Volar como Paloma by Manolo Echegaray


MasticadoresVenezuela&Colombia

De la tierra al cielo, nacen caminos nuevos…

AC

Soy una planta.

Fui semilla, caí en tierra ygerminé. Poco a poco eché raízy crecí. Me erguí y di fruto. He estado bajo el sol y el cielo que tiene nubes, allá arriba.

En el cielo vuelan las palomas, sin raíces, libres y no como yo, que estoy atada a la tierra.

Creo que algún día,volaré.Como las palomas. Ya no seré planta y mi fruto,mi espíritu,parte de mí,volará, aunque no sea muy alto.

Seré no una, sino muchas palomas, palomitas blancas.

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EL COLOR DEL FUTURO


En el letrero decía: “ADIVINAMOS EL COLOR DE SU FUTURO” escrito en letras grandes y vistosas.

Nunca se había hecho “leer el futuro”, porque no creía en predicciones, pero la curiosidad le ganó entonces y entró en el pequeño puesto de la feria: Había una mesa y dos sillas, colocadas una a cada lado de esta. Sobre la mesa había un cenicero grande, que anunciaba una marca de licor…

Al final del cubículo, una cortina verde, desteñida, servía de pared y se movía con el aire…; como no vio a nadie, carraspeó preguntando: “¿Hay alguien por aquí…?”

Un momento después, se corrió un poco la tela y dio paso a un anciano que tenía un aro dorado en la oreja derecha, vestido con una camiseta en la que todavía quedaban algunas lentejuelas a la altura del pecho y un pantalón color caqui, bolsudo, evidentemente de una talla mayor, que la de extraño propietario. Estaba en zapatillas de levantarse y sonriendo, se llevó la mano hacia el pecho y luego, bajando un poco la cabeza, se tocó los labios y la frente, en una especie de saludo, dejando la mano un instante en el aire.

Hizo una seña para que se sentara, e hizo lo propio y siempre sonriendo, se tocó la boca negando con la cabeza, dando a entender que era mudo…

Estaba incómodo en la pequeña silla y se preguntaba si había hecho bien en entrar a ver al adivino, pero este sacó una especie de mazo de cartas del cajón de la mesa y las barajó hábilmente, acomodándolas con las manos en una pila ordenada. Las cartas, se veía, eran viejas y estaban gastadas, con los bordes, que uno sobre otro, en la pila, presentaban un aspecto más bien sucio…

Ahora el hombrecito sacó del cajón de la mesa un cuaderno, buscó, evidentemente, una página en blanco, moviendo las hojas y con un lapicero, escribió: “Bienvenido. Soy mudo. Me llamo Aristofeles. El color de su futuro cuesta 10 soles.” A continuación, dejando el lapicero, hizo una seña levantando las cejas y tendiendo las manos con las palmas hacia arriba, como diciendo “¿Y…?”

Él, sin pensar, sacó un billete de diez y lo puso, doblado, en el cenicero.

El vejete volvió a barajar el maltrecho mazo de cartas y parsimoniosamente, abrió el cuaderno y escribió, mostrándole luego una frase que decía: “Saque una carta. Mírela sin enseñármela y démela con el color hacia abajo”.  Él hizo lo que le pedía, y le tendió la carta, poniéndola en el medio de los dos grupos de cartas que el “Lector de Colores” había dividido el mazo. Los juntó, puso la pila sobre la mesa, barajó las cartas y se las tendió, como ofreciéndolas. Él las tomó, las puso sobre la mesa y del medio, sacó una carta: Tenía una “espada” de color negro, se la quedó mirando y era la misma carta que había sacado antes. El adivino, volvió a escribir en el cuaderno: “Espada negra”.

Puso cara de incredulidad y el “mago”, volvió a escribir, esta vez decía: “Busque otra espada negra entre todas las cartas”. Y las extendió sobre la mesa. Él las fue volteando una a una y vio que estaban todos los colores, incluso intensidades de un solo color, pero no había negro. Lo miró, escéptico todavía, pero medio dudoso, entrecerrando los ojos…

El viejo escribía en su cuaderno: “Cuídese del color negro, su futuro tiene ese color.” Él esbozó una media sonrisa y vio que el billete ya no estaba en el cenicero. El viejo se levantó y repitió el saludo del comienzo, pero al revés. Dio media vuelta y  cojeando, se fue tras la tela verde desteñida.

Él se levantó y salió despacio. Al llegar a la calle, sin pensarlo, se palpó el bolsillo trasero del pantalón y no sintió su billetera… ¡Se le había caído y dentro había tres mil soles en billetes grandes y novecientos noventa en billetes de diez, porque tenía cuatro mil que le habían dado en el banco, donde le pidió al cajero que le cambiara mil, en billetes chicos, o sea de a diez soles; descontando los diez que le dio al adivino…!

Regresó rápido a la feria y corrió hasta el puesto del “Lector de Colores”. Ya no había letrero y dentro estaban la mesa, las dos sillas, pero el cenicero y el trapo verde que hacía de cortina, no estaban y donde estuvo la separación, había un hueco, sin puerta, por el que se veía el descampado…

Miró a todos lados, pero sacudió la cabeza: Había perdido cuatro mil soles y el sinvergüenza ese, le dijo que su color de mala suerte era el negro y se quedó con la billetera que encontró…; rió amargamente y pensó al instante en “Bola”, la gata negra que lo acompañaba desde que se largó su mujer…

Distraído por sus pensamientos, no se fijó en la camioneta antigua, negra que casi lo atropella, ni tampoco vio que el que manejaba era un viejo con un aro dorado en la oreja, una gorra de lana negra encasquetada en la cabeza, y que se reía…

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