EL HOMBRE ARAÑA


Se santiguó, besó la medallita y roció con agua de azahar la figurita que le había dado la señora del quiosco; era de plástico la figurita, pero le había asegurado que, con sus rezos, se le había metido adentro el alma de Jonás, al que ella no quería perder por nada de este mundo…

Puso la figurita en la cómoda y delante de ella una velita que no era marca “Misionera”, pero igual daba su lucecita al encenderla; en la bodega, le habían asegurado 24 horas de duración.

Jonás llegó por la noche y ella estaba dormida, soñando con Jonás; le llamó la atención la luz débil, sobre la cómoda y la figurita. Meneó la cabeza, sopló la velita y a oscuras, se acostó al lado de Auristela…

A la mañana siguiente, ella se despertó y lo primero que hizo fue ver a Jonás que roncaba a su lado. Silenciosa, se levantó y fue hasta la cómoda y miró la velita apagada. La tocó y estaba fría. Rápidamente metió la figurita en un cajón, junto con lo que quedaba de la vela, rogando que se hubiera apagado antes de que la hubiera visto Jonás, que se desperezaba, abriendo los ojos y mirándola fijamente le dijo: “¿Ves por qué me voy a ir de esta casa…? ¡Tú estás loca de remate y me haces la vida imposible…! ¿Qué es eso ahora de prenderle velitas al <Hombre Araña>…?” y señaló la cómoda vacía…

“¡El loco eres tú…!” tronó Auristela con susto… “¡La que debería irse soy yo…!”  dijo con la voz más llorosa que pudo, mientras él la miraba entre dudoso y desconfiado…

Finalmente, Jonás se acercó a Auristela y la abrazó, haciéndola caer sobre la cama destendida. Hicieron el amor varias veces y mientras Jonás se acomodaba para dormir un rato más, Auristela se levantó de puntillas, sacó del cajón la figurita de plástico y el resto de vela, para ir al patio, envolverlos en una hoja de papel de periódico, hacer una bola y echarla en la basura.

Regresó a la habitación, donde Jonás dormía sonriente, lo miró, besó la medallita y se santiguó…

Imagen: www france-figurines.fr