¡PUM!


No resistía los ruidos y vivía tapándose lo oídos a cada rato. Un amigo le regaló un par de tapones y le aconsejó que se los pusiera cada vez que fuera a ir a un lugar ruidoso, que estaban unidos a un cordoncito y se los podía colgar del cuello…

Él agradeció y decidió probarlos, porque cerca de su casa había un aserradero de madera, que producía un ruido horrible, insoportable… Se los colocó y caminó hasta el sitio: No escuchaba nada. Se quitó un tapón y el ruido le taladró el oído y le hizo saltar. Se lo volvió a colocar y el silencio regresó, junto con una amplia sonrisa suya…

Pensó entonces que era preferible llevarlos siempre puestos para evitar cualquier ruido molesto y vivir tranquilo. No se quitaba los dichosos tapones ni para dormir…

El problema vino cuando no escuchó la bocina ni el frenazo del auto que se lo llevó de encuentro. Murió con los tapones puestos.