NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO O TODO TIENE SU FINAL


No se detenía ante nada. Trataba de superarlo todo, de batir todos los récords, de ganar siempre, porque estaba convencido de tener la razón, no por “afán deportivo”, sino porque se “sentía más” que los demás, porque tenía que demostrarle “al resto” que era el mejor… Ningún “enemigo”, por grande que fuera, así lo afirmaba, podía con él.

Cerraba los ojos y se concentraba en escuchar aplausos dirigidos a él, provocados por él, por sus triunfos y por su evidente superioridad; nadie ni nada lo pararía nunca y se sentía ejemplo de constancia, de firmeza y claridad de juicio…

Claro, eso no lo sabía la microscópica bacteria, que, sin ningún respeto, invadió el cuerpo, multiplicándose a toda velocidad, esquivando el sistema defensivo, burlando anticuerpos y produciendo esa rara enfermedad, que lo hizo un caso único, cosa de lo que hubiera estado orgulloso, si no fuera porque los muertos no tienen orgullo.

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