LA CAJA CHINA


Perdonen si decepciono con el título a quienes crean que esto que escribo tiene que ver con la gastronomía, con la famosa “Caja China”, popular –por lo menos en el Perú- para preparar alimentos, pero no tengo mayor conocimiento acerca de este método de cocina y no sé si es realmente de origen oriental…

Esto trata de una caja mucho más sencilla, china, es verdad, bastante antigua (cuando la conocí, tendría unos 6 años –yo, no la caja, que era evidentemente de más edad-) y en la que mi madre guardaba pequeñas cosas, que para un niño curioso eran un verdadero tesoro. La recuerdo no muy grande, con una tapa superior que se abría mediante unos goznes que faltaban quién sabe desde cuándo, y almacenaba en desorden, conchitas, restos de algún collar, tal vez un par de prendedores, aretes sin pareja, un tubito de pastillas lleno de escarcha plateada, una triangular “tiza de costurera”, un pomo con alfileres, tijeras, un centímetro de tela engomada color verde, alguna cajita de fantasía, que en su corazón de terciopelo azul tenía la ranura desde donde, alguna vez, se exhibió un anillo y así, chucherías, recuerditos rotos, piezas de algo, palitos metálicos para tejer…

La tapa estaba forrada interiormente con papel amarillento donde se veía extraños signos alineados en columnas, que eran, lo supe después, escritura en chino: Era un “tapizado” hecho con papel de algún periódico chino, muestra de que era una pieza de artesanía del Celeste Imperio –que ya no era “imperio” ni celeste, porque el comunismo rojo entró en China en 1291 y mi recuerdo más vívido de la caja es de 1951 o 52- o sea una “chinería”, como se llamaba entonces, nada especial ni costoso, como todo lo que venía de ese Oriente misterioso y hermético…

Debajo, un cajoncito de poca altura, casi una bandeja profunda, abarcaba todo el ancho de la caja y allí estaban entremezclados canutos de hilo de diferentes colores, agujas de diversos tamaños, un dedal, esmaltado con dibujo de florecitas, botones grandes, medianos y pequeños, de colores diversos para blusas, sacos, sacones, pantalones o camisas y liguitas de jebe –de esas que yo más tarde usé para lanzar proyectiles, hechos de papel retorcido, sacado de las hojas de algún cuaderno-. Seguramente había más, pero mi memoria sobre el contenido se agota y no puedo dejar de mencionar lo que más me llamaba la atención, y era que todo el exterior de la caja estaba pintado en un color como de ciruela – rpúrpura oscuro, casi negro- y la tapa tenía pintado un paisaje con pinos, una montaña nevada y pájaros volando por el cielo. Debe haber sido pintura lacada, porque conservaba un atractivo especial y era brillante, luminosa. La tapa estaba desportillada, dejando ver la madera y evidenciando años de uso y de trajines…

La caja china que recuerdo ahora, con el tiempo, dejó de tener importancia para mí, quizá por ser un objeto que siempre estuvo sobre la cómoda de la habitación de mis padres y estoy seguro que siguió guardando “cositas” en su interior, porque mi madre no es que guardara por guardar, sino que cada botón, las agujas, la cajita vacía, todo contaba para ella una historia, tenía una posibilidad, recordaba pasados y esperaba paciente ser mirada o utilizada alguna vez siquiera.

No volví a ver la caja desde el día que mi madre murió y una de mis fantasías es que su caja china, cargada de futuros, de posibilidades y recuerdos, la acompañara como equipaje en su última mudanza, esa que hizo hasta el Barrio Eterno.

Imagen: Retrato de María Antonieta. Fotografía tomada e                                    iluminada en color por Manuel Enrique, circa 1934.