ADIÓS A UN VERDADERO GRANDE


Ha fallecido Joaquín Lavado, “Quino”, a los 88 años de edad.

Todo lo que quisiera decir sería poco y dejo con ustedes a Raúl Tola, periodista peruano, que expresa mucho mejor como me siento, al igual que, estoy seguro, todos los que alguna vez disfrutamos de su trazo ingenioso, maravilloso humor y creatividad excepcional.

RAÚL TOLA, PERIODISTA PERUANO.

LAS SANDALIAS DE MERCURIO


Desde pequeñito fue veloz, tanto, que parecía tener alas en los pies y cualquier encargo, por complicado que fuera, lo realizaba “volando”; andaba semidesnudo (seguramente porque un exceso de ropa le quitaba libertad de movimiento, afectando la rapidez) y en sandalias.

No es que fuera muy importante en el grupo teocrático y aceptó el cargo de dios del Comercio, pero, además tenía la misión de patrocinar y proteger a pastores, viajeros, además, por supuesto, a quienes se dedicaban al comercio.

Simpático, hablador y un poco mentiroso, el joven Mercurio desentonaba en el Panteón de los dioses romanos y tal vez esa fuera la razón de que no tener la importancia de otros, muy serios y muy dioses y diosas ellos, a pesar de los intríngulis internos que se sabe había.

La velocidad de Mercurio era atribuida a unas alas que tenía en los pies, pero en realidad, el secreto estaba en sus sandalias, en las que nadie reparaba, porque era normal que todos las usaran, sin embargo estas eran especiales y él las tenía en gran estima, porque al nacer, en el “baby shower ”que organizó su mamá, la ninfa Maya, fue el regalo que le hizo Niké, la diosa de la victoria, que era griega, es verdad, pero bastante ecléctica en materia de nacionalidades; las sandalias eran mágicas por supuesto, del tipo “crecedera”, esas que se ajustan al pie conforme este va creciendo.

Tal vez esa sea la razón por la que hoy, sin el acento en la “e”, exista una famosa marca de zapatillas – llamadas familiarmente “Naiki” o imitadas con la marca “Naik”- que llevan el nombre de la diosa griega que le regaló al Mercurio romano, las sandalias mágicas.

Imagen: es.mitologia.wikia.com

CASTILLOS DE ARENA


¿Quién que, viviendo en la costa, cerca del mar, y teniendo playas con arena a disposición, en el verano, cuando chico, no se ha entretenido haciendo castillos de arena en la orilla, llenando de arena húmeda el baldecito de metal o de plástico (depende de la edad que se tenga al leer esto), primero con la palita y después con las manos, para apelmazar más el contenido y volcarlo, sacudiendo con golpecitos cuidadosos, para que la “torre” resultante fuera digna del castillo que vivía en nuestra imaginación y poder luego moldear con las manos el muro que iría dando forma a nuestra creación, con tres torres más, y una puerta de entrada, que quizás tuviera un puente levadizo hecho de palitos de helado…

Más o menos elaborado, nuestro sueño constructor veraniego, sería finalmente lo que nuestra paciencia y habilidad lograra, para terminar tarde o temprano siendo una ruina barrida por el mar, unos mogotes informes que se van disolviendo poco a poco dejando solo el recuerdo del sueño, un balde y una pala abandonados, en esa arena donde el ir y venir del mar es inmemorial…

Imagen: http://www.calcar.comeze.com

DE NARANJO PURITO


La frase no es mía, sino que está en un cuento titulado “El Trompo” del escritor peruano José Diez Canseco (1904) *, pero me da pie para hablar de esos juguetes de madera que cuando niños tuvimos y que poco a poco han desaparecido, dejado de usarse o han sido sustituidos en su material, por el plástico, ubicuo y –por lo menos para mí- mucho menos atractivo, pero supongo que esto último es por el recuerdo de una niñez feliz y menos complicada…

Bailar trompo” es un juego que tengo la seguridad que existe desde hace mucho tiempo, pero no me interesa rastrear sus orígenes, sino decir que fue uno de aquellos que iluminó mis recreos colegiales aunque yo no fuera especialmente un “maestro” en el juego que me hizo ver en directo lo que era la competencia, con las “peleas” de trompo que se realizaban, donde el objetivo era “sacar” al otro trompo y si era posible, “matarlo”, quebrándolo con un golpe certero de la púa, que se afilaba en el piso de cemento para hacerla “mortal”.  Los mejores trompos, los más “bailadores”, según dicen, estaban hechos de madera de naranjo, pero yo, francamente, nunca supe distinguir las diferencias…

En este mismo blog, en marzo del 2015, escribí una entrada que llevaba por título “Trompo Carretón” y aquí en “manologo” sigue, si alguien quiere verlo…

Pero además del trompo, el “bolero” que tampoco veo que sea popular ya, desafiaba nuestra habilidad de niños para “embocar” una bola de madera (con hueco), que estaba unida por una pita fuerte a una varilla o “mango”, también de madera, que tenía una punta roma.  Sí, también había otra especie de “bolero” que era una copa pequeña, de madera, por supuesto y tenía atada con una pita la bolita para “embocar” –digamos que era una sofisticación del “bolero”, más fácil para poder acertar “embocando”-. El plástico como ya dije, sustituyó después, en ambos casos, a la madera.

