UNA SOLA VEZ CAPAN AL GATO


Los tiempos de pandemia, que creo se convertirán en el futuro en algo como diríamos, “los tiempos de la revolución francesa” o en “los tiempos de Maricastaña” o cualquier otra época señera, no han erradicado muchísimas cosas, como no lo hizo la revuelta franchute ni la señora de las castañas. Continuamos siendo lo que somos, con pequeñas modificaciones, pero con hábitos y costumbres que le sobreviven a todo…

Anteayer a las 9.16 pm, llegó un mensajea mi teléfono celular, “del BBVA” notificando que habían bloqueado mi cuenta bancaria: “BBVA/Tu cuenta ha sido bloqueada. Para desbloquear tu cuenta actualiza tus datos y afilia tu TOKEN DIGITAL de forma segura aqui: http://bit.do/_BBVA_

Primero y casi único: NO tengo cuenta en el BBVA, ni en ningún otro banco. Pero, además, al mensaje la faltaba un acento en la palabra aquí, lo que dice que el enviante tiene una bestia para enviar mensajes, que no sabe de ortografía castellana, o que el texto avisatorio está escrito en una máquina que no tiene acentos (ni posibilidad de ponerlos). Finalmente, para redondear el “casi”, a la hora del envío, generalmente no hay nadie trabajando en un banco (aunque con esto del teletrabajo en casa ya no se sabe),  o es un “trabajador lechucero” que lo hace desde su casa, o está en otro país, que no coincide con el Perú en hora…

Una estafa a ojos vistas y que es la segunda vez que alguien lo intenta conmigo (con una modalidad diferente), porque hace muchos años, llamaron por teléfono fijo a la casa, a las 3.00 am, y escuché una voz entrecortada de muchacho que decía: “Papá… ¡Ayúdame…! ¡Ayúdame…!, para luego una voz masculina, amable pero autoritaria, dijo: “Señor, le hablan de la comisaría XX de ZZ… Aquí tenemos detenido a su hijo, por provocar un accidente y líos en estado de ebriedad, pero usted podría arreglarlo…”. No lo dejé terminar y le dije: “Gracias, pero no tengo ningún hijo hombre…”, lo cual es cierto, y colgué.

Pero hace como treinta años, se acercó un hombre muy mayor, al auto que acababa de estacionar, y por la ventanilla me mostró una cadena, aparentemente de oro, diciendo: “Necesito plata, señor, se la vendo por cincuenta soles…” Miré lo que me ofrecía y, lo confieso, el sentimiento fue doble: de pena, por el individuo, su edad, su condición y de oportunidad, porque me podía hacer de algo de valor por un poco de dinero. Hicimos la “transacción” y al tomar la cadena, noté que pesaba demasiado para ser de oro, realizando en ese instante, que en realidad había sido víctima de una estafa. Le llevé la cadena a mi esposa y le conté cómo había llegado a mi…

Esta última fue la primera y única vez que “me la hicieron”, o la única –y definitiva- oportunidad en que “caparon al gato”.

Imagen: mx.depositphotos.com