BARRANCO, TIEMPO DE AMAR


Este fue mi primer cuento publicado en un diario, allá por 1972, en “Correo”, de Lima, lo que fue posible gracias a don Jorge “el Cumpa” Donayre, magnífico e inolvidable persona, amigo y quien fuera mi director creativo, cuando yo era redactor publicitario en “Kunacc Gestiones de Marketing”.  La ilustración original, que acompaño, no tenía nada que ver con el relato, salvo por el título … “Barranco tiempo de amar” ya lo publiqué hace años en este blog, pero hoy vuelvo a hacerlo…

Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores. A través de los rojos se veía, porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes. El pájaro loco, el conejo Oswaldo, el capitán Marvel. Leíamos “El chico de las dunas” que tenía una cita de san Agustín, pegada en la parte de atrás.

Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar dejábamos abierta la ventana del comedor, para que entrara el aire de mar.

Lindo el comedor. Con su mesa de mantel de hule. La mesa tenía diversos crujidos. Nosotros escondíamos las espinacas, tratando de que no nos vieran, en el bordecito de debajo de la mesa.

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Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (las de basquetbol nomás, hermano, mi mamá no me compra de las otras) para que las piedras no nos aplastaran los pies. ¡Y los erizos! ¿Te acuerdas? La señora gorda que se metía a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía. Las escaleras de madera y los rieles oxidados llenos de musgo y pequeños choros… ¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos, que se iban cada tarde en el pico de una gaviota. Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa.

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Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en mis juegos, y os piratas navegaban desde la baranda de la terraza. Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios de colores eran la iglesia y el castillo. Filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo.

Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿En dónde nos quedamos ayer?”. Ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa de metal con cojines floreados. Allí, en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra. Noches de Ipacaraí era la mejor. Era verano, claro. Las mejores canciones se cantan en verano. Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas. Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta, tirando papelitos a los enamorados de la costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo lo volvía a acompañar y él me acompañaba al regreso. Y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia. Nos asombrábamos de todo. Y ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18. Así éramos los chicos entonces.

Imagen: Ilustración del diario “El Correo”, Lima 1972.

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