El “yo-yo” – por lo menos los primeros que tuve, fueron también de madera y el plástico entró velozmente, porque supongo que la velocidad de transmisión de la fiebre “yo-yocera” hizo que fuera más rápida la fabricación del juguete con éste… Como digo, el “yo-yo” produjo una verdadera fiebre en su uso y en lo que fue la su “profesionalización”, porque por ejemplo “Coca-Cola” patrocinaba certámenes, con su propio juguete (blanco y rojo, con logotipos), que se podía canjear por chapitas y algo de dinero, trayendo y auspiciando expertos en el juego, que hacían maromas y “figuras” que eran deleite de todos, presentándose incluso en televisión y organizando concursos públicos …

Tradicionales y muy antiguos fueron los autitos y camioncitos de madera, con los que muchísimos jugamos de chicos, antes de que el metal y el plástico, novedosos y “modernos” materiales, desplazaran a los de madera que quedaron como “baratos” y “artesanales”, frente a la cromática de plásticos y pinturas metálicas que “vistoseaban” a los juguetes de producción en serie, haciéndolos atractivos y “deseables”.

Hay muchos otros artículos de madera –llámense juegos de mesa o juguetes- que llenaron nuestros sueños el siglo pasado y que hoy son “vintage” o están volviendo a tener importancia por la revalorización de lo natural y lo hecho a mano, individualmente…

Se dice que alguien es bueno, fuerte y resistente, porque “está hecho de buena madera”, sí y yo añadiría “de naranjo purito”.

*Cuento: https:  elbuenlibrero.com/el-trompo-jose-diez-canseco

Imagen:   articulo.mercadolibre.com.uy

LA CAJA CHINA


Perdonen si decepciono con el título a quienes crean que esto que escribo tiene que ver con la gastronomía, con la famosa “Caja China”, popular –por lo menos en el Perú- para preparar alimentos, pero no tengo mayor conocimiento acerca de este método de cocina y no sé si es realmente de origen oriental…

Esto trata de una caja mucho más sencilla, china, es verdad, bastante antigua (cuando la conocí, tendría unos 6 años –yo, no la caja, que era evidentemente de más edad-) y en la que mi madre guardaba pequeñas cosas, que para un niño curioso eran un verdadero tesoro. La recuerdo no muy grande, con una tapa superior que se abría mediante unos goznes que faltaban quién sabe desde cuándo, y almacenaba en desorden, conchitas, restos de algún collar, tal vez un par de prendedores, aretes sin pareja, un tubito de pastillas lleno de escarcha plateada, una triangular “tiza de costurera”, un pomo con alfileres, tijeras, un centímetro de tela engomada color verde, alguna cajita de fantasía, que en su corazón de terciopelo azul tenía la ranura desde donde, alguna vez, se exhibió un anillo y así, chucherías, recuerditos rotos, piezas de algo, palitos metálicos para tejer…

La tapa estaba forrada interiormente con papel amarillento donde se veía extraños signos alineados en columnas, que eran, lo supe después, escritura en chino: Era un “tapizado” hecho con papel de algún periódico chino, muestra de que era una pieza de artesanía del Celeste Imperio –que ya no era “imperio” ni celeste, porque el comunismo rojo entró en China en 1291 y mi recuerdo más vívido de la caja es de 1951 o 52- o sea una “chinería”, como se llamaba entonces, nada especial ni costoso, como todo lo que venía de ese Oriente misterioso y hermético…

Debajo, un cajoncito de poca altura, casi una bandeja profunda, abarcaba todo el ancho de la caja y allí estaban entremezclados canutos de hilo de diferentes colores, agujas de diversos tamaños, un dedal, esmaltado con dibujo de florecitas, botones grandes, medianos y pequeños, de colores diversos para blusas, sacos, sacones, pantalones o camisas y liguitas de jebe –de esas que yo más tarde usé para lanzar proyectiles, hechos de papel retorcido, sacado de las hojas de algún cuaderno-. Seguramente había más, pero mi memoria sobre el contenido se agota y no puedo dejar de mencionar lo que más me llamaba la atención, y era que todo el exterior de la caja estaba pintado en un color como de ciruela – rpúrpura oscuro, casi negro- y la tapa tenía pintado un paisaje con pinos, una montaña nevada y pájaros volando por el cielo. Debe haber sido pintura lacada, porque conservaba un atractivo especial y era brillante, luminosa. La tapa estaba desportillada, dejando ver la madera y evidenciando años de uso y de trajines…

La caja china que recuerdo ahora, con el tiempo, dejó de tener importancia para mí, quizá por ser un objeto que siempre estuvo sobre la cómoda de la habitación de mis padres y estoy seguro que siguió guardando “cositas” en su interior, porque mi madre no es que guardara por guardar, sino que cada botón, las agujas, la cajita vacía, todo contaba para ella una historia, tenía una posibilidad, recordaba pasados y esperaba paciente ser mirada o utilizada alguna vez siquiera.

No volví a ver la caja desde el día que mi madre murió y una de mis fantasías es que su caja china, cargada de futuros, de posibilidades y recuerdos, la acompañara como equipaje en su última mudanza, esa que hizo hasta el Barrio Eterno.

Imagen: Retrato de María Antonieta. Fotografía tomada e                                    iluminada en color por Manuel Enrique, circa 1934.