POSCOVITAS


No es que Alicia y yo nos hayamos nacionalizado rusos (no es “m” sino “p” la primera letra del título), lo que sucede es que, para nosotros, el Covid, al que dimos positivo a pesar de las tres vacunas, más las precauciones adecuadas y casi extremas, se ha alejado lo suficiente, para ya sin síntomas y sintiéndonos bien, seamos unos “poscovid”, de vuelta a casa, luego de 10 días en la Villa Panamericana, una de esas maravillas, con las que el Perú nos sorprende, a pesar del caos político, el desastre gubernamental y la – por desgracia- “tradicional” incuria oficial en medio de todo lo cual se vive en nuestro país…

La Villa Panamericana, es un complejo de edificios de departamentos, construido para alojar a los atletas pertenecientes a las representaciones de los diferentes países que participaron en los Juegos Panamericanos (aquellos a los que muchas voces “representativas” se oponían, diciendo que era un “gasto excesivo”), de los que el Perú fue sede…

Allí estaban los edificios, llegó la pandemia y se decidió convertirlos en un centro de aislamiento y recuperación para cualquiera que lo solicitara, haciendo los trámites a través de la línea telefónica, declarando síntomas y –supongo- habiéndose hecho una prueba de positividad, bastante sencilla, popularmente llamada “hisopado”. Los detalles no los tengo, pero cuando a Alicia y a mí nos “hisoparon” y dimos positivo, el mismo día, por la tarde, nuestra hija llamó por teléfono, al número 107, hizo los trámites (todo a través de su celular) y a la hora, le contestaron que fuéramos a la Villa Panamericana, ese mismo día, hasta la 8.00 pm.

Empacamos a la volada y un taxista, sumamente amable y responsable, nos llevó hasta allí, en medio de un tránsito que solamente Lima tiene, de lo caótico y desordenado que es.

Legamos a las 7.30 pm, ingresamos y nada más cruzar la puerta, ese país desordenado y caótico quedó atrás, para dar paso a lo que yo nunca creí que pudiera existir en el Perú: Orden, organización y amabilidad. Todos –y lo comprobaría diariamente durante 10 días- eran amables, eficientes, serviciales y dispuestos a responder preguntas, tranquilizar y… ¡sonreír!

Esto no es un “cuento” y es la realidad “real”; una realidad maravillosa que hace que me sienta orgulloso, porque he comprobado –personalmente, in situ- que cuando se quiere, se puede y que el Perú y muchos peruanos, son más grandes que los problemas, por difíciles que estos sean.

Cada uno de nosotros en una habitación, con una sala con televisor y una mesa con sillas donde tomábamos comidas preparadas (la Villa no tiene una cocina general) por una empresa, que según las etiquetas que traía cada “plato” que en realidad era un pequeño contenedor o bandejita de foil de aluminio, cerrado, es la misma que, tengo la seguridad, provee a los aviones, pues su razón social está ubicada en una rampa del aeropuerto internacional…

Dieta personalizada, abundante y… ¡rica! (nada de esa tradicional “comida de clínica”, bastante sosa). Desayuno, almuerzo y cena, fruta, infusiones y agua embotellada e individual. ¡Nunca más cariñosamente atendidos, ni con tanta -perdón que repita- eficiencia y pulcritud! : Todo en su lugar, todo a tiempo y todo lo necesario para una estadía cómoda, agradable, protegida.

No me queda más que expresar nuestro agradecimiento y     –vuelvo a decirlo- sentirme orgulloso de haber comprobado que cuando se quiere, en el Perú, se puede y mucho. Gracias al IPSS que maneja la Villa Panamericana y sus servicios y a todas y cada una de las personas que en lo que ha sido para mí, para nosotros dos, un paraíso, trabajan allí. Gracias a quienes lo han hecho posible. Gracias, muchas gracias, El Perú sería otra cosa, si todo fuera así… Esperemos que así sea.

NOTA: Antes de publicar este post, debo decir que creo que todo este magnífico servicio e increíble organización, está en serio peligro, por los últimos acontecimientos, con el nombramiento de un impresentable y a todas luces incompetente, ministro de Salud y las renuncias de quien fuera responsable del éxito de la vacunación en el Perú, doctor Rosell y del grupo asesor que permitió ordenar la vacunación, para llegar a una cifra que supera el mejor cálculo. El gobierno del señor Castillo, destruye lo único bueno que había hecho, al cambiar al ministro de Salud y poner en peligro la continuación de una política de vacunación eficaz y organizada. El gobierno juega con la salud de ése “pueblo” que dice defender. “Pueblo”, que resulta ser una palabra hueca, que solo le sirve para llenarse la boca demagógicamente.

Fotos: Manolo Echegaray

Anuncio publicitario