EN EL PAÍS DE LOS PEQUEÑOS GUSTOS


Allí, uno podía darse los gustos que quisiera. Lo único es que tenían que ser pequeños…

Era imposible, por ejemplo, darse el gusto de ser millonario, pero sí gustar del sabor de un helado de lúcuma…

No se podía ser presidente, por más gusto que esto produjera, sin embargo, mirar una puesta de sol, con solamente desearlo, era perfectamente factible.

Los pequeños gustos eran múltiples, innumerables y hasta el país llegó un hombre que quería darse el gusto de odiar un poquito…

Su petición se sometió al Consejo de Ancianos y el visitante argumentó que era un pequeño gusto el que pedía: odiar un poquito, una sola vez y mostró una pequeña caja…

Luego de una tarde y una noche deliberando, el Consejo emitió un veredicto: Odiar no era un gusto, sino un placer y además el odio no podía ser pequeño…

El hombre se tuvo que ir con su odio y se dio cuenta que de nada había servido meterlo a la fuerza en una caja de fósforos…

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