“EL TIEMPO DE LAS AMAPOLAS”


Como de costumbre, al sentarse para escribir, no pensó nada y puso lo primero que se le pasó por la cabeza. Escribió la frase, “El tiempo de las amapolas” … Miró lo que había escrito y no se le ocurrió nada. Sonaba a título de una novela, de un poema o tal vez al epígrafe de una fotografía. Por más que trataba de concentrarse, la frase no le decía nada en concreto.

Sabía que la amapola era una flor y que el opio salía de ahí, pero no se imaginaba ni cómo era la dichosa flor, ni cuál era “su tiempo” … ¿Sería tal vez, algo como “La hora del opio”? ¿Y fumar opio no producía ensueños? ¿Era necesario fumar? ¿Los opioides, derivados del opio, no se usaban en medicina para aliviar el dolor? ¿Uno se habituaba al opio, a los opioides? ¿Era una especie de “nirvana placentero”, que se necesitaba para enfrentar a una realidad hostil, digamos, de mierda? ¿Y si el “tiempo” era la época en que florecían las amapolas? ¿Dónde florecían las amapolas cuando florecían? ¿El clima sería templado, frío o caluroso? ¿Andarían ubicadas por Asia, África, Europa o América? ¿En Oceanía, tal vez?

Decidió que lo mejor era escribir que amaba a Pola, lo que era un jueguito de palabras bobo, pero gracioso y que el “Tiempo de las amapolas”, era el momento en que amaba a Pola. A todas las Polas. El problema es que él era hombre y “El tiempo de LAS” era femenino. Trató de pensar en otra cosa, se sirvió un café y mientras lo tomaba, lentamente, sorbo a sorbo, cayó en cuenta que eran las doce, el tiempo del café …

“El tiempo del café”, parecía una buena frase para empezar y seguir escribiendo.

Imagen: plantasyflores. online