ASTILLERO


Le decían “Astillero”, no porque tuviera algo que ver con ningún lugar donde se construyeran buques, pero su apodo era famoso y se le temía.

Era torturador y su “rutina” preferida era insertar astillas más o menos grandes debajo de las uñas, martillándolas suavemente para que entraran bien, y si el torturado dejaba de gritar, su paso siguiente era ir encendiendo las astillas clavadas, hasta que la víctima hablara. No fallaba su “técnica” y muy rara vez había tenido que encender más de tres astillas en una sola “sesión”.

Una noche, en un bar, se “levantó” a una mujer que lo miraba insistentemente, para luego irse acercado en la barra, sentarse a su lado y pedirle que la invitara a una copa de vino…

Después de varias copas y conversación casi monosilábica, ella le dijo “Me gustas” y él se la “levantó” o “se dejó levantar” por ella …

Salieron a la calle y caminaron hasta su carro, mientras él, feliz, hacía tintinear las llaves del vehículo, en su llavero de plata; cuando se agachó un poco y puso la llave en la chapa de la puerta del auto, lo cogieron agarrándole los brazos por detrás y poniéndole en la cabeza lo que él sintió, era el cañón de un revólver. Dijo, en voz baja: “Llévense el carro, a la mujer, mi billetera…”

En el silencio, se oyó un “¡Clic!” del amartillado del arma como toda respuesta. Se quedó quieto, aterrado, tenso, mientras sentía que su orina le corría por una pierna. Luego de un momento, le dijeron:” ¡Voltéate y mira…! Le soltaron los brazos y “Astillero” se dio vuelta para ver a tres hombres, de los cuales uno le apuntaba con el revólver, que, a cara descubierta, lo miraban. El que había hablado dijo: “¡Míranos bien las caras! Somos tres a los que torturaste y ahora estás en nuestro poder…”

Lo metieron a empellones al auto, la mujer se fue caminando calle abajo y partieron lentamente, mientras en el asiento de atrás, dos de los tres flanqueaban al cautivo, apuntándole con el revólver…

Al tiempo y después de dar muchas vueltas, llegaron a una casita solitaria, que estaba en medio de dos terrenos baldíos, y totalmente a oscuras. Detuvieron el auto y los hombres que lo vigilaban, bajó uno por cada puerta y le indicaron que saliera, haciéndole una seña con el arma. Lo siguieron hasta la puerta, abrieron y en la oscuridad lo único que alcanzó a ver fue un sillón. Después de unos pasos, le llevaron los brazos hacia atrás y pusieron esposas en sus muñecas…

Sintió que le agarraban el pelo, tiraban para atrás su cabeza y aterrorizado entrevió que uno de los hombres tenía una astilla y un martillo…

Fue lo último que vio porque el dolor horrendo de la enorme astilla de madera al clavarse, martillada dos veces en su ojo derecho y reventarlo, hizo que gritara…

Una niebla sangrienta inundó su conciencia y no se dio cuenta cuando el martillo clavó la otra astilla en el ojo izquierdo…

Los dos hombres miraron al bulto gimiente caído sobre el sillón y salieron, dando dos vueltas de llave a la cerradura y yendo hasta el auto que los esperaba con el motor encendido, rodar unas seis cuadras, bajarse y abordar una camioneta que tenía en la puerta el letrero de “Maderera Arboleda”.

NOTA: La imagen que acompaña al texto no es del personaje, sino sacada de la web.

Imagen: es.dreamstime.com