EL CERRO Y EL CASTILLO


Había una vez un cerro, grande, que estaba orgulloso de ser cerro y se decía a sí mismo: “¡Soy un cerrón…!”, porque no se sentía un cerrote, ni un cerrazo, sino que le gustaba la terminación “on”, bien acentuada, por cierto…

Entre sus breñas, albergó una construccioncita, una casita de techo de paja amarillenta, que de pronto y sorpresivamente, sin que nadie que no fuera el cerro se diera cuanta, creció y se convirtió en castillo, con su paja amarillenta en el techo…

Se hizo popular, la ex casita, ahora castillo, y de todas partes venían a ver tan notable transformación. El castillo, ufano, olfateaba el aire de las alturas, que desperdigaba nubes, que se metían por las aspilleras de la torre…

Al cerro no le gustó para nada el protagonismo de ese extraño, que él mismo había cobijado entre sus piedras y molesto, refunfuñó y trató de sacudírselo como un perro a una garrapata, pero el castillo, al parecer, resistía los embates cerrísticos, o se amoldaba a los violentos vaivenes, que el accidente geográfico sobre el cual estaba asentado, producía con su furor…

Como muchos cuentos, este está siendo adaptado como telenovela y en el mejor estilo de los “culebrones”, faltan muchos capítulos para llegar al letrerito de “FIN”, con muchas lágrimas por llorarse, traiciones por cometerse, tal vez algún hecho de sangre, o acciones de amparo en el futuro, gritos, portazos y claro, sonrisas, de las burlonas, de las francas y de esas que esconden la socarronería típica de ciertos personajes…

Como dicen en el teatro, “la función debe continuar”, pero como esto ya es una telenovela y tiene capítulos al aire…

P.D.: Los cerros no cambian, pero también, se hacen castillos    en el aire…

Imagen: http://www.cuentosinfantilescortos.com