JUSTO A SU GUSTO


La ropa le quedaba ajustada o muy grande.

Ni probársela. Comprar, era un suplicio porque de antemano sabía que no iba a encontrar nada, por lo menos que le gustara y que lo que le parecía horrible… ¡Tampoco le quedaba!

Tienda tras tienda, entre la ropa hecha que vendían, por más que buscó y rebuscó, hasta ahora había sido imposible y los vendedores le miraban raro.

Aunque fuera caro, tendría que recurrir al sastre, como siempre, para mandarse hacer la ropa. Es que, al parecer, nadie en el mundo tenía tres brazos.

Imagen: lenguaycorto.blogspot.com