HASTA LAS CALENDAS GRIEGAS


Era culto, pudiente y todo lo dejaba para después, menos leer.

Leía, leía y leía.

Por leer “dejaba para después” comer, dormir, bañarse…

Los libros, ordenadísimos en sus estanterías, contrastaban con el desorden reinante, donde rivalizaban bolsitas vacías de snacks, latas o botellas de Coca-Cola – que era lo único que bebía- porque, aunque a veces le apeteciera un café, “dejaba para después” el prepararlo; había ropa sucia, destinada a la lavadora “para después”, ningún vaso, porque bebía directamente de las latas o botellas y una colección desordenada de cartas sin abrir, recibos y notificaciones.

Salir a la calle le significaba tiempo robado a la lectura y sus únicas pausas eran las de ir al baño y llamar por teléfono a la bodega de los bajos para reaprovisionarse de bebidas, snacks, galletitas, caramelos y si en algún momento tenía “verdadera hambre”, un sándwich, también pedido por teléfono, era su solución.

Leer era su vida, vivía para hacerlo, pero un día las letras empezaron a borronearse y “a ponerse difíciles”. Le iba a tocar salir y buscar una óptica. Pensó que lo dejaría “para después”, hasta que una bruma cada vez más espesa le impidió leer.

Como leer era su vida y no veía nada, se dejó morir.

Imagen: democión.blogspot.com