil se llama “doce de leite” …

Cierro el paréntesis dulcero, para volver a la filmación, que por si no lo han adivinado, es un sueño que tuve, donde como sucede en casi todos los sueños, se mezclan situaciones, personajes y hechos, de distintas épocas, que nos atañen, que recordamos y que nuestro cerebro une, creando historias. Sí. Es una historia más, soñada, pero que me ha dejado con un sabor maravilloso. Como dije antes en un post anterior, con “el sabor de los recuerdos”: esos que también pueblan nuestros sueños.

Información gastronómica: Wikipedia.

Imagen: https://www.gograph.com