EL OSO Y LA LUNA


Era un oso tranquilo, que vivía en una cueva cómoda, lejos del mundanal ruido y entregado a pensar en la inmortalidad del mosco…

Debajo del risco donde quedaba su vivienda, había un bosque, que se extendía hasta donde la vista alcanzara y al cual nunca se le había ocurrido bajar, porque el posible camino era muy empinado y tal vez fácil de ida, porque los descensos suelen ser muy rápidos, pero subir sería sumamente trabajoso y lo menos que le provocaba al oso era trabajar, aunque “Trabajoso” sonara a nombre de pariente…

Un buen –o mal- día (dependiendo de cómo se lo mire), acertó a ir por la cueva una osa, que haciendo honor a su ser (ser osa), miró curiosa y descubrió al oso que roncaba a pata suelta, soñando con el mosco inmortal de su pensar diario.

Medrosa, un poco asustada por los fuertes ronquidos, se acercó sigilosa y lo miró tan fijo, que el oso, abrió un ojo, lo volvió a cerrar y perezoso, estirando las patas delanteras, bostezó, para inmediatamente ver a la osa y creer que tenía un espejo y se miraba en él…

La osa hizo un mohín y el oso se dio cuenta que no había movido un músculo y que no era un espejo lo que tenía al frente, sino que alguien, de un parecido asombroso, le sonreía cauteloso.

La osa, mimosa, quiso congraciarse presurosa y le mostró un frasco de miel de abejas que llevaba en su canasta, para aplacar goloserías repentinas; el oso no sabía lo que era y estiró el pescuezo, mientras la osa sacaba una cucharita y destapado el frasco, le ofreció, sonriendo amistosa, lo que él vio era de un dorado precioso.

Frunció la nariz, devolvió la sonrisa y probó: Los ojos le brillaron, un escalofrío de placer recorrió su ósea columna vertebral y cerrando los ojos no supo cómo calificar su sensación: Si maravillosa, primorosa, sabrosa o deliciosa…

Una sonrisa y una segunda cucharada del manjar exquisito, lo transformaron de un oso perezoso, a un ansioso oso que, goloso, nunca podría pensar en otra cosa de ahí en adelante; la osa le ofreció gustosa, el frasco, la cucharita y la canasta, arrimándole el morro, mientras desde la entrada de la cueva miraban juntos a la luna, que, para el oso, era toda de miel.

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