LAS BUENAS INTENCIONES


Tenía un hermoso reloj digital, que además de dar la hora exacta, medía la presión sanguínea, tenía calendario, calculadora, contador de pasos, medidor del ritmo cardíaco, tenía una cámara microscópica que permitía registrar las imágenes en movimiento, tomar fotografías y el micrófono incorporado grababa los sonidos, aunque no se usara la cámara. Una alarma programable y la posibilidad de conectarse a Internet, usando la pantalla del reloj y teclas minúsculas que iban embutidas en la correa, debajo de la pantalla, completaban la maravilla.

En un descuido, se lo quitó para lavarse las manos, en el baño de un restaurante y salió, sacándoselas con una toalla de papel, dirigiéndose a la puerta. Se fue y cuando quiso mirar la hora, dos cuadras más allá, vio que no tenía puesto su reloj-maravilla. Regresó casi corriendo al restaurante, entró como una tromba haciendo voltear cabezas inquisitivas, entró al baño… ¡Nada! En el lavabo no había absolutamente nada. Miró debajo, registró el pequeño recinto, abrió la puerta que separaba el water, levantó la tapa del tanque de agua de este y no encontró nada… Desesperado fue a la caja y preguntó: No sabían nada. El administrador, consultado, tampoco supo dar razón.

Era obvio, alguien había entrado al baño, se apropió del reloj y seguramente ya estaba fuera del restaurante… ¡Había perdido su preciado reloj! Ese que servía para todo lo imaginable, inclusive para eso que nunca hacía y que no necesitaba, en realidad…

En su casa, contó la desgracia que le había ocurrido y de inmediato, su abuelo se quitó el reloj que tenía puesto y se lo dio, sonriendo compasivamente. Él hizo un gesto de “No te preocupes”, pero como el viejo insistió, levantó el puño de la camisa y se ajustó el reloj, que era de oro. Quedó mirándolo, ante la ancha sonrisa complacida del abuelo y entonces, al ver las manecillas y los números, se percató de que no era digital, sino analógico…

¡Era de oro, pero él, no sabía ver la hora…!

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