CUARTO CRECIENTE


De niño, oyó alguna vez hablar del “cuarto creciente”, preguntó qué era “creciente” y le dijeron que era algo que aumentaba, “que crece, pues, preguntón…” y entonces se quedó pensando en cómo sería eso, de una habitación, o sea, como su cuarto, que crecía, porque le parecía muy bueno si su cuarto fuera de esos, crecederos, para que no estuviera tan lleno de juegos, juguetes, muñecos, libros de cuentos, ropa, toallas, de zapatos y zapatillas, de su colección de avioncitos, de las cajas cerradas con cinta pegante, que tenían escrito “mamá”, “papá”, “vajilla de abuelita”, “documentos y papeles”…

Su cuarto, que estaba tan lleno de cosas, que apenas cabía la cama, chiquita –no como la de sus papás-, además de la cómoda, que tenía los tres cajones llenos, en los que se mezclaban envolturas de chocolate, dos pijamas, y un sinnúmero de objetos que guardaba como tesoros…

Un “cuarto creciente” … ¡Ojalá fuese así su cuarto y no tuviese que poner sobre la cama al dragón de peluche, a los muñecos de “Toy Story” y su bata, cuando no estaba acostado (aunque la bata siempre estaba a los pies y él dormía abrazado al dragón), o sea de noche …

Era macanudo que viniese la noche y dormir, para soñar con un cuarto que crecía, se inflaba y le permitía tener todo allí dentro, sin que sintiera que las cosas lo apachurraban…

Cuarto creciente” … Lo tendría en su casa, cuando fuera grande, trabajara… Pensándolo mejor: ¿Y si todos los cuartos de su casa fueran “crecientes” …?

Imagen: ElBlogVerde.com

PUBLICADO EN EL BLOG masticadoresvenezuelacolombia.wordpress.com 9.7.2021

¿SE PERDIÓ LA ILUSIÓN?


Tocaban el timbre de la casa y debajo de la puerta habían introducido un sobre… Era la ilusión de que el sobre contuviera las noticias esperadas; le dábamos vuelta y la letra manuscrita que lo rotulaba, resultaba familiar, las estampillas en la parte superior, eran las del país que imaginábamos… Abríamos con cuidado el sobre, rasgándolo por un costado y sacábamos las dos hojas dobladas de “papel carta”, para que la ilusión diera paso a la alegría de leer las queridas ocurrencias de la persona que, lejana, nos escribía contando impresiones, naderías y alguna anécdota, asegurándonos que estaba muy bien, que hacía mucho frío o calor, enviaba saludos para amigos, parientes y se despedía asegurándonos cariño y que pronto estaríamos juntos nuevamente, cuando volviera…

Creo que hoy se ha perdido la ilusión de abrir un sobre de cartas, encontrar un mundo que recorríamos con la lectura y que ponía en funcionamiento nuestra imaginación…

Hoy llega un e-mail a la computadora, que de pronto pasa automáticamente a la sección de “spam” y ni nos enteramos, porque no reconoce al remitente, o queda allí, en “recibidos”, para que lo leamos cuando “tengamos tiempo” o nos acordemos de “revisar el correo” …

Tal vez, en honor a la antigua apertura del sobre de cartas, “abrimos” el correo electrónico y lo leemos, pero creo que hay diferencia entre el misterio que encierra un sobre cerrado y lo que dice un e-mail, que aparece completo, a la vista, en la pantalla… No abrimos nada en realidad; no le damos vueltas al sobre cerrado, tratando de adivinar el contenido y no reconocemos la letra querida, ni miramos las figuritas de las estampillas… No rasgamos el borde, ni nos invade la sorpresa que producirían las palabras manuscritas, con algún tachón o término que no entendemos bien…

La “modernidad” y la tecnología han aguado la fiesta y ahora si queremos, leemos y si no… Pero por favor, ¿hubieran dejado de abrir un sobre de cartas, que pasaron debajo de la puerta de la casa y que además tenía estampillas…?

Imagen: es.dreamstime.com