ANTIPARRAS


Curiosa palabra que es otra forma de llamar a algo tan común y corriente como los anteojos, llamados también espejuelos o lentes…

Recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue –cuando chico- leyendo algo sobre corredores de autos, haber leído que el piloto, “se ponía las antiparras” y por supuesto no entendí que era lo que el corredor se ponía…

A la hora de almorzar, en la pequeña sobremesa que hacíamos y mientras mi madre tomaba una manzanilla y mi padre un café, le pregunté a él qué cosa eran las antiparras… Me miró –recuerdo hasta ahora su sonrisa- y del bolsillo de la camisa sacó sus anteojos de leer (nunca necesitó usar lentes “para ver de lejos”) y me los enseñó… Supongo que yo pondría cara de desconcierto, porque me dijo: “Son los anteojos, es una palabra para llamarlos, aunque no se use mucho …”.

Supongo que entonces me imaginé a un corredor de autos corto de vista, pero con el tiempo comprendí que las famosas antiparras era lo que se ponían delante de los ojos, para protegerlos del viento, los corredores de autos, que, en esa época, cuando Juan Manuel Fangio ganaba todas las carreras en lo que hoy, elegantemente, se llama un “monoplaza”, usaban y que eran estos anteojos grandes que cubrían los ojos, bien pegados al rostro y se ajustaban a la cabeza con un elástico o algo parecido.

Recuerdo que mi padre, a partir de entonces, me pedía que buscara o le pasara sus “antiparras”, haciéndome el guiño cómplice de quien usa una palabra clave.

Imágenes: Manuel Enrique, riendo.

Juan Manuel Fangio/ motorbit.com

LOS “DUEÑOS”


En Myanmar, hay golpe de estado.

Es algo que ha sido bastante común en Sud América y que estoy seguro todavía anima a muchos. No es nada raro que sean los militares quienes quieran alzarse TOTALMENTE con el poder, porque la lógica –su “lógica”- les dice que el DUEÑO, o sea ellos, debe serlo de TODO y que eso de compartir es una tontería…; entonces, mexicanizando el asunto: “Jalisco nunca pierde y cuando pierde… ¡Arrebata!”. Eso es precisamente lo que han hecho los militares que llamaré myanmarenses.

Militares de este tipo, se sienten los “dueños” de un país, están convencidos de tener la razón y ven a la población civil como a párvulos que necesitan guía, instrucciones, reglas, castigo y ser “defendidos”, hasta de ellos mismos. No les importa que la ley diga otra cosa.

Parecería raro que en pleno siglo XXI, en este año que también es el 21 del segundo milenio, ocurra algo así, pero es que la ambición de poder del ser humano no ha amainado nada con el tiempo y la muestra fresquita de ello, es esto.

Se barajarán muchísimas razones, pero la “verdadera verdad” es que patear el tablero o golpear la mesa cuando algo no gusta y se está perdiendo, es más común de lo que se cree, porque ser un “perdedor” no viste, no resulta aceptable, no da dinero y hay que ganar, aunque sea a patada limpia, a balazo certero o a prisión sorpresiva e injusta.

Trató de hacerlo el señor Trump, a su manera, en los EEUU, pero se estrelló con la Democracia, primó la razón y fue derrotado, aunque diga, como el general MacArthur, “¡Volveremos!” …

Myanmar está geográficamente lejos, pero lo que sucede, en plena desgracia mundial, producida por el coronavirus, es una nueva clarinada de alerta, acerca de cómo los “dueños” lo quieren TODO, como “piensan” y actúan, porque “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Imagen: foto REUTERS

EL SUEÑO QUE SE QUEDÓ EN SUEÑO


Cada vez que escucho la palabra música, me acuerdo de mi madre, porque era parte natural de su vida y la imagen que guardo, donde ella, joven, está tocando una guitarra, fue su sueño incumplido hecho fotografía, porque lo que aprendió, desde chica, fue a tocar el piano.

Si hubiera sido la guitarra…” me decía, pensando que, en los múltiples viajes, en los que acompañó a mi padre –ingeniero, constructor de caminos- a lugares perdidos entre cerros, a pueblitos lejanos, a ciudades pequeñas, a la nieve, o a la orilla del mar, si hubiese tocado la guitarra, podría haber hecho la música, esa que siempre llevó dentro, porque viajar por el Perú, cambiando todo el tiempo de lugar de destino, llevando un piano, habría sido pesadilla y no sueño…

No pudo hacer realidad su sueño de tocar guitarra; digamos que cambió cuerdas, por teclas.

Ya conté en otro sitio, que aprendí a escuchar música porque me sentaba a sus pies, en la salita de la casa de Barranco, mientras ella viajaba con la mente, escuchando en los discos a Beethoven, Chopin, Mozart, Vivaldi… El “Garrard” automático, fue, diría, mi primer pasaporte a una música que visité con la guía amorosa y paciente de mi madre.

Música que nunca pude hacer, porque era negado para ello, pero que he continuado disfrutando y disfruto, incluso ahora, cuando escribo estas líneas. Música que, en el Teatro Municipal de Lima, escuchábamos cada domingo, religiosamente, con Myrtha, con Beatriz, con Fernando y con algún otro amigo que nos acompañaba en la melómana aventura semanal, allá, por la mitad de los ’60…

¿Qué sería de mi vida sin la música? No puedo ni siquiera imaginarlo, porque aprendí desde chico, que la belleza puede imaginarse, verse, pero también se escucha.

Imagen: María Antonieta con guitarra, Arequipa, Perú.     Circa 1926.