EL PERRO DEL HORTELANO


Era un hortelano, es decir, un hombre que tenía una huerta; esta era bastante grande y allí sembraba eso, hortalizas, que vendía en un puesto de mercado que atendía su mujer, mientras él cuidaba del terreno que, con sus frutos, les daba de comer.

Para cuidar de su propiedad tenía un perro, grande y con pinta de feroz, que mientras él estaba en el terreno, quedaba amarrado a una estaca y cuando el hortelano tenía que alejarse, lo soltaba y el perro se convertía en un guardián que gruñía amenazador si alguien se acercaba.

Eran felices: el hortelano sembraba hortalizas, su mujer las vendía y el perro, compañero y guardián tenía la comida asegurada, con el solo trabajo de estar echado a la sombra del único árbol que al borde de la huerta había, gruñir a los extraños y pasear cuando lo desamarraban de la estaca, como patrullando el terreno.

Eran felices, hasta que, por esas cosas del destino, el perro dejó de comer y no solamente gruñía amenazador a los extraños, sino que le gruñía al mismo hortelano, que no podía atender a la huerta, ni plantar las hortalizas. El perro no comía, ni dejaba que nadie, ni el hortelano y su mujer, se acercaran a la huerta, echado, con la mirada fija, a la sombra del único árbol: Es decir que ni comía, ni dejaba comer.

 Tuvieron que sacrificarlo, porque lo que tenía era rabia y

es que, además de no comer, ni olía el agua.

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