EL VOLADOR


Todas las noches, muy tarde, se levantaba de la cama, para ponerse su traje y se ajustaba la corbata. Era muy formal. Con la bolsa grande en la mano, subía las escaleras, hasta el techo de la casa, que estaba en una colina, alejada del pueblo, sacaba de la bolsa el correaje que se ponía cruzando el pecho y que sostendría las alas, que, a continuación, metódico, también sacaba de la bolsa.

Se ajustaba las alas a la espalda y se enroscaba en cada brazo la tira de cuero que las ataba a ellos y comprobaba que abriéndolos y efectuando suaves movimientos, estas se movían…

Caminó hasta el borde del techo y después de santiguarse, se lanzó al aire abriendo los brazos y moviéndolos a los costados, como lo haría un ave al volar. Las alas, como cada noche, funcionaban y se movían acompasadamente, sosteniéndolo en el aire …

Como siempre, voló sobre los campos dormidos, gozando del aire que le acariciaba la cara y desordenaba los cabellos; pensó que ya era tiempo de cortárselos o conseguir un gorro; se puso en vertical y ascendió bastante, para en un momento, dejar abiertos los brazos, quietos, y poder planear.

Era simplemente maravilloso, pero ya tenía los brazos cansados y era tiempo de volver al techo de la casa, desembarazarse de su equipo de volador, bajar a su habitación, quitarse el traje, ponerse el pijama de pantalón corto y, después de santiguarse, dar gracias por el vuelo, irse a dormir feliz.

